La calle

Un brindis al sol

Hay dos tipos de crisis: las normales de cambio de ciclo, como la del 93, y las malas de cambio de época como la que tenemos encima. Se da la circunstancia perversa, además, de que ha sumido en la perplejidad a gobernantes y no pocos empresarios. Esta semana, en la presentación de un Foro Joly del secretario de Estado de Hacienda, Carlos Ocaña (citada por mi vecino de página), el vicepresidente Griñán ha criticado duramente al presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, por su severidad monetaria. Un modelo antiinflacionista de la escuela del Bundesbank.

Las malas noticias se acumulan, como han podido leer en el comentario de José Ignacio Rufino. Tanto que el jueves el propio vicepresidente Solbes reconoció que este año podemos terminarlo con la economía estancada y con algún trimestre de crecimiento cero o negativo del PIB. La pregunta es qué pueden hacer los gobiernos por los administrados. Los economistas consultados afirman, como primera lección, que no meterse con Trichet por subir un cuarto de punto los tipos de interés del BCE. El catedrático de Economía Francisco Ferraro explicaba el viernes en Almería, en una conferencia, que la inflación supone una perturbación fatal para el crecimiento a medio y largo plazo, y es fundamental atajarla. Ferraro se suma a opiniones muy autorizadas como la del comisario europeo Joaquín Almunia, que califica a la inflación como veneno.

Otro profesor de Economía, Joaquín Aurioles, presidente del Observatorio Económico de Andalucía, minimiza el movimiento de tipos del BCE: "No estamos sólo ante una crisis de demanda, que podría estimularse con una bajada de tipos, sino que estamos además ante una crisis de la oferta, que es la que obligará a ajustes profundos". Aurioles pone el ejemplo de Estados Unidos, que hizo varias rebajas de tipos a principios de año, que han provocado inflación. La crisis de Japón iniciada a finales de los 80 y principios de los 90 no se ha resuelto aún. Las crisis duran lo que duran los ajustes, dicen los expertos y, como ejemplo, se pone que la de los 70 se resolvió cuando se hizo la reconversión industrial del carbón, la siderurgia, el naval... Esta crisis es de las malas, y si tenemos que hacer caso al gobernador del Banco de España, de las largas. Hay que hacer otra gran reconversión: el petróleo nunca más volverá a costar 35 dólares el barril, la construcción nunca más volverá a ser el único motor que aporte diferencial al crecimiento. "Ahora hay que competir en los mercados internacionales con innovación y productividad", afirma Aurioles.

La Junta de Andalucía anunció hace mes y medio una serie de medidas contra la crisis. Algunas eran enternecedoras, como la de incidir en el control de la inflación, con la creación de un observatorio de precios, o como favorecer la liquidez, alentando alguna línea especial del ICO. Pero más allá de los brindis al sol, había dos medidas sensatas con las que la administración andaluza puede ayudar en esta coyuntura: acelerar las obras públicas previstas y lanzar grandes planes de vivienda protegida, sector en el que quieren ahora desembarcar los promotores atascados en el mercado de las de precio libre.

El profesor Ferraro considera que la Junta puede hacer tres cosas: la primera es no estorbar. La segunda, practicar una seria austeridad. Y la tercera es afrontar reformas profundas. Una reforma capital sería la de la administración pública. Curiosamente, el comité de sabios que preparó el documento de la Segunda Modernización ya aconsejaba esta reforma. Pero eso, como toda la segunda modenización, duerme el sueño de los justos. "Andalucía está varios puntos por encima de la media nacional en consumo público", sostiene Ferraro. Es decir, en funcionarios, coches oficiales (aconsejo ver la historia de portada de este número de RdA), luz, ordenadores, edificios, delegaciones, organismos públicos sin utilidad. En el nuevo modelo de crecimiento que hay que inventar será fundamental la formación, tanto la secundaria como la universitaria. Y habrá que acabar con la cultura del intervencionismo, la subvención o el pelotazo. A cambio, Andalucía debe creer más en el mercado y en la innovación. Meterse con Trichet no llega ni a la categoría de un brindis al sol.

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