Historias de Algeciras La medicina (LXX)

  • Las ilusionantes perspectivas que producían llegada del ferrocarril a finales del XIX o la cita diplomática internacional de 1906 motivaron la llegada de numerosos profesionales

Uno de los muelles del Puerto de Algeciras. Uno de los muelles del Puerto de Algeciras.

Uno de los muelles del Puerto de Algeciras.

Mientras el affaire de los cereales seguía demostrando las debilidades del sistema de inspección sanitaria en la ciudad de Algeciras, profesionales de la ciencia de Hipócrates, decidían establecerse en nuestra ciudad ante las ilusionantes perspectivas que producían –entre otras–, la llegada del ferrocarril a finales del XIX, la construcción del gran hotel de los ingleses o la cita diplomática internacional de 1906. Todo ello motivó que profesionales como la matrona que en corto espacio de tiempo sería conocida popularmente como doña Carmen, decidiera establecerse en Algeciras: “En la calle Sagasta (San Antonio), de esta ciudad y en el numero 30, se ha establecido la nueva matrona de medicina de Cádiz, Carmen Mellado Pérez, la cual tiene suficientemente probada su pericia en la carrera que desempeña”. Posteriormente se trasladó a la calle Cristóbal Colón a la altura del establecimiento de platería propiedad de Andrés Benítez. Carmen Mellado, se uniría a otros nombres como los de Purificación Patricio, María Cano ó Dominga Barragán, entre otras, pioneras sanitarias –que han tenido su espacio en capítulos anteriores–, y que supieron abrirse paso en un contexto social muy adverso para ellas por su condición de ser mujer, conformando la punta de lanza femenina en la practica de la sanidad en nuestra ciudad. La presencia de la mujer, aunque lentamente, en el campo de la sanidad iría cambiando yendo en la praxis más allá del simple –pero no por ello menos importante– papel de cuidadora o monja dedicada a los enfermos.

El celador sanitario del puerto, Leonardo Ferreiro, fue declarado cesante

La figura del médico que en aquella lejana ciudad de Algeciras, observa como de modo paulatino el número de sus habitantes va creciendo, era tan importante que el simple cambio de domicilio de uno de los facultativos aquí destinados alcanzaba el carácter de información de interés general: “Se comunica para el mayor conocimiento que el médico D. Juan Pérez Santos, ha trasladado su domicilio á la calle Cristóbal Colón (antes Larga), número 18”. En aquellos primero años de la nueva centuria, Pérez Santos bien podía considerarse el paradigma del médico que iba más allá de su ciencia, gozando del prestigio social anexo –en tiempos– a su condición de facultativo; circunstancia ésta que se repetirá a lo largo de las siguientes décadas con otros prestigiosos nombres, pero que en el caso del personaje que nos ocupa se tradujo en lo siguiente: “Juan Pérez Santos, médico, representante de los menores: Antonio, África y José González Nouvelles y Arriete, junto a África Arriete Reyes (viuda de Antonio González Nouvelles y Lazareno, padres de los anteriores menores, Secretario del Excmo. Ayuntamiento, con domicilio en calle Regino Martínez, 25, quién falleció el 5 de Febrero de 1907), y Dolores González Nouvelles y Arriete, conforman los defensores judiciales de dichos menores”. Importantísimo papel otorgado por la ley sobre la base social de lo reseñado.

De regreso al aumento de la población algecireña, la previsión sanitaria de la Junta Local obligó a poner en conocimiento del consistorio la necesidad de afrontar nuevas obras en el cementerio municipal de la ciudad: “Con objeto de designar el sitio en el que se han de construir los nuevos nichos, según acordó el Ayuntamiento, el Sr. Presidente accidental del mismo, acompañado del concejal don Félix Flores y del contador don Vicente Ruiz, visitaron el Cementerio Católico de esta ciudad. Al mismo tiempo se hubo de inspeccionar el camino que se está arreglando y que conduce el indicado Cementerio, en el que se están construyendo cunetas y desmontando la parte accidentada de aquel terreno para dejar el referido camino á fin de que pueda ser transitable en la estación de lluvias”. La acción municipal vino precedida de un informe en el que se recogía la necesidad expresada y el “lamentable estado del camino”.

