A vista Del Águila (VII) La Feria del Libro

  • Desde 1976 se ha venido celebrando en la plaza Alta de Algeciras

  • Miguel Ángel Del Águila captó imágenes de las ediciones en aquellas décadas de cambios

La Feria del Libro, en abril de 1981, en la Plaza Alta.

La Feria del Libro, en abril de 1981, en la Plaza Alta. / Miguel Ángel del Águila.

Las palabras de Sancho Panza acabaron resultando proféticas. Para animar al protagonista, le dice a don Quijote que llegará un día en que no habrá plaza, venta o posada donde no expongan testimonio gráfico de sus cotidianas hazañas. Ese día arribó a Algeciras a finales del invierno de 1930, cuando tuvo lugar una reforma integral de la plaza Alta. En ella, la cerámica trianera tuvo especial protagonismo: fuente, balaustrada, suelos y bancos se cubrieron con azulejos del arrabal sevillano puestos en valor por iberoamericanas exposiciones.

Los asientos de obra se cubrieron con episodios de la novela de Cervantes que aún hoy, a pesar del tiempo y las reformas, dan cobijo a cuerpos, descansos y palabras. Probablemente, no sería esa la razón, pero alrededor de estas teselas se ha venido erigiendo cada primavera un efímero homenaje al libro y a los lectores que cada año han acudido al rito de una ciudad que hacía periódica muestra de ficción y creación literaria. Puntualmente, Miguel Ángel del Águila levantaba acta fotográfica de cómo los volúmenes compartían sol, sombras y tañido de campanas en un tiempo de cambio en las actitudes y en las miradas.

1. Carteles anunciadores 

Un cartel que anuncia la Feria del Libro de 1976. Un cartel que anuncia la Feria del Libro de 1976.

Un cartel que anuncia la Feria del Libro de 1976. / Miguel Ángel del Águila.

El 13 de marzo de 1976, tres años antes de las primeras elecciones municipales de la democracia, se inauguró la primera Feria Nacional del Libro de Algeciras. Realmente tomó el relevo de otras más discretas que se celebraron décadas antes, como cuando los profesores y alumnos del Instituto realizaron una muestra para recaudar fondos para la biblioteca del nuevo edificio que en posbélicos tiempos de penurias se estaba levantando en los altos del Calvario.

Una ajada fotografía de abril de 1946, que se conserva en los archivos del actual IES Kursaal, muestra las miradas gozosas y alegres de jóvenes docentes y espigados alumnos frente a una mesa plagada de portadas en sepia situada en la Plaza Alta, justo en la embocadura del callejón de Cardona. Curiosamente, casi en el mismo espacio, se colocó tres décadas más tarde el cartel que recoge la imagen de Miguel Ángel del Águila. Apenas cubría la balaustrada de forja y ladrillo que sustituyó a la anterior, de regionalista y noble porte, retirada en una desafortunada reforma años antes.

El superviviente pilar de cerámica trianera y el tronco del naranjo amargo, maltratado por los salobres levantes, actúan como soportes de unas instalaciones que apenas se vislumbran: casetas con techo a dos aguas cubiertas por toldos impermeables de rayas. Sobre la solería de terrazo, una abrigada mujer conversa frente a dos coches infantiles donde los niños soportan las frías rachas de viento con pasamontañas de lana blancos. Atrás, la claridad del crepúsculo se recorta sobre cubiertas de jaramagos y tejas.

La Feria del Libro, en abril de 1981, en la Plaza Alta. La Feria del Libro, en abril de 1981, en la Plaza Alta.

La Feria del Libro, en abril de 1981, en la Plaza Alta. / Miguel Ángel del Águila.

2. La feria al mediodía

Amaneció nublada aquella mañana de abril de 1981. Las casetas de la feria son distintas a las de la primera edición que tuvo lugar cinco años antes. La estructura metálica y los techos de ondulado plástico se ven reforzados por lonas que los protegían de la lluvia y la intemperie nocturna. Todos cumplen escrupulosamente con la normativa bandera autonómica que oculta patas y caballetes sobre los que se muestran oferentes filas de libros, hileras de familiares enciclopedias y socorridos ejemplares de bolsillo que llenan espacios de librerías locales y editoriales de ventas a plazos que hoy solo viven en el recuerdo, mientras los escasos volúmenes supervivientes dormitan desapercibidos en poco transitados anaqueles domésticos.

En la imagen, faltan diez minutos para las doce y grupos de estudiantes transitan por la plaza: unos, con antirreglamentarios vaqueros, contemplan las portadas; otras, con adecuados chándales, se dirigen hacia los escalones de la Capilla, donde parece que sucede algo. Ancianos con las palmas al cuadril ojean libros bajo la visera, mientras libreros matan el tedio viendo pasar el tiempo, que atraviesa veloz una mujer de luto ajena a todo. Las palmeras canarias flanquean la plaza recién pavimentada con terrazo, sin presentir futuras plagas de rojos picudos que acabarán con años de abrigo y sombra. Frente a la Palma, junto al tráfico, cipreses y ficus que ignoraban también que tenían los días contados.

José Luis Cano, en la Feria del Libro de 1980. José Luis Cano, en la Feria del Libro de 1980.

José Luis Cano, en la Feria del Libro de 1980. / Miguel Ángel del Águila.

3. El poeta en su tierra

La feria de 1980 fue la primera que organizó la nueva corporación municipal elegida democráticamente apenas un año antes y se desarrolló una propuesta de lo más adecuada: reconocer la figura y la obra de José Luis Cano, poeta algecireño y una de las figuras más relevantes de la cultura española de posguerra. Atrás quedaron los años en que apenas se conocía su nombre ni se vendían sus obras en las librerías locales; con los nuevos tiempos se inició un largo proceso de reconciliación de la ciudad con el escritor y viceversa. La foto de Del Águila refleja al autor de Sonetos de la bahía con 69 años firmando un ejemplar de su biografía ilustrada de Antonio Machado publicada cinco años antes por una editorial barcelonesa.

La imagen, tomada en la caseta institucional de la feria, recoge a un hombre que posa satisfecho, impecable chaqueta de lana, pañuelo en pico en el bolsillo y aguda mirada tras sus gafas oscuras. Apenas esboza una sonrisa mientras firma con un socorrido bolígrafo de plástico mirando a la cámara. El tablero de la mesa sostiene dos ejemplares del libro, un imprevisto teléfono probablemente sin conexión y un caballete vacío. La pared metálica del fondo, desnuda de carteles, otorga una escenografía de profunda sobriedad en unos momentos en los que empezaron a colmatarse las perseverantes lagunas de la historia y supimos de la existencia de un escritor de ínsulas conectadas que fue capaz de convertir la literatura del yo en la del vosotros.

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