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Ultras

Dan asco esos políticos de nuevo cuño que envuelven con un disfraz de modernidad su mercancía averiada

La condescendencia con la que muchos extranjeros juzgan las cosas de España se alimenta de una trasnochada colección de tópicos que no se corresponde desde hace décadas con la realidad de un país donde por ejemplo la ultraderecha, absolutamente marginal desde el final de la dictadura, carece de representación en la vida pública. Lo máximo que logró, en plena Transición, fue un único diputado que no volvió a sentarse en el Congreso después de la primera legislatura, sin que los posteriores intentos por hallar una fórmula que le permitiera aumentar su mínima parroquia hayan tenido éxito ninguno. Ni el terrorismo ni la inmigración ni la deriva centrífuga de las nacionalidades, por citar algunas de las cuestiones que más habrían podido movilizar a su potencial electorado, han conseguido sacarla de la irrelevancia.

Algunas mentes preclaras, que necesitan agitar el espantajo de la reacción para dar sentido a sus vidas, argumentan que esta ausencia de visibilidad se debe a que los fascistas, como llaman a cualquiera que no coincida con sus puntos de vista, están representados en el partido conservador, pero incluso si ello fuera cierto, que no lo parece, semejante integración implicaría una renuncia a las tesis extremas que suscriben los verdaderos ultras. Más allá de cuatro descerebrados, pese a lo que afirman quienes difunden la imagen de un país ultramontano e incorregible donde la democracia no sería más que fachada, nadie en España defiende un repliegue nacional, el cierre de fronteras, políticas de mano dura o expulsiones masivas, como vemos que ocurre en otras naciones europeas que pasan por intachables.

Mientras los corresponsales desnortados hablan de no se sabe qué residuos del franquismo, son Francia, Gran Bretaña, Alemania o ahora Austria -imposible no recordar las opiniones del gran Thomas Bernhard sobre sus paisanos- las que han visto surgir partidos abiertamente xenófobos que obtienen millones de votos y proponen iniciativas que hielan la sangre de los europeos no sumidos en la desmemoria. Dan asco esos políticos de nuevo cuño que envuelven con un disfraz de modernidad su mercancía averiada. Y miedo ver las imágenes de multitudes que claman por la salvaguarda de las esencias amenazadas por los extraños. Nuestros pescadores en río revuelto se diría que le rezan a la momia de Lenin para que algo así ocurra en España, aunque de momento los únicos que dan, no exactamente miedo, pero sí un poco de grima, son los sedicentes revolucionarios que pasean de la mano de las señoras del Liceo.

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