LOS ITALIANOS DE LA DÉCIMA | CAPÍTULO XIII

'Non ci sono due senza tre': la Operación G.S. 2 según su protagonista (II)

  • Los inconvenientes pudieron interrumpir la segunda misión de la Operación G. S. en la Bahía de Algeciras

Buceadores de Combate practicando la técnica de natación que luego emplearían en su maniobra de  aproximación.

Buceadores de Combate practicando la técnica de natación que luego emplearían en su maniobra de aproximación.

Tras cuatro días en el Olterra, se decidió iniciar el traslado de los Gamma a la residencia de los Ramognino en “Villa Carmela”. El primero en llegar allí había sido precisamente Vago Giari. A fin de que pasaran lo más desapercibidos posible, de nuevo se decidió que el trayecto desde Algeciras se realizara a pie. Se consideraba la forma más segura de sortear el puesto de vigilancia español localizado en el tramo de carretera que unía esta ciudad con San Roque. Según recuerda Giari, el segundo oficial del navío fue el que nuevamente le hizo de guía llevándole hasta un punto concreto, situado al otro lado del control. Allí le esperaría el automóvil con el que Ramognino y Pierleoni le llevaron hasta la villa de Puente Mayorga.

"Una vez estuvimos en la casa del Ingeniero Ramognino y después de haberme aseado, Pistono me pidió que preparase todo el material para tenerlo a punto lo más rápidamente posible, porque pronto llegarían mis compañeros para ejecutar la operación". A lo largo de la tarde del lunes 14 de septiembre, los tres operadores se encontraban de nuevo en “Villa Carmela”.

"Yo estaba disfrutando de una magnífica cena en compañía de los Ramognino, cuando Straulino y Di Lorenzo entraron en la casa acompañados por Pistono. Me levanté como un resorte consciente de que me esperaba un alto y digno deber. Me concentré y comencé a colocarme mi equipo de combate, dispuesto, por amor a mi Patria, a cumplir con mi destino y a morir si fuese necesario. Seguidamente, Straulino nos mostró un plano en el que estaban señalados nuestros respectivos objetivos de aquella noche. Dado que, según las observaciones efectuadas por la tarde, estos se encontraban más cerca de la costa que en la misión anterior, calculamos que para completar la maniobra de evasión, bastaba con ajustar el temporizador de las cargas para hacerlas detonar transcurridas cuatro horas. Sin embargo, el Teniente Straulino no deseaba correr riesgos y amplió en dos horas este margen. Nos miramos a los ojos con un gesto de asentimiento pero al final opté por no hacerle caso. Seguidamente nos dispusimos a partir".

Siguiendo la misma mecánica que la misión anterior, la columna formada por Pistono, Pierleoni, Ramognino y los tres operadores se puso en marcha esta vez en dirección norte. Sigue contando Giari: "Pronto llegamos a un riachuelo que desembocaba en el mar. Estrechamos la mano de nuestros guías y mientas estos permanecían ocultos tras unos arbustos en la margen del río, nos dispusimos a cruzar la playa".

Desembocadura del Arroyo de los Gallegos en Puente Mayorga, cuyo curso siguieron los invisibles para llegar a la playa en la operación GS 2. Desembocadura del Arroyo de los Gallegos en Puente Mayorga, cuyo curso siguieron los invisibles para llegar a la  playa en la operación GS 2.

Desembocadura del Arroyo de los Gallegos en Puente Mayorga, cuyo curso siguieron los invisibles para llegar a la playa en la operación GS 2.

En ese momento tuvo lugar un incidente que a punto estuvo de dar al traste con la misión. "De repente, cuando estábamos a punto de entrar en el agua", cuenta Giari, "aparece un hombre que, nada más vernos se pone a correr como un loco llamando a gritos a los carabineros. Era evidente que nosotros ya no podíamos dar marcha atrás, así que, sin echarle cuentas, seguimos adentrándonos en el mar hasta sumergirnos en aquella inmensidad de agua salada. Miré el reloj. Faltaba un cuarto de hora para las diez".

Aquel inesperado incidente, iba a tener una especial trascendencia de la que se dará cumplida referencia más adelante. De momento, continuamos nadando junto a Vago Giari: "El cielo estaba cubierto de nubes, una corriente discreta pero siempre in crescendo dificultaba nuestro avance. Durante un tiempo permanecimos juntos. Pero luego, cada uno se dirigió hacia sus respectivos blancos. Tres hombres, tres barcos. Nos despedimos con un sincero in bocca al lupo. A partir de entonces seguí nadando en solitario hasta que, al mirar de nuevo mi Panerai, me di cuenta de que faltaba un cuarto de hora para las tres. Yo esperaba poder alcanzar mi objetivo sobre las cuatro menos veinte. Pero me esperaba una gran sorpresa. El mercante que se me había asignado se encontraba aquella noche completamente iluminado debido a unas labores de mantenimiento que se estaban realizando a bordo. Además, una patrullera se encontraba abarloada a su costado. De manera que no me quedó otra alternativa que cambiar de objetivo".

