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La luna de Jerusalén

Puede que Donald Trump sea un zafio, pero ahí está el tío, conmoviendo los viejos temas sagrados del mundo

No he escrito nada de Jerusalén. Me vence el temor reverencial. En principio, yo, güelfo, puntual a mis siete u ocho siglos de retraso, sólo soy firme partidario del Reino de Jerusalén. Y me vanaglorio de que sea un título que ostente nuestro rey, aunque, por principio, esté más con el primer líder de los cruzados, Godofredo de Bouillón, que tuvo el buen gusto de rechazar la corona con un argumento inapelable: "Un hombre no debía llevar una corona donde Cristo la había llevado de espinas". Otra cosa sería en Acre.

Principios aparte, las cuestiones políticas sobre Jerusalén me parecen de importancia secundaria y se me escapan. Si Israel garantiza, como hace desde que tiene el poder efectivo, la libertad de culto, la soberanía más seria ("Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios") está a salvo. No tengo más que comentar de la decisión de Donald Trump, que queda en el ámbito del César. Cierto que no va a arreglar el conflicto israelí, pero es que eso ni Trump ni nadie. Eso sólo lo arregla la parusía, esto es, otro Reino.

Más de este mundo, la intención de Trump de regresar a la luna. Que la NASA (¿se llamará así en honor al narigudo de Cyrano, que fantaseó con un viaje a la luna?) vuelva a apuntar sus respingones cohetes a nuestro satélite resulta emocionante.

Cuando el primer viaje, varios poetas protestaron por la violación de un terreno exclusivo de la lírica. Se creó casi un subgénero literario y hay ahí un tema para una tesis doctoral, si no se ha escrito ya: Impacto literario del alunizaje. Sería un estudio que daría mucho margen tanto para la erudición clásica como para la dialéctica entre ciencia y humanismo.

Aquello fue antes. Ahora sería distinto. La luna, contra lo que decían los agoreros, ha seguido inspirando a los poetas y a los adolescentes. El nuevo viaje, si los trumpfóbicos no lo chafan, tendrá, además, el encanto vintage de los regresos, siempre más dulces. Si los primeros viajes pudieron romper, ante los ojos más castos, algo así como la blancura virginal de la Diana celeste, éste de ahora tendría mucho de visita casi conyugal, con la luna mostrando todo su atractivo cercano de señora estupenda, que yo usualmente prefiero.

Puede que Donald Trump sea un zafio y un ignorante, como afirman, pero ahí está el tío, conmoviendo los viejos temas sagrados del mundo, Jerusalén y Grecia, la fe y la mitología. Los poetas no podemos quejarnos.

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