CAÑOScambia de piel

  • La que fue una de las primeras playas nudistas del litoral, en el término de Barbate, está experimentando cambios que atraen a un turismo familiar y arrinconan el mito 'hippie'

"Caaaamarones!" "La cervecita fresquita, la cocacolita, el aguaaaaa". Observa curioso a los vendedores este joven vestido con un collar y un pendiente de un crucifijo invertido al que sigue su chucho a saltitos, maravillado por el paisaje de sombrillas, neveras y 'match point' en la orilla. Resultó que el chucho, no se sabe por qué, quizá para conocer mundo, escapó de la cueva corriendo, y se introdujo en la zona de playa en la que se enseñorean bañadores a cuadros y niños se lanzan unos a otros discos de plástico. Estamos en Los Caños, una playa mítica en el imaginario del madrileño progre, pero una playa donde apenas quedan caños, aunque sí algo del nirvana hippie que en su día hizo famosos a estos caños donde no hay caños. Y no hay caños porque en este terreno rústico infestado de construcciones se horadaron pozos y las casas a pie de playa colocaron bombas que succionaron el agua dulce. Los Caños ya no son Los Caños que eran meca del imaginario del madrileño progre. Los Caños es, en líneas generales, una playa más. Sólo mantiene el folclore hippie si uno se adentra en sus recovecos, que son unos cuantos. El joven de larga melena que se ha infiltrado entre los vendedores de camarones y cervecitas fresquitas es su iconografía. Es decir, que algo queda y, dicen en uno de los chiringuitos, en agosto mucho más.

Si uno se sienta en la esquina de la playa, la más cercana a Barbate, puede situarse sobre unas rocas. A un lado un grupo de amiguetes desnudos de larga pelambrera hacen su vida de lenguaje corporal en una cuevecilla. Vuelve el chucho y lo saludan con jolgorio. Al otro lado, a unos pocos metros, hay un hotel. Por sus escaleras baja una hilera de niños con flotadores y todo el kit playero. En ambos lados se puede leer que cuidado con el acantilado, lo que queda de él, peligro de desprendimiento. Separados por unos escasos metros, un mundo y otro. "Caaaamarones", se escucha al fondo. El vendedor se va alejando hacia la zona de apartamentos porque nos asegura que "aquí no se vende ná, los hippies no comen camarones".

Entre un lugar y otro, un joven con los ojos como dos peceras con peces de colores sostiene un canuto e informa que "yo diría... (pausa, una pausa muy larga, jo, qué pausa. Otra calada) Yo diría que esta playa ha cambiado, sí, ha cambiado... (pausa) ¿cómo ha cambiado? (reflexión) Yo diría que hay menos playa. En fin, quizá el cambio climático". En esta ocasión no es el cambio climático, seguro, y en esta ocasión nuestro interlocutor ha transformado su visión através de la lente del cristal de sus peceras. No sólo no hay menos playa, sino que hay mucha más playa. El Ayuntamiento de Barbate, término al que pertenece Caños desde que a finales de los 50 se independizó de Vejer, cuya población era la que había descubierto este paraíso que hoy ya no tanto, ha terminado hace un par de semanas de sacar arena del fondo marino para dar una apariencia familiar a la playa. Hay mucha más playa y por eso parece mucho más vacía. Es, sin duda, una buena playa. Eso atrae el negocio. La prueba está en que hay un espantoso cubo de cemento gris que se está levantando en la esquina más próxima a Trafalgar. Será un chiringuito de dos plantas con todas sus licencias. Es cierto que no le separa de la orilla ni veinte metros, cincuenta con marea baja siendo generosos. Pero tiene todas las licencias. Por lo demás, no hay mucho más sitio donde construir. Y eso que Caños no aparece aún en ningún plan urbano. El 80% de las construcciones son, digamos, alegales, pero hay una verdadera batalla estival de los propietarios pidiendo que se les den servicios. Y es cierto, de infraestructuras Caños está cortito, aunque este año se ha habilitado una salida junto al pinar de La Breña para que la única calle de Caños, una autovía agosteña de un solo carril, no sea ese embudo sin salida. El paraíso encontrado. El madrileño progre ha logrado lo que no perseguía, que Los Caños sean una especie de miniatura de Benidorm progre. Y, además, con hippies. "Caaaamarones", se escucha en la playa.