"Me alejé unos sesenta metros del primer barco, dirigiéndome hacia otro mercante al que llegué sobre las cuatro. Me deslicé nadando en superficie hasta situarme a la altura del puente de mando con la intención de tomarlo como referencia. Luego me sumergí y siguiendo la quilla de balance, nadé en busca de la proa donde fijé la primera mignata. Dando la vuelta y contando sesenta y cuatro medias brazadas llegué hasta la popa, donde activé la segunda. Por último, siguiendo de nuevo la quilla de balance y contando treinta y dos brazadas, coloqué la tercera.

A continuación, saliendo lentamente a la superficie y deslizándome por el costado de babor... llegué a la cadena del ancla y me agarré a ella intentando dar un respiro a mis doloridos pulmones que se encontraban ya muy congestionados por el esfuerzo.... Mi reloj señalaba las 4:25, vi una luz muy intensa procedente de una patrullera cercana. Esperé a que se apagara y comencé a nadar hacia la costa. Misión cumplida.

Había recorrido apenas medio centenar de metros cuando me volví para decir adiós a mi barco. Entonces me pareció ver un movimiento en el puente... Tal vez me habían visto y se había dado la alarma. Sentí como un escalofrío me recorría la espalda mientras un estremecimiento envolvía mi cuerpo. Agucé la vista porque deseaba saber qué había de cierto en ello. Por fortuna aquel ajetreo solo era la colada de la tripulación agitada por el viento. Alcé los ojos al cielo en un gesto de agradecimiento. Comprobé que el amanecer estaba cerca y me apresuré a completar la travesía de regreso.

El mismo lugar hoy. El mismo lugar hoy.

El mismo lugar hoy.

La olas rompían cada vez con más fuerza contra mi cara. La corriente lo complicaba todo. Tenía la sensación de que, a pesar de mis esfuerzos, esta no me dejaba avanzar. Todo ello mientras un sin fin de medusas me fustigaban las partes del cuerpo que tenía al descubierto. Yo seguía impasible intentando no perder la calma y mantener el ritmo. Pero lo cierto es que llegó un momento en que no tenía ni la más remota idea de a qué distancia me encontraba de la costa.

De pronto, mientras alzaba la vista intentando ver tierra, sentí que algo vivo de un tamaño enorme me rozaba... Me llevé un susto de muerte. Me habría gustado pedir ayuda y gritar tan fuerte como pudiera, pero de mi garganta no salió sonido alguno. Aquella especie de cetáceo salió a la superficie mientras una avalancha de agua me elevó y me sacudió como si fuese un muñeco. Aterrado, tuve que echar mano de todo mi aplomo e incluso pensé en enfrentarlo de alguna manera. Pero como no volví a verlo en aquella oscuridad, decidí olvidarme de él y continuar nadando mientras el corazón se me salía del pecho.

Tras haber recorrido un par de centenares de metros, me sentí un pie muy ligero. Al palparme me di cuenta de que, en aquel encuentro, había perdido una de mis aletas. A mí ya me daba casi todo igual y me fui cambiando la que me quedaba de un pie a otro, dando así un respiro alterno a cada una de mis piernas.

El reloj señalaba ya cerca de las seis mientras yo aún seguía intentando salir a la playa lo más cerca posible del punto de partida. Por fortuna, el cielo estaba nublado y eso me dio un margen adicional de oscuridad. Completamente agotado, tuve que esperar unos minutos flotando de espaldas, en horizontal, hasta que pude reanudar la natación. De pronto, una gran alegría. Había tocado tierra. Había tocado tierra con el pie.

Buceadores de Combate durante practicando la técnica de natación que luego emplearían en su maniobra de aproximación. Buceadores de Combate durante practicando la técnica de natación que luego emplearían en su maniobra de  aproximación.

Buceadores de Combate durante practicando la técnica de natación que luego emplearían en su maniobra de aproximación.

Tras la orilla, pude divisar lo que parecían ser las alambradas de los fortines españoles. Conseguí deslizarme hasta la retaguardia de uno de ellos y allí me despojé del autorespirador, la máscara y otros elementos del equipo. Vestido con el traje de goma y con el cuchillo de combate como única arma, esperé a que el centinela del puesto cercano me diese la espalda en su ronda, para ir realizando pequeños avances a través de las alambradas. En uno de aquellos saltos llegué a quedarme enganchado durante unos segundos que me parecieron interminables.

Finalmente, pude meterme sin ser visto por un callejón flanqueado por dos setos de chumberas y alcanzar un grupo de casas. Eran ya las siete de la mañana. Estaba amaneciendo y yo me encontraba en un estado verdaderamente lamentable, con la cara llena de grasa e hinchada por las picaduras de las medusas. De esa guisa, intenté atravesar aquella zona habitada. De pronto me vi venir de frente varios hombres y mujeres que supongo se dirigían a sus trabajos. Pero yo no podía retroceder, ni echar a correr. De manera que, fingiendo la calma más absoluta, pasé entre ellos, no sin causar cierta sorpresa.

