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Tribuna

esteban fernández-Hinojosa

Médico

Gigante sin alma

Hemos errado el blanco de la Medicina, cuya misión más elevada, por encima de garantizar la supervivencia a toda costa, debería ser posibilitar el bienestar del doliente

Gigante sin alma Gigante sin alma

Gigante sin alma / rosell

El factor más influyente en el crecimiento del gasto sanitario se esconde en el descomunal incremento en la oferta de procedimientos médicos. Los economistas de la salud en Reino Unido hablan de "demanda basada en la oferta". Este oceánico gasto estaría justificado si produjera mejores resultados y calidad de vida en los usuarios, pero no parece que sea así. Por ejemplo, muchos de los nuevos y costosos medicamentos contra el cáncer logran alargar la vida unos días adicionalmente, lo cual se acompaña de mayor sufrimiento. La sociedad tecnológica no contempla que el creciente gasto sanitario -y su escaso beneficio- se lleva a cabo en detrimento del gasto destinado a educación, vivienda, asistencia social, medio ambiente y otros factores que sí impulsan la longevidad, la calidad de vida y los estándares de salud. No sólo hay poca relación entre la mayor oferta de procedimientos sanitarios y los resultados en calidad de vida, lo sorprendente es que esa relación puede ser inversa: el mayor consumo de procedimientos fútiles pueden generar, al cabo, tratamientos adicionales para los efectos adversos.

La falta de relación entre el gasto y la calidad, contraria a la intuición general, llevó a Atul Gawande a investigar los hechos en dos ciudades de Texas en la frontera de México y con patrones de enfermedad semejantes: McAllen, que gastaba por cada suscrito a Medicare 15.000 dólares al año -el doble del promedio nacional- y El Paso, con mejores resultados globales en salud, y un gasto en torno a 7.500 dólares. Entre 2005 y 2006, los pacientes de McAllen recibieron un 50% más de visitas de especialistas, un 30% más de estudios de densidad ósea, un 60% más de pruebas de esfuerzo con ecocardiografía, un 200% más de estudios de conducción nerviosa por sospecha de síndrome del túnel carpiano o un 550% más de estudios de flujo urinario para los problemas de próstata. También recibieron tres veces más implantes de marcapasos, desfibriladores, stents coronarios y cirugías cardíacas. En McAllen se practicaban más pruebas diagnósticas, más tratamiento hospitalario y más cirugía. El exceso de oferta marcó la diferencia sólo en el costo. El autor ha explicado el estudio extensamente en la revista The New Yorker.

Los sistemas sanitarios europeos poseen parecidas evidencias sobre esta desproporción de costos y resultados. Si bien la esperanza de vida ha aumentado considerablemente, eso no se relaciona principalmente con la atención sanitaria. Aunque la medicina moderna ha concedido una enorme capacidad para forzar los límites de nuestra condición mortal, la esperanza de vida ha aumentado por encima de la esperanza de vida sana. Y sin considerar la plaga de la soledad de los ancianos, probablemente la principal causa de su mala salud. Esta deriva de los sistema de salud no suele ser intuida fuera de la práctica médica. Sin embargo, son ideas que deberán formar parte del debate sobre el futuro del creciente asistencialismo ofrecido por nuestros hospitales. Sería razonable el imperativo de conocer las verdaderas expectativas del paciente sin alimentarlas con posibilidades inútiles que el sistema se encarga de ofertar y que, en buena lógica, el enfermo o la familia demandará.

Esto apunta a que hemos errado el blanco de la Medicina, cuya misión más elevada, por encima de garantizar la salud y la supervivencia a toda costa, debería ser posibilitar el bienestar del doliente, lo que tiene mucho que ver con las razones por las que este quiere vivir, razones que no sólo importan al final de la vida, sino durante toda la existencia. Puede que nuestro más cruel fracaso como médicos al tratar a los enfermos, sobre todo a los ancianos, sea la incapacidad de reconocer que tienen necesidades mayores que la de permanecer en coma institucional o prolongar artificiosamente sus vidas.

La posibilidad de cerrar bien el final de una vida es esencial para mantener cierto suplemento de sentido hasta el último suspiro. Cuando se acerca ese final, las personas no contemplan sus vidas como un mero promedio de todos los momentos, de los picos de alegrías y valles de infelicidad. Sus vidas tienen significado porque cada una es una historia, y en su valoración influye profundamente cómo acaba esa historia. Arreglar relaciones, quedar en paz con Dios, establecer legados, compartir recuerdos, transmitir experiencias o asegurarse de que aquellos que se dejan atrás van a seguir bien, son necesidades imperceptibles para el mundo de la tecnología. La realidad es que la Medicina a veces puede ofrecer una cura, a veces sólo un alivio y otras ni siquiera eso. Pero, más allá de lo ofrecido, las pruebas e intervenciones y los riesgos y sacrificios que entrañan quedan justificados sólo cuando están al servicio de las aspiraciones más elevadas de la vida de una persona.

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