Pesares

La bandera tricolor que adoptó la Segunda República, ni tenía historia ni disponía de precedentes

He leído -en algunos casos, releído- estos días pasados algunos trabajos sobre los prolegómenos de la proclamación de la Segunda República Española (SRE). Son muchos los ensayos y artículos que he escudriñado con interés, e indeterminada la cantidad de ellos a los que he prestado especial atención. Pero, si tuviera que recomendar a un joven ávido de saberes, alguna lectura sobre el estado de cosas que provocó el advenimiento de la república de 1931, le diría que leyera con actitud reflexiva, El laberinto español, de Gerald Brenan, obra escrita durante e inmediatamente después de la guerra 1936-39, publicada en español por primera vez en 1943, en la legendaria editorial Ruedo Ibérico, y proscrita en España durante los años del franquismo.

En la SRE casi todo es falso. Su proclamación fue consecuencia de algo muy parecido a un golpe de Estado. No hubo plebiscito sino unas elecciones municipales en las que las candidaturas monárquicas ganaron sobradamente en el conjunto de España, aunque perdieron en la mayoría de las capitales de provincia. Los líderes republicanos supieron manejar las circunstancias en un tejido propicio a sus intereses y, por citar algo a título ilustrativo de cómo estaba el paño, parece ser que el concejal socialista de Madrid, Andrés Saborit, contabilizó para el PSOE el voto de miles de muertos. El jefe de la Guardia Civil, el general Sanjurjo, anunció en vísperas del día 14 de abril de 1931, que no contendría un previsible levantamiento antimonárquico y a la pregunta del ministro de Estado, el conde de Romanones, sobre si podía contar con las fuerzas de orden público, Sanjurjo respondió, literalmente: "Hasta ayer por la noche".

La bandera tricolor que adoptó la SRE no tenía precedentes. Ni siquiera lo fue de la primera república, que mantuvo la tradicional e histórica roja y gualda. En lugar del rojo carmesí, adoptaron el morado al que había derivado aquel por oxidación en una muestra, creyendo