Campo Chico De la calle Real hacia el mercado

  • La plaza fue "de abastos" enseguida, en esa zona se empezaron a situar los primeros puestos de mercado

  • La situación en España, en los años iniciales del actual mercado, impidió que fuera inaugurado

La plaza en la embocadura de la calle Real a principios del siglo XIX. La plaza en la embocadura de la calle Real a principios del siglo XIX.

La plaza en la embocadura de la calle Real a principios del siglo XIX.

Yo nací en Algeciras, en los aledaños del mercado de la Plaza Baja; donde la calle Real remansa su pendiente. En el número 10, en una casa con patio, de regular porte, habitada por dos familias en los altos, una de ellas la mía, y por una tercera en el bajo que rodeaba al patio interior. Estaba casi en la esquina con el callejón Santa María enfrentado al Ojo del Muelle. En ese callejón estuvo La Tangerina, uno de esos negocietes populares, basados en el estraperlo, como tantos otros abiertamente tolerado. Era un buen lugar para nacer y para empezar a crecer y a ser; dinámico y ruidoso, lleno de vida; con una cuesta que te mantenía en forma. Una mujer mayor –La Chana– con un número indeterminado de nietos, que vivía en un bajo en el chaflán, aportaba un chiquillerío que enriquecía el ruido y hacía que no se limitara al del mercado. Por el Ojo del Muelle se accedía enseguida al mar. En mi niñez, allí estaba la Tabacalera, en un amplio chalet que conocí bien por dentro y por fuera. Un pequeño pantalán te permitía coger cangrejos con gran facilidad, y agua del mar para hervir el marisco que entraba vivo en mi casa. En su tiempo (yo no lo conocí) había un puente de la época andalusí, que atravesaba la callejuela.

Cerca ya de la plaza, dejada la cuesta, en la acera de la izquierda de la calle Real había un taller de zapatería que no creo tuviera réplica alguna en el mundo; debió de ser antes una cochera. Antonia y Nicolás, sus habitantes, empleaban a un oficial, ella cuidaba su jardín colgante, un sinfín de latas llenas de flores, de enredaderas y trepadoras, y se encargaba de la limpieza del habitáculo. Él era un excelente masajista que lo fue del Algeciras C.F. y hubo de retirarse represaliado o tal vez, simplemente, castigado, por haber estado del lado de los perdedores en la guerra. Pero era tan bueno, que los jugadores solicitaban su asistencia e iban a ser atendidos a domicilio. Antoñito, un gran interior con el que hice amistad años más tarde, nos contaba a Juan Guerrero y a mí cómo Nicolás –de apellido Cabrera– hacía milagros con las lesiones musculares. Aquel receptáculo daba para todo y los pacientes se tendían en la cama de matrimonio, para ser atendidos en la única habitación disponible, separada de la calle por una gran cortina. No había cuarto de baño sino unos cubos que se vaciaban y lavaban en el mar, a unos veinte metros, a la vuelta del Ojo del Muelle, en el Murillo, que es como llamábamos a toda esa parte de atrás de la calle Real.

Luego llegó la piqueta y el Banco de Bilbao, y se llevaron todo por delante. En ese costado de la calle no quedó más que “El Aeroplano”, la tienda de ultramarinos de Antonio Oriente, que surtía de viandas a los trabajadores que cogían de madrugada el barquito de Gibraltar, y el almacén de frutas de los Ortega, gente de bien y de buen saber estar. Un futbolista legendario del Algeciras C.F., Paco León, trabajó unos cuantos años en El Aeroplano. Al otro lado, el bazar de Paco –de la familia del malogrado artista algecireño Paco Cinta–, que satisfacía todas las expectativas de juguetes de aquel tiempo, y la barbería de Pedro. La plaza se presentaba majestuosa con ese impresionante mercado que siempre ha despertado la admiración de los profesionales de la ingeniería civil, que han tenido noticias de su existencia, de su diseño y de su acabado. Ya en la plaza, en la misma acera, a poco de pasar los cafés y dejar atrás las freidoras de tejeringos, en una de esas casas nació y vivió de pequeño Cristóbal Delgado, cronista oficial de la ciudad durante muchos años, que solía decir que tenía la impresión de haber vivido su infancia en un barco, porque en el costado posterior de las casas que daban a la plaza estaba el mar haciéndose notar en los días de temporal. Él mismo cuenta (Cosas de Algeciras, El Libro Técnico, 1989) que más allá de su casa, ya cerca del acceso a la Marina y no lejos de la pescadería de entonces, había una casa de baños dando al mar, en donde se bañaban las señoras que deseaban no ser vistas en ese trance.

La plaza fue "de abastos" enseguida, en esa zona se empezaron a situar los primeros puestos de mercado. El tramo de la calle Panadería (Emilio Castelar) comprendido entre Prim y la cuesta de Sacramento (Rafael de Muro) acogió las primeras iniciativas. Hacia 1819 se empezaron a instalar espontáneamente los hortelanos y un decreto municipal de 1821 convocó a los vecinos a situar en la plaza sus “casillas o cajones” para la venta de sus productos. La impresionante estructura que disfrutamos hoy es, como bien se sabe, de mediados de la década de los treinta del pasado siglo, de cuando a punto estábamos de dejarnos envolver por la tragedia de la guerra, en la que, como diría el gran Chaves Nogales, había que elegir entre dos dictaduras, la militar, con tintes ideológicos totalitarios, o la comunista, del pensamiento único y excluyente. Chaves prefirió huir “de la estupidez y la crueldad que entonces se enseñoreaban de España”.

De unos años a esta parte se ensayan fórmulas de revitalización del mercado. Abundan en la Red informaciones relativas a esa espléndida construcción, que alberga un mercado de extraordinaria calidad y cuyo perfil arquitectónico debiera utilizarse como icono de la ciudad, tanto por su singularidad marcadamente asociada al municipio como por su impacto de alcance universal. Ayudaría mucho a la promoción del mercado y ofrecería al observador una visión de modernidad. También abundan en el canal YouTube los reportajes gráficos sobre su diseño y peculiaridades. La cúpula es un prodigio de cálculo de estructuras y un ejemplo de lo que puede dar de sí el conocimiento matemático en la ingeniería. De todos esos reportajes me complace destacar el enmarcado dentro de un proyecto de investigación de la Universidad de Córdoba –de la que fui catedrático en 1975– dirigido por Teresa Sánchez Lázaro. El relato del ingeniero Rafael López Polanco que conoció a Eduardo Torroja Miret y trabajó con él, es de una gran calidad, precisión y amenidad.

La situación en España, en los años iniciales de la construcción, impidió que fuera inaugurada, no obstante ser un hito en la historia de la ingeniería civil. Ahí quedó, y se diría que envuelta en una cierta indiferencia, por parte del gentío que a él acude y lo recorre, que no percibe, en general, su importancia y trascendencia. Hace unos días, transcurridas más de ocho décadas y camino ya del siglo de su ostentosa presencia en Algeciras, el Ayuntamiento ha convocado un interesante concurso de denominaciones para sus cuatro puertas, con una composición muy acertada para el jurado. Los convocantes han descartado que aludan a las calles. Es una lástima, porque se evitan nombres como Puerta Real, para la que se enfrenta a la calle Real (Cánovas del Castillo), o Puerta de Tarifa, o tal vez Puerta del Río, para su opuesta. Nombres con hondo significado y muy arraigados en el pueblo. Las otras dos puertas podrían ser llamadas: Puerta del Mar, la que apunta hacia el acceso al Puerto, y Puerta de Tierra a su opuesta, que invita al visitante a dirigirse al interior de la ciudad.

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