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Tribuna

fRANCISCO NÚÑEZ ROLDÁN

Escritor

Por supuesto que 'he is your president'

Los americanos discrepantes, y también sus correligionarios austriacos, deben saber que, les guste o no, Donald Trump es su 'president', como Sebastian Kurz es su 'Kanzler'

Por supuesto que 'he is your president' Por supuesto que 'he is your president'

Por supuesto que 'he is your president' / rosell

Quizá no recuerde el lector las manifestaciones de la derecha americana -o América Profunda, como también se la conoce- en contra del simpático Obama, cuando este fue elegido presidente. No las recordará porque no las hubo. Con todas sus lacras, Estados Unidos es un país que en sus dos siglos y medio de historia no ha tenido un solo golpe de estado, aunque los haya fomentado más de una vez en otros lugares. Ha mantenido siempre una envidiable salud democrática, por más que en el exterior no siempre la haya respetado, ni mucho menos. Pero dentro de sí ha sabido mantener el tenor popular que dio lugar a esa nación, desde sus difíciles orígenes. Y el americano medio, piense como piense, es genéticamente demócrata. No ha conocido nunca otro sistema. Y, sin embargo, al resultar elegido ese ciudadano llamado Trump aparecieron, no ya campañas agresivas en prensa y radio, que su derecho tienen, sino manifestaciones populares en las que asomaban pancartas donde se leía que sencillamente "He is not my president". Pues lo siento, queridos, queridas y querides que las enarbolabais. Podrá no gustaros, pero por supuestísimo que he is your president, porque con la miseria, las contradicciones y las lacras que se quiera, vuestro sistema sencillamente funciona, vuestro país prospera, a él emigra la gente como loca, progres incluidos, y dentro de unos años tendréis oportunidad de largar a Donald, si sois más y seguís pensando así. Fácil, ¿no?

El caso es que la izquierda norteamericana -allí se llaman liberals, ya ven-, se ha arrogado últimamente el mismo monopolio de la razón que practica la izquierda europea, lo que incluye el derecho de abominar de la democracia cuando esta no le favorece. En Austria, hace unas semanas, sin ir más lejos, ha habido violentas manifestaciones contra elÖsterreichische Volkspartei, un partido liberal y tradicionalista que, al haber sacado suficientes escaños para formar gobierno, ha tenido la osadía de meter a tres ministros en el ejecutivo. Intolerable, ¿verdad? E incluso su presidente, Sebastian Kurz, ha sabido negociar con otros partidos y ha llegado a canciller ¿Habrase visto osadía?

Sí, el progre hombre hispano puede reírse, o indignarse ante mi ironía, haciendo peña con los golpistas callejeros austriacos, pero el caso es que en España ocurrió algo muy similar hace poco, en 1934. La CEDA había ganado las elecciones, y en el momento en que quiso meter a tres ministros en el gobierno, tres, también, como en Austria el otro día, la izquierda nuestra, momentáneamente unificada, sencillamente dio un furibundo golpe de estado al que luego se calificó pomposamente como Revolución de Asturias, por la triste gloria de ser aquel el lugar donde los sediciosos tuvieron más fuerza y cometieron más tropelías. Tantas, que hubo que llamar al ejército de Africa para restablecer el orden republicano constitucional de la única manera a la que obligaron los levantiscos demócratas. Sólo año y medio después vendría el otro golpe, este de distinto signo, pero cuya cercanía con el anterior conviene no perder de vista, porque tuvieron muchísimo que ver, y solo un ignorante o un interesado malicioso pueden afirmar lo contrario.

Por ello, a estas alturas, con la memoria también del golpe de estado bolchevique de 1917 y los expedientes de los distinto frentes populares que en Europa han sido, preocupa que la izquierda, sea americana o austriaca, vuelva a enarbolar la bandera de un golpismo antidemocrático aún de baja intensidad pero de inequívocas intenciones. No la izquierda, sino los sectores medios y burgueses de Europa crearon la democracia moderna. Y embutirla en el pensamiento de las corrientes autodenominadas progresistas ha de ser una labor sin descanso, si no se quiere que de nuevo se desbarate todo, en nombre de un pretendido internacionalismo que, paradójicamente, en cuanto ha tomado el poder ha fomentado en los países triunfantes el chovinismo y el expansionismo más agresivo. Por eso, los americanos discrepantes, y también sus correligionarios austriacos, deben saber que, les guste o no, Donald Trump es su president, como Sebastian Kurz es su Kanzler, como aquí en España tenemos por el momento lo que tenemos, por nuestros muchos pecados.

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