Lole, en un soplo

  • La dulce garganta de la cantaora sevillana pone en marcha en el castillo de Santa Catalina el ciclo veraniego 'Sólo con ellas' con un recital que supo a poco

Un soplo, un suspiro, una racha de poniente. El concierto de Lole Montoya la noche del viernes en el Castillo de Santa Catalina pasó por los espectadores como un brisa de verano. La sevillana, que inauguró el ciclo Solo con ellas, liquidó su recital en apenas una hora (con bises incluidos) ante un público estupefacto aunque entregado. Eso sí, mientras que Lole se mantuvo en escena su dulce garganta tuvo que luchar contra los implacables golpes de viento que azotaron a la fortificación.

"Buenas noches con viento", así saludaba al público la cantaora que dejaba notar su incomodidad desde el comienzo de la actuación. Aferrada a un escueto chal que apenas cubría un fino vestido negro, Lole se encogía y recogía, racheada por el poniente, tapaba sus oídos para encontrar el tono, se sentó y se levantó, vamos, que lo intentó. Mientras, sus numerosos seguidores la animaron y alentaron (incluso con las más autóctonas maneras: "¡Traedle un edredón a Lole!", en fin)

"Todo es de color, todo es de color...". El torrente infinito y personalísimo de la trianera rompía el silencio de la noche. Los aplausos no se hicieron esperar en este primer tema, uno de los más conocidos del que fue el dúo Lole y Manuel. Y así tejió la cantaora su recital. Tiró de algunas de las canciones que le catapultaron a la fama en la década de los 80 -tampoco demasiadas, se esperaba alguna más- junto con composiciones de nueva factura, tanto de su último disco, Metáfora, como de los anteriores.

La voz de Lole fue lo mejor del concierto. Su inimitable timbre se paseó por todas las tonalidades, por todos los colores, por todas las sensaciones. Agudos precisos, graves largos y sosegados. Pero Lole cantó desde otro mundo al que se fue retrotrayendo poco a poco. A medida que avanzaba el concierto, la artista salía de él. Desconcentrada, quizás. El acompañamiento, guitarras y percusión, fue correcto pero tampoco extraordinario y palmas y coros también pecaron de esa desconcentración debida, en gran parte, al viento que apretaba.

La cantaora empalmó las alegrías Brisa en la mar y Cantando al mar, siguió con las bulerías La plazuela, los tangos Canto al silencio, el tema Con hojas de menta y la hermosa Primero el hombre poeta. Lole dio paso a Angelita Montoya (palmas y coros) que se envalentonó con unas bulerías de pinceladas muy flamencas pero algo vociferadas.

Lole volvió a tomar el testigo del concierto para enfrentar dos o tres temas más completando así unos cincuenta minutos de recital. El público la ovacionó, buena parte en pie, pero le pidieron más. Llegaron los bises. Dos temas en los que la cantaora manifestaba su amor a Jesucristo y sus alabanzas a Dios. Lole se fue. Como un soplo. El respetable despejaba Santa Catalina con semblantes de decepción pero con actitud estoica. "A ver si viene otro diíta".

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