Entre las noticias sanitarias que pululan por aquella tranquila Algeciras de nuestros abuelos, llama la atención a los algecireños de entonces, un nuevo peligro que se cierne sobre los peatones: “Comunica la autoridad competente que un individuo conduciendo un automóvil atropelló la noche del miércoles pasado al guarda–calle Luís Ramos, rompiéndole el uniforme, entiende en este asunto el Sr. Juez Municipal á quién se le dió el parte correspondiente”.

De vueltas a la actividad de la Junta Local de Sanidad, cabe destacar la importante colaboración con el Servicio de Arrendamientos del Consumo a través de los veterinarios supervisores, si bien en los contratos, salvo los conceptos económicos y cuadro–relación especies sujetas a pagos por derechos de consumos, nada se recogía del control sanitario: “La Administración de Consumos de esta Ciudad, secundando las disposiciones del Sr. Alcalde, participó á la expresada autoridad haber detenido 9 kilos de carne de cabra que presentó para abonar sus derechos la vecina de esta Concepción García. Reconocida por el veterinario la carne que se trataba de vender, hubo de indicar la conveniencia de su cremación, ordenando el Sr. Alcalde que se efectuara esta operación, y que los agentes municipales además multaran con 2 pesetas a la nombrada vendedora”. Afortunadamente la inclusión desde años atrás en la mesa de las juntas locales de la provincia de los albéitar (veterinarios), como así lo exigía el Gobierno Civil, evitó muchos problemas sanitarios derivados de los alimentos en mal estado que ingresaban en las poblaciones. Como prueba de la importancia de los veterinarios en la prevención, recordemos: “Gobierno Civil de la provincia de Cádiz. Sanidad. Al Sr. Alcalde de Algeciras. Sírvase V.S. remitir á este Gobierno copia autorizada por esa Alcaldía del título que posee Don Manuel Alba, Subdelegado interino de Veterinaria de su partido. Dios g.a. Vd. m. años”.

Solicitud del título a Manuel Alba. Solicitud del título a Manuel Alba.

Solicitud del título a Manuel Alba.

Otro asunto de gran importancia para la ciudad en aquellos primeros años del nuevo siglo, fue el de “la salubridad de las aguas”, por lo que se comenzó a confeccionar un reglamento para su tratamiento y distribución; reglamento que necesitaba para su puesta en practica de la aprobación de la más alta institución provincial: “Con la asistencia del Alcalde y los señores concejales […], quedó enterado el Ayuntamiento de las pequeñas modificaciones hechas por el Gobierno Civil de esta Provincial, en el Reglamento para la distribución de las aguas potables de esta ciudad”. En la misma sesión y también relacionado con el tema sanitario: “Se acordó satisfacer al Instituto del Doctor Murga de Sevilla, 100 pesetas por la curación de los vecinos Antonio Pinelo y Bernardo Viñas que fueron mordidos por un perro”. Nuevamente –como fue recogido en capítulos anteriores–, estamos ante un extraño caso de subvención médica para tratar una situación sanitaria nada anormal, asumiendo el traslado de dos enfermos hasta la lejana –en aquel tiempo– Sevilla y con un gasto de 50 pesetas por enfermo asumido por un Ayuntamiento siempre pobre en recursos.