Por fin, tras atravesar por un descampado, llegué al cementerio. Aquel lugar era un punto de referencia muy importante para mi porque sabía que la villa de los Ramognino estaba frente a él. Tanto es así que, apenas había avanzado unos pasos, pude ver la casa. Casi al mismo tiempo, noté como la puerta trasera se abría y se cerraba repetidamente. Entonces comprendí que me habían visto. ¡Bendito sea Dios!

Esperé un momento y vi como alguien me hacía señas con la mano. Primero, para indicarme que esperase y poco después, para que avanzara. Atravesé la carretera y accedí al interior de 'Villa Carmela'. Eran las ocho menos cuarto. Hacía casi diez horas que habíamos salido de allí.

Mis dos compañeros ya se encontraban en la casa tras haber sido localizados en la playa por nuestros agentes. Todos los presentes se alegraron mucho al verme aparecer. No tardaron en atosigarme con preguntas sobre el resultado de mi misión. Fue entonces cuando me enteré de que ni el Teniente Straulino ni Di Lorenzo, habían podido fijar sus cargas debido al férreo sistema de vigilancia que, tras el éxito de nuestra primera misión, el enemigo había implantado en la Bahía. Según me dijeron, la reforzada presencia de las patrulleras enemigas y el notable aumento en la cadencia de lanzamiento de las bombas anti-buceadores se lo había impedido.

Aquello me sentó muy mal y algo molesto les contesté: '¿Me estáis diciendo acaso que yo, que era el que tenía el blanco más alejado, he conseguido llegar a mi objetivo y vosotros no? Pues si queréis saber cómo me ha ido, vais a tener que esperar todavía un cuarto de hora para ver, o mejor dicho para escuchar, si he conseguido ejecutar la misión con éxito o no'. Aquellos quince minutos me los pasé recorriendo arriba y abajo el salón de los Ramognino, sin dejar de mirar nerviosamente las manecillas de mi Panerai.

Antonio terció para decirme que me despojase de mi sucia indumentaria y me diese un baño. Pero yo solo deseaba que diesen las ocho y tener confirmación de que lo había conseguido. El ingeniero se mostraba decididamente optimista e incluso quería inmortalizar el momento fotografiándome tal y como me encontraba en aquellos momentos. De pronto, sonaron las ocho y casi al mismo tiempo se dejó oír una formidable explosión. Detonación que recibimos con indescriptible alegría y a la que siguieron brindis, apretones de manos y felicitaciones. Por fin podía ir a asearme.

Dibujo alusivo a los Gamma sobre el que Vago Giari escribió para el autor una sucinta relación de sus acciones y condecoraciones de guerra. Dibujo alusivo a los Gamma sobre el que Vago Giari escribió para el autor una sucinta relación de sus acciones y  condecoraciones de guerra.

Dibujo alusivo a los Gamma sobre el que Vago Giari escribió para el autor una sucinta relación de sus acciones y condecoraciones de guerra.

Esa misma noche, vino a recogernos Pierleoni con su automóvil. Nos despedimos del buen Ramognino y de su mujer y partimos hacia Cádiz donde pernoctamos en el Consulado italiano. A la mañana siguiente, nos trasladamos en tren a Sevilla donde aún se encontraban nuestros cuatro compañeros. Pierleoni no quería que nos encontrásemos con ellos. Pero pocos días después fui a saludarles al Hotel Colón con recíproca alegría. El 20 de septiembre nos llegó un radiomensaje procedente de Roma en el que se me comunicaba la concesión de una segunda Medaglia in Argento al Valore. El Teniente de Navío Straulino y Di Lorenzo por su parte, recibieron una de bronce.

Finalmente, el 21 de septiembre, nos llevaron en coche, junto a otras cinco personas, al aeropuerto y a las cinco de la mañana despegamos en el avión correo italiano. Sobre las once y media estábamos en el aeropuerto de Roma-Ciampino. Poco después, éramos recibidos por su Excelencia (Sottosegretario di Stato e Capo di Stato Maggiore della RM Arturo) Riccardi quien, en nombre de la Marina, nos transmitió su satisfacción por la exitosa ejecución de la que calificó como una arriesgadísima misión. Al despedirse, me estrechó calurosamente la mano mientras, guiñándome un ojo, me dijo: 'Ya sabe lo que dicen Cabo... non ci sono due senza tre...', no hay dos sin tres".

La Historia se encargaría de demostrar que aquel dicho también se cumpliría en el caso de Giari, pero no en aguas de la Bahía donde los Gamma italianos no volverían a actuar. Para la Decima MAS había sonado la hora de lanzarse de nuevo contra los grandes navíos de guerra británicos empleando los maiali. Esta vez desde una nueva base secreta que llevaba meses amarrada en el dique de abrigo del puerto de Algeciras.

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