Las corbatas acabarán por destruirnos

No quiero apuntarme el tanto, pero algo de esto ya me veía yo venir desde hace tiempo. A mí en verano no se me ocurre ponerme corbata. Pero ni corbatas ni pantalones de pana, ni siquiera un abrigo que tengo en el armario con bolitas de alcanfor y que me queda de buten. Por proteger el planeta, hasta las sábanas de franela las guardo en el último cajón, no sea que me dé por usarlas y me cargue la capa de ozono.

A mí que se ahorre energía dejando de llevar corbata al Congreso me parece una idea soberbia, pero claro, si no se extreman las medidas, se va a dar la razón a quienes piensan que sólo es una soberbia jilipollez. Y con extremar las medidas no estoy sugiriendo que sus señorías acudan a las Cortes en pelotas. Bañadores los hay con estampados muy bonitos, para todos los gustos e ideologías. Unas palanganas en cada escaño, para remojar los pies mientras se vota, tampoco vendrían nada mal. Si lo que anda en juego es el futuro del planeta, ni el búcaro ni la gorra de visera podrían faltar. ¿Y si se repartieran tajadas de sandía a la hora del aperitivo? Siempre con cuidado de comerlas sin manchar el tapizado, que costó lo suyo, ayudarían a soportar una sesión de control al Gobierno. Tampoco estaría mal celebrar un certamen de "miss camiseta mojada". Y de míster (que ahí no me pillan con la paridad.) Todo ello, claro, entretanto se construye en el hemiciclo un parque acuático en condiciones. Con sus toboganes, sus chamizos y una piscina de olas.

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