A vista del Águila

Otras calles

  • La totalidad del casco histórico de Algeciras experimentó en los años setenta profundos cambios que Miguel Ángel Del Águila pudo fotografiar

  • La calle Convento

Desmontes urbanos.

Desmontes urbanos. / Miguel Ángel del Águila

Si se contempla el plano de Algeciras de 1736, observamos una ciudad ya alejada de las utopías ilustradas de Jorge Próspero de Verboom y refleja un irregular entramado de calles que se corresponde prácticamente con el de la actualidad. Estas aparecen nominadas con topónimos poco arbitrarios, algunos de los cuales han pervivido en la conciencia colectiva de los ciudadanos por encima de los tumbos de la historia o interesadas decisiones.

Desde el río a la antigua muralla septentrional se sucedían las calles del Ángel, de la Aduana, de López, la Alameda, la de las Huertas; la calle Real, la calle Larga, la de la Torrecilla, la de Carretas, la de Jerez, la de las Viudas, la del Sol, la de la Cruz Verde o la de las Damas. La plaza de los Caballos o su aledaño callejón de las Moscas eran muestras de un nomenclátor que tenía en la realidad su principal fuente inspiradora; una realidad que fue mutando y que acabó en unos casos con el nombre y en otros con la conformación de los espacios mismos.

En los años en que Miguel Ángel Del Águila fotografió nuestras calles, aún sobrevivían muestras de pretéritas y armónicas estéticas, pero los tejados fueron cayendo, las bóvedas se desventraron y los muros fueron abatidos en un rápido proceso en el que la ciudad sufrió alteraciones que estas imágenes testimonian.

Desmontes urbanos. Desmontes urbanos.

Desmontes urbanos. / Miguel Ángel del Águila

Desmontes urbanos

Sol alto de julio de 1971. Apenas había sombras en la tierra cuando el fotógrafo dejó su seiscientos aparcado en un paseo Marítimo aún en ciernes y enfocó con su objetivo hacia poniente en busca de una perspectiva que ejemplifica el tiempo de mudanzas por el que atravesaba la ciudad. En primer plano, edificios inconclusos en cuyos bajos se instalaron locales donde se importaron norteamericanas formas de cocinar el pollo. Entre taludes, desmontes, tablones apilados y barriles desfondados, se abría una perspectiva trunca de escombros apilados y tareas por hacer. Derribos previos dejaron a la vista las ocultas entrañas de una ciudad resignada a perder recatos y armonías.

En el centro sobrevivía por poco tiempo una de las crujías del antiguo convento mercedario construido sobre el solar de la casa de su ilustrado benefactor. Un pilar en esquina con el arranque de arcos de medio punto ya abatidos sostenía una estructura con puertas al vacío, tejados a dos aguas y ventanas abiertas a claustros derribados.

La piqueta estaba acabando con un edificio que fue cenobio y cárcel, consistorio y cuartel; escuela de Latinidad y solar de olvidos y renuncias que abrieron nuevas calles para poner en contacto el Ayuntamiento con un mar que se fue alejando poco a poco. Al fondo, tras inestables postes, muros desventrados y laderas de escombros, la oscura fachada del consistorio, empequeñecida por altos muros que sustituyeron proporcionadas mansardas y alicatadas paredes. Hoy es la calle Trafalgar.

Losas de Tarifa

Las losas de Tarifa. Las losas de Tarifa.

Las losas de Tarifa. / Miguel Ángel del Águila

Media mañana del día de San Fermín de 1971. El fotógrafo se acercó hasta la calle Tarifa, que entonces se enlosaba. Había pasado poco más de un año de la riada que permitió que barcas del puerto navegaran por ella hasta la Caridad, y el pulso de la vía más comercial por aquel entonces estaba más que recuperado.

Las obras de peatonalización confirmaban un carácter que acabó perdiendo décadas después y rojizas losas de terrazo sobre las que se dibujaban ondas blancas y azules cubrieron el suelo de la calzada que desde el Mercado llevaba al extrarradio suroccidental de una urbe cambiante. Zapaterías, bares, perfumerías, tiendas de confección, colmados y grandes almacenes orillaban el amplio corredor que se enlosaba por operarios con mono y casco frente a lindantes barriles, miradas curiosas, madres que atravesaban provisionales pasarelas con hijos de la mano y parejas que salían reconfortadas de Antequera y su Patio con claras saharianas y floreados vestidos de verano, sandalias de tiras y foráneas gafas de sol en busca de la sombra en obras. Vemos toldos desplegados, escaparates repletos, cuadrados luminosos, nobles esquinas donde aún asomaban tejados en chaflán, airosos canalones y cierros de forja, antes de que el tiempo vaciara unas losas que fueron cada vez menos pisadas.

… callejón del Muro

... callejón del Muro. ... callejón del Muro.

... callejón del Muro. / Miguel Ángel del Águila

El callejón del Muro, inspirador de estrofas locales, fáciles rimas y estribillos festivos, posee un topónimo de lo más natural. En los primeros planos dieciochescos se muestra apenas desdibujado entre el Ojo del Muelle y las lindes más orientales del cortijo de Varela. Subía el escarpe sobre el que se asentó la nueva Algeciras siguiendo la sinuosidad curva de la antigua muralla medieval, de la que tomó el nombre. En aquellos tiempos era un lugar céntrico pero a espaldas de todo. Allí se asentaban las herrerías de los Gitanos, junto a las que se fueron alzando chozos en hilera hasta las espaldas de la primitiva capilla de Europa.

Con el tiempo, las provisionales construcciones fueron sustituidas por casas que tenían a sus espaldas el mar abierto y no siempre plácido, que rompía con furia sobre estrechas playas que acabaron convertidas en despojos y escombreras. Cuando Miguel Ángel Del Águila tomó esta fotografía en el verano de 1981, pocas construcciones antiguas quedaban en pie: algunas fachadas ajadas, oscuros balcones, desconchadas medianeras y húmedos tejados a dos aguas limitaban la estrecha calzada sin restos de pavimento ni huellas de caminantes. Un sol alto alumbraba decadencias y estrecheces, vallas y solares que no tenían ya el mar a sus espaldas sino una nueva cerca de hormigón y cemento, vanos, huecos y persianas que se alzaron sobre las estrechas playas. Blancas pantallas de nuevas viviendas detenían un yodo cada vez más lejano, sin rastro del mar ni del viejo muro que le dio nombre y que acabó convirtiéndose en inspirador de fáciles rimas, estribillos festivos y estrofas locales.

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