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Tribuna

Manuel ruiz zamora

Filósofo

Gracias, amigos independentistas

Gracias, amigos independentistas Gracias, amigos independentistas

Gracias, amigos independentistas / rosell

Queridos independentistas catalanes, aunque sé que hay ciertas virtudes que, como la generosidad, no constan en vuestro ADN ético, en el país del que queréis separaros hay un amplio consenso en admitir que es de bien nacidos ser agradecidos, por lo que no quisiera dejar pasar esta oportunidad sin daros la gracias. Gracias a vosotros, por ejemplo, hemos vuelto a tomar conciencia de lo hermosas que son la libertad y la democracia. Acostumbrados a ellas, casi lo habíamos olvidado. Las imágenes que desde allí nos llegan, unidas a los numerosos testimonios de las víctimas de vuestros afanes de dominación totalitaria, nos remiten a los años de nuestra infancia, allá en las postrimerías del franquismo, cuando la gente sentía pavor de expresar lo que sentía y decir lo que pensaba.

Tengo amigos catalanes en las redes sociales que piden que ocultemos sus nombres para evitar las consecuencias que podría acarrearles no balar al unísono del resto del rebaño. Hemos visto coreografías de masas que parecen calcadas de la Alemania o la Italia de los años 30. Hemos contemplado cómo criaturas que apenas despuntan a la vida y están ya contaminadas de odio y de racismo. Para vergüenza de nosotros, que durante mucho tiempo hemos mirado a otra parte, hemos tenido que reconocer que en Cataluña, una región de un país integrado, a su vez, en una comunidad de países democráticos, hay mucha gente que vive con miedo. Miedo a expresar sus ideas, miedo a mostrar sus sentimientos, miedo a exigir que se respeten sus derechos básicos. Y, sin embargo, también por esto tenemos que daros las gracias: vuestra incorregible soberbia (hybris, la llamarían los griegos) ha conseguido que esa gente, que lleva años marginada en su propia tierra, deje por fin de estar callada. La manifestación de 8-O ha sido, sin duda, uno de los ejemplos de rebelión cívica más hermosos de nuestra democracia.

Tenemos que agradeceros también que, en gran parte gracias a vosotros, este país vaya a dejarse de llamarse, por fin, "Este País" y vuelva a llamarse como siempre se ha llamado: España. Por parafrasear a Oscar Wilde, este ya no será más el país que no se atreve a decir su nombre. Gracias a vuestros insultos, a vuestras humillaciones gratuitas, gracias a vuestro odio desatado las calles se han llenado de banderas. Son banderas que, contra lo que les gustaría pensar a los acomplejados de la democracia (Ay, Elvira Lindo), no tienen nada que ver con la ultraderecha ni con el nacionalismo, sino con la unidad, el deseo de convivencia y la defensa de nuestras libertades. Son banderas que surgen desde un sentimiento legítimo de nación que remite a lo mejor de la tradición republicana. En eso también ha consistido vuestro error, queridos independentistas: de la misma forma que llegasteis a creer que Europa acogería con los brazos abiertos vuestros delirios o que las empresas no huirían de vosotros en desbandada, habíais asumido que España no existía, que era un flatus vocis, un mero artificio sin contenido al que os referíais con el nombre de "Estado". Pero España, queridos, es un país muy viejo, y si en vez de tergiversar la historia os hubierais dedicado a estudiarla habrías aprendido que aquí ha sido siempre el pueblo el que, en situaciones difíciles, ha salido a defender su patria.

Otra cosa hemos de agradeceros, queridos independentistas, que hubiera resultado impensable hace apenas unas semanas: que nuestra izquierda democrática (e incluso parte de la otra, la que sueña con una España venezolana) se haya percatado de cual es la verdadera calaña de quienes hasta ahora había considerado inseparables compañeros de viaje. Es verdad que han tenido que ver cómo amenazabais a sus alcaldes y concejales, como los tratabais de traidores a la patria, como mentíais y extorsionabais, pero finalmente se han visto obligados a reconocer lo obvio: que detrás de vuestras alharacas tan solo se esconde una ideología supremacista que no tiene nada que envidiarle a las que enarbolan las ultraderechas más reaccionarias.

Pero sobre todo me gustaría daros las gracias por haber contribuido a hacer más fuerte nuestra democracia. Antes que vosotros nos hicieron más fuertes vuestros antecesores del 23-F, los terroristas vascos e, incluso, la corrupción, la crisis y la gente en las plazas. No sé si seréis juzgados por traidores y sediciosos, pero deberías serlo por maltrato: como todos los amantes posesivos y paranoicos habéis contribuido a empobrecer a la tierra que decís amar. La que en otro tiempo fuera la región más rica y abierta de España se asemeja cada vez más a la realidad venezolana. Habéis arrastrado por el fango el nombre de Cataluña. No pierdo, sin embargo, la esperanza de que vuestros hijos no sean como vosotros. Un día, tal vez, advertirán que viven en una tierra que, contra la tentativa de sus padres, es rica, tolerante y democrática, y serán ellos, entonces, los que, como gente bien nacida, nos den a nosotros las gracias.

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