El nuevo flamenco envejece

  • La cuarta edición de 'Noches de bohemia' abre la veda del verano musical jerezano con un directo irregular en el que sólo la 'bluslería' de Navajita Plateá mantiene el buen tono frente a unos Pata Negra de capa caída

La coctelera flamenco-blusera de Navajita Plateá irrumpió en el ciclo veraniego 'Noches de Bohemia' tres años después. Volvían Curro y Pelé al patio de San Fernando del Alcázar, talluditos, labrados en mil batallas. Y probablemente por aquello del regreso a los orígenes, los de Santiago quisieron acercarse más a la raíz de lo habitual. Quizás por eso Ildefonso de los Reyes, la garganta y la voz cantante del dúo, salpicó su ya clásico Desde mi azotea con unos martinetes carceleros con ecos de Juan Talega. Quizás por eso hubo baile por soleares de la Serneta a cargo de la Tía Curra y María, pero también por lo especial de la velada incluso hubo temas inéditos, notas de trompeta a cargo del propio Pelé e incluso se sacó en procesión a una Gibson redentora que perdonó los pecados que hubo sobre el escenario. El primero fue capital: los defectos de sonido. ¿Por qué siempre el estruendo de la música saturada y la voz por debajo, brotando a aullidos para hacerse escuchar? El segundo gran pecado, la falta de continuidad/intensidad de la propuesta. El público, que casi llenó el recinto, tardó en entrar en calor y cuando lo hizo ya era tarde. Curro y Pelé habían abandonado el escenario.

Al margen de esos 'peros' que distinguen el directo notable del sobresaliente, la velada pasable de la memorable, Navajita apostó por la reivindicación, la suya particular y la de los creadores en general. Los prejuicios, las influencias, la evolución, lo viejo y lo nuevo… Cada palabra tuvo mensaje, cada acorde una contestación a lo preestablecido. Curro y Pelé tienen tantas tablas a cuestas como palos sobre sus espaldas, y así lo hicieron ver cuando, por ejemplo, lamentaron el rechazo de los programadores de los festivales en los que han querido exponer su música.

El tono contestatario no decayó a pesar de que, entre textos y versos, entre sainetes y juegos interpretativos sobre el escenario, apenas escuchamos un buen puñado de temas de esa discografía que de cuando en cuando gusta repasar en vivo y en directo. Una hora escasa con 'los navajita' que arreció en la fresca noche de julio con una continuación en forma de Pata Negra, a la sazón Rafael Amador, buscando su centro de gravedad sin conseguir encontrarlo casi en ningún momento. Lo que se intuía un medley de época entre maestro y alumno aventajado se edificó a partir de dos compartimentos estancos sin retroalimentación que acabó con más sombras que luces. Eso sí, con mucho ruido de por medio. Una pena, sobre todo, por la enorme expectación creada en torno al único concierto que ofrecerán ambas formaciones este verano en Andalucía.

En el caso de los jerezanos, echamos de menos buenas canciones como Frío sin ti, Remedios o Por mucho que tú lo quisieras. En cambio, ofrecieron un somero repaso a su cancionero con temas como Contratiempos, La telaraña, Qué bonito, Yeli y, cómo no, Noches de bohemia, que fue recibida con tibieza pese a constituir no sólo un himno del grupo sino una de esas canciones que forman parte del ideario musical de toda una generación. Tuvo mal encaje a mitad de directo, aunque su autor, Antonio de los Ríos, ofreció una grata aportación interpretativa al mascarón de proa del grupo.

Hay tres verdades irrefutables en esta vida: el agua moja, a las mujeres no hay quien las entienda y las segundas partes nunca fueron buenas. Esta última es directamente aplicable a lo que sucedió en el primer jueves de 'Bohemia' de este verano. Tras Navajita, el turno fue para Pata negra. Sin comentarios. Veneno creó un género, salvaje y gamberro; Pata negra (aún con Raimundo) creó una escuela, todavía más pegada al latir de la calle. A partir de ese instante, el sonido urbano de la bluslería se ha ido expandiendo a quienes lo han sabido renovar. Eso que el superlativo Chico Ocaña derivó en una rama que llamó 'flamenco billy'. Todo eso, vaya por delante, no es nuevo. La fusión ya comenzó a mediados de los años 60 con Rock encounter de la mano de dos portentos llamados Sabicas y Joe Beck. Pero anteayer, en el Alcázar, la refundación de Pata Negra ofreció su cara más caótica y bizarra. Y eso, sin menospreciar el talento de los músicos que acompañaron a un visiblemente mermado Rafael Amador, que apenas mantuvo el tipo para regalar greatest hits como Camarón y Yo me quedo en Sevilla. De nuevo, mal sonido y peor organización sobre las tablas.

Entre quejas y aspavientos a la mesa técnica y abroncando a Andrés el Pájaro, que incluso abandonó precipitadamente el escenario, esta versión devaluada de Pata Negra no se sostuvo más allá de un popurrí final donde el de las sevillanas 3.000 viviendas esbozó algunas de sus nuevas composiciones, como El pollo robao y el plan de la vivienda. Antes, en plena gresca, el incombustible Emilio Caracafé improvisó el Soy gitano de Camarón, mientras Amador se refrescaba para encarar, como pudo, el fin de fiesta. Una fiesta excéntrica, lunática, desfasada y, por qué no, difícilmente olvidable. Sin bises, sin calor, sin exhalación, sin acierto. El tiempo no perdona ni a los que habitan el lado más salvaje de la vida y el flamenco.

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