Armando es un argentino que no sabe lo que es el invierno. Viene a Los Caños en junio y regresa a Buenos Aires en su verano, esto es, nuestro invierno. Vende collares. "Sí, está cambiando. Esto era una playa nudista y los nudistas ahora se sienten incómodos. Uno no es nudista para ser visto, sino para buscar una liberación interior, espiritual. Pero aún así, aunque es verdad que vienen más familias, esto sigue siendo muy tranquilo, es un lugar lindo y todo el mundo tiene derecho a disfrutar de él".

"Cuidado, en la playa se roba", se puede leeer en una pintada en la roca. Debe ser antigua. Los Caños no son lo que eran . El origen de su popularidad está en su nombre. En Los Caños había agua dulce. Era fácil acampar. La voz fue corriendo. Serían los 80. José Manuel es madrileño y llegó a Los Caños en el 83 con la idea en la cabeza de escapar de Madrid, loable misión. Levantó con sus manos un establecimiento que hoy es un símbolo del lugar. Era La Pequeña Lulú, hoy convertido en crepería, pero en su día punto de encuentro en las noches que no acababan. Cuando lo inauguró en el año 87, apenas había un par de locales más. Estaba el camping El Camaleón, germen del manoseado imaginario, el bar El Pirata y Las Dunas. Poco más. Apenas nada más construido. El acantilado, ileso. El ha visto la transformación de este lugar de la costa. "Ahora hay una cierta impresión de que Los Caños es un lugar de marcha, pero eso no era así, más bien todo loc ontrario. Era un lugar para no hacer nada. Venían muchos intelectuales. Bueno, estaba todo como separado con leyes no escritas. Intelectuales, de aquí hasta allá. Luego, la playa de los hippies, y más allá, lo que llamamos Las Cortinillas, porque estaba lleno de caños, la playa de los homosexuales. En esa España de los 80, todavía un poco timorata, éste era un lugar muy tolerante, muy libre".

Pero todo se desbocó. Armando, el argentino, lo reconoce. "La playa estaba muy sucia. Entiendo que los guardias vinieran a desmantelar las acampadas ilegales. Hay gente que no quiere estar controlada como en esas grandes playas donde están hablando todo el rato por los megáfonos, pero si quiere más libertad, también ha de ser más responsable".

Y es que Los Caños creció en un desorden que ahora es muy difícil ordenar. En Vejer se dice que la perdición de Los Caños llegó cuando, tras la segregación, cayó del lado de Barbate. Vejer es un ayuntamiento rico y Barbate, estando al lado, es uno de los más pobres de la provincia. Con una plantilla municipal inflada y una deuda estratosférica, Barbate, que estando muy cerca de Los Caños ni siquiera contaba con carretera para acceder a ellos sin tener que dar un gran rodeo, bastante tenía con lo que tenía como para ocuparse de esta playa o de la cercana Zahora. Allí, en su colegio de primaria, infame en su construcción, con varios módulos prefabricados que son una afrenta a la cronología, se puede ver un cartel que exige instalaciones dignas.

Barbate lo intenta. Ya se ven los cambios. Han acotado los aparcamientos de caravanas para que no se acampe libremente, se ha regenerado la playa, ante el grito en el cielo de los ecologistas, que consideran que el levante y el poniente deben marcar la ley sobre la arena de la costa, se ha intentado ordenar el tráfico para evitar discusiones más tipo Castellana que de esta estrecha calle, y se quiere dar más seguridad. Barbate quiere ordenar el caos. De momento, hay un buen grupo de familias con niños que dan pinceladas cotidianas. Quizá pierda encanto, pero el chico del chucho no parece percibirlo. Regresa a su cueva mientras se escucha esa voz profunda que resuena en todo el cabo de Trafalgar: "Caaaaamarones!"

1938

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