tribuna de opinión

¡La cola!

  • Desde 1969 nunca había faltado a los toros, pero en aquella interminable fila en Las Palomas quedó derrotado ante el cartelito: "Ya no hay abonos"

Numerosos aficionados se agolpan en las taquillas de la plaza de toros de Algeciras. Numerosos aficionados se agolpan en las taquillas de la plaza de toros de Algeciras.

Numerosos aficionados se agolpan en las taquillas de la plaza de toros de Algeciras. / Erasmo Fenoy

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Me habían llegado noticias la noche del 9 de mayo de que una gran cantidad de personas de todas las edades se disponían a dormir ante las incómodas taquillas de la plaza de toros para conseguir abonos para el Efecto del día 29. ¡Lo esperaba! ¿Recuerdan? Ya lo anuncié desde este espacio de opinión con tiempo desde que se destapó oficialmente el 'Cartel', cartel que no me gustó nada en la forma gráfica de expresarse. En él, vemos, un medio escorzo al Deseado como lo ocupa todo con mirada atravesada y con cara de pocos amigos, todo con un fondo como rojizo-morado, como anuncio de una película de terror o un folleto de un antibiótico. ¡No! No me recordaba en nada aquellos otros carteles tan taurinos, tan bonitos, auténticas obras de arte de los maestros Roberto Domingo, Ruano Llopis, Ballester, Tuser o los de mi querido amigo sevillano Pedro Escacena. Y, por qué no, los de mi primo Antonio López Canales, excelente pintor, de los que hay prestigiosas referencias.

¡No!, Este cartel era otra cosa; un poquito raro. Será que uno está mal acostumbrado a otras etapas del buen gusto en la cartelería taurina. Pero vamos a lo que vamos. Cuando llegué a pie, a eso de las nueve y meda de la mañana del día 10, con la respiración entrecortada a la cima del Gólgota taurino de San Bernabé, no pude llegar en coche, la autoridad municipal y la otra ya habían cortado los accesos. Vi con estupor a más de mil quinientas o dos mil personas embutidos en una inmensa cola, como una gigantesca anaconda que se retorcía sobre sí misma en tres direcciones opuestas hacía la deseada taquilla. Imposible, absolutamente imposible tan siquiera llegar a ella en cuatro o cinco horas. Eran ya las dos y media de la tarde, mis piernas acusaban el cansino y atortugado caminar hacía ninguna parte cuando vi unas manos finas de una señorita que sobresalía del tumulto y pegaba un cartelito en la pared exterior de la oprobiosa taquilla que ponía: "Ya no hay abonos".

Una losa sepulcral cayó sobre mí, decidí abandonar la anaconda, que estaba más viva todavía y más grande que cuando llegué. Lo había decidido, no iría este año a los toros. Desde 1969, no había faltado nunca. Apesadumbrado, derrotado, con todo mi aficionadismo a cuestas, suena mi celular. Era mi hijo Chencho: "Papá abandona ya la cola, te he conseguido por internet dos abonos de sombra del tendido 3 bajo". La suerte se alió conmigo. Pensé entonces en aquella educada multitud de buenas gentes, silenciosa, como seguía moviéndose lentamente hacia el oscuro y negro objeto del deseo sin esperanzas de la taquilla. Pero no, no hubo arengas de radicales jacobinos para tomar la Bastilla como en 1789, ni siquiera barricadas de protesta como en aquel mayo del 68. Nadie se fue al monte. Que buen ejemplo dio la cola del Efecto. Esa prensa que nos tachan de sanguinarios, de asesinos, de incultos de cavernícolas, debería fijarse más en esos campitos de fútbol donde los padres futboleros, ante los alevines de sus mismos encastes, se muelen a porrazos por un silbato a destiempo.

Bueno, a lo mejor, ya pasado todo, no hubiese estado de más, señor Garzón -esto se había anunciado- poner como en la Seguridad Social una pantallita sobre la taquilla con el numerito correspondiente antes tomado y así eliminar, y no alimentar, la tremenda anaconda humana que tuvimos que sufrir los aficionados para comprar entradas y disfrutar de esta bonita Feria que usted ha conseguido completar para este año 2018.

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