Además de la preocupación del consistorio por la salubridad de las aguas potables o blancas, como ha quedado plasmado anteriormente, existe igual preocupación por la cantidad de pozos negros incontrolados que existen en la población, su insana presencia y mal olor provocó en no pocos casos la denuncia de los propios vecinos ante el Ayuntamiento: “La Alcaldía teniendo constancia á través del vecino Sebastián Calvente de la presencia de un pozo negro en el patio del Silencio existente en la calle Nueva, ordena su inmediata limpieza”. Desgraciadamente no todos los vecinos como el cívico Calvente, denunciaban los posibles focos de infección; no siendo afortunadamente el único: “Se autoriza al vecino José Pecino para que previo pago pueda introducir en la madrona pública una cañería de su casa sita en la calle del Sacramento (hoy Rafael de Muro)”. En aquellos tiempos de penurias económicas para el consistorio algecireño – de ahí la extrañeza reseñada con anterioridad sobre la subvencionada asistencia en Sevilla–, para la construcción de las tan necesarias matronas se requería la aportación económica de los vecinos interesados: “El Ayuntamiento dá su permiso para la construcción de una madrona en la calle de San Antonio esquina a la de Sevilla, contando con el auxilio de los vecinos interesados”. Sobra preguntarse el destino de las inmundicias de los domicilios carentes de madronas a las que conectarse o que sus vecinos no pudiesen pagar la tasa municipal, quizá esté en la respuesta los incesantes brotes epidémicos que constantemente se daban en las poblaciones de la época. A veces la falta de responsabilidad sanitaria era practicada por las modestas industrias de nuestra ciudad: “Se prohíbe por la Alcaldía –no consta en el documento sanción alguna–, que la Fábrica de Curtidos establecida en el Secano hagan uso de las cañerías que arrojan materias sucias á la calle, hasta que no construyan según la ley la que han de tener para esta clase de establecimientos”. De seguro que con el viento de poniente el olor nauseabundo generado por aquella abusiva practica de arrojar los desperdicios orgánicos de los animales, inundaría las céntricas calles de la población. Aquella fábrica de curtidos era propiedad de Miguel Muñoz Cabello, y para más aún agravar la situación de falta de higiene pública, la tal industria era parelindante con la fábrica de harinas propiedad de Juan Antonio Bandrés Navarro. Otras fábricas dedicadas a la misma actividad y situadas dentro del casco urbano eran las conocidas y populares: “Curtidos de Antonio Valdés e Hijos, sita en El Calvario, ó Curtidos de Francisca Bontrie Pereira, ubicada en la calle Muro número 31, esquina Ojo del Muelle”.

El Gobierno Civil solicitó copia de su título al veterinario Manuel Alba

Eran tiempos de penurias y estas facilitaban la propagación de las enfermedades. El consistorio municipal con sus siempre escasos medios, había de afrontar situaciones adversas para la población que tenían una gran repercusión en los ciudadanos que la padecían: “Dada la subida indiscriminada de los alquileres muchos vecinos han tenido que abandonar habitaciones y cuartos, solicitándole al Ayuntamiento les permita levantar sus barracas junto a la playa del Saladillo, el Ayuntamiento acordó se les conceda el terreno que piden”. Recordemos que desde la gran epidemia de cólera del pasado siglo, existía en las inmediaciones del terreno designado un lazareto tal y como se recogió en anteriores entregas. Estas criticables –en la actualidad– decisiones tan permisivas, sumadas a los riesgos que comportaba la situación geográfica de la ciudad, hacía que cada cierto periodo de tiempo se produjera un aumento estadístico de la mortandad infantil y ancianos: “Dada la urgente necesidad de construir nichos en el Camposanto tanto para párvulos como adultos de avanzada edad, por la carencia absoluta que hay de ellos en este estado de necesidad, se acordó la construcción de una crujía que se solicite del Gobierno de la Provincia, dada la urgencia del caso se prescindirá de la subasta”. Es decir la urgencia fue de tal magnitud que se actuó sin publicitar la preceptiva subasta con la eximente de la necesidad que requería la puntual situación sanitaria suscitada. Uno de los infantes que fallecieron, fue el bebé de 6 meses de la popular familia Utor. Esta familia había sido propietaria del conocido Parador de la Luz o de San Antonio que fue vendido a Nicolás Marcet en 1889 y de la también no menos afamada botica sita en la calle Cristóbal Colón (Larga), 2 .

A todo esto y de modo y forma incomprensible en una ciudad tan necesitada de personal técnico sanitario en todas sus especialidades, se produjo la siguiente vacante: “Ha sido declarado cesante (a la espera de un nuevo destino) por la Superioridad, el celador del muelle de la Estación Sanitaria de Algeciras don Leonardo Ferreiro”. El Sr. Ferreiro estaba casado con la gibraltareña Josefa Baglietto Dotto, teniendo su domicilio en el número 6 de la calle Soria, hoy Castelar. La espera hacia el nuevo destino tuvo que ser larga para el excelador del puerto algecireño, dado que le dio tiempo a constituir la filial de la Unión Alcoholera de España en nuestra ciudad, poniendo al frente de la empresa con el cargo de gerente al joven Valero Riera. Nuevamente la llamada “Superioridad” ante las necesidades sanitarias de esta ciudad –y fondeadero–, por motivos que se escapaban a la lógica miraba hacia otro lado. Pero esa es otra historia.

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