De película

  • Así funcionaban las organizaciones que ha conseguido desarticular la Guardia Civil el último año

  • Es un negocio altamente especializado

No es un trabajo fácil capturar contrabandistas. Los buenos contrabandistas son muy buenos. No son unos mataos, trabajan para organizaciones muy jerarquizadas que facturan cientos de miles de euros y cuentan con muchos medios. Para llegar a ellos hacen falta meses de escuchas, miles de horas, vigilancias interminables para no pillar a los últimos eslabones, sino a los que mueven el cotarro. Estos casos relatados a continuación hablan muy bien del trabajo de los cuerpos de seguridad. Eran operaciones complicadísimas, con infiltraciones en algunos casos y tentadoras ofertas de por medio porque la línea de la ley y el delito es muy fina. Al fin y al cabo, todos juegan en el mismo tablero y los políticos y sus estadísticas no suelen saber de qué va esto. Y de lo que va esto es que detrás de estas historias del ratón y el gato hay profesionales que se la juegan por muy poco dinero. No conocemos sus caras. Ellos no salen en las fotos. De hecho, no les gustan las fotos.

Los 25 miembros de la red Hacinados, de La Línea, desmantelada el pasado mes de agosto, prestaban un servicio externalizado de calidad a las grandes firmas del contrabando. Su tarea consistía en proporcionar personal especializado en el transporte de drogas. Dicho de otra manera, proporcionaba embarcaciones y pilotos, pero ellos sólo se encargaban del transporte. Ni compraban ni vendían. Cobraban por porte. Transportistas. Lo que les hacía competitivos era su capacidad logística, contando con unas cincuenta personas para bloquear la actuación policial, con perímetros muy estrechos. Llevaban en volandas la mercancía desde Marruecos en embarcaciones, a vehículos que se movían por la playa a gran velocidad hasta las guarderías del interior. Un gran servicio que les había dado prestigio entre las empresas propietarias de la mercancía que se ahorraban costes en la parte más arriesgada de su negocio.

Empresas vacacionales y de restauración en Chiclana. Esa era la solución. Le habían pillado por traficar con cocaína, que ya era mala suerte cuando lo suyo era el hachís. Qué estúpido fui, pensaría. Maquinó durante su estancia en la cárcel que lo mejor para quitarse de problemas era crear un pequeño holding legal donde centrifugar dinero ilegal. Y tenía mucho dinero negro que le esperaba a su salida de la cárcel. La operación la realizó a través de su madre, que cobraba una pensión no contributiva y soltó 250.000 euros del tirón por unos terrenos que sería donde se asentaría el primer hotel. Y luego los bares. Después vino el 'pitufeo'. Cuando salió de la cárcel su madre le traspasó poderes, creó una empresa y a través de los pagos electrónicos de los clientes de sus hoteles manipulaba las cantidades en pequeñas dosis para ir ajustando c uentas, haciendo de lo negro blanco. Con el tiempo, aparte del negocio de la droga, el ya pujante hostelero empezó a crecer como la espuma porque podía ser competitivo en precios como nadie en el sector. De hecho, llegó a soñar con ser uno de los grandes empresarios turísticos de la provincia. Y mientras, el dinero del hachís seguía entrando y entrando y haciéndose legal por el muy honrado canal del sector turístico.

Durante todo 2015 había un nombre que circulaba en las cabezas de los guardias civiles a pie de Campo de Gibraltar. El nombre era Messi. Todo el mundo hablaba de Messi. Y no era el futbolista, claro, qué tontería. Messi era un mayorista de hachís, decían que el más grande que operaba en el Estrecho, un Carrefour de todo esto. Messi es un jugador de equipo. Operaba a través de células independientes sin que unas supieran nada de las otras. Cada una de estas células estaba formada por alijadores, encargados de descargar el estupefaciente de las embarcaciones semirrígidas, encargados del transporte de la droga desde la costa hasta las "guarderías" en vehículos todoterreno, tripulantes de las embarcaciones semirrígidas y los encargados de "dar el agua" en el momento del alijado si detectaban presencia policial. Un equipo completo con funciones muy definidas. Se actuó con paciencia. Se fueron detectando cada uno de los eslabones de la cadena. Detenciones precipitadas hubieran fastidiado el asunto. Pero Messi se coscó de que algo pasaba. En enero se largó a Marruecos y consideró que dos meses eran suficientes para que hubiera vuelto la paz. Regresó a Algeciras para supervisar la sala en la que actuaba el cantante argelino que tenía a sueldo. Un portento de voz. Como el que hace de Sinatra en El Padrino. No les tengo que contar que no regresó en el ferry de Tánger. Lo hizo en una semirrígida. Messi cayó en su discoteca de Algeciras pero se defendió, ofendido, como un demonio, con un cuchillo, negándose a entender que unas veces se gana y otras se pierde. Messi, esto sólo es fútbol. El resto de la organización cayó sola. Estaban todos localizados. Sus días de libertad dependían de cuánto tardara Messi en acudir a ver a su Camilo Sesto argelino.

Esta es la historia de unos pescadores del puerto de Bonanza que tenían un pequeño barco de arrastre. Cada noche salían a faenar y en alta marpescaban el hachís que les traían desde Marruecos. Regresaban cuando les avisaban que no había nadie en el muelle y allí llevaban el camión frigorífico en el que colocaban los fardos de hachís. El negocio iba tan bien que se compraron un barco más grande y más moderno. Un barco de pesca. Los agentes llamaron Travelling a una operación que tuvo su colofón en alta mar. Además del hachís encontrado, el moderno barco también llevaba una carga interesante de pescado porque, al fin y al cabo, ellos nunca habían dejado de ser pescadores. El pescado fue entregado al Banco de Alimentos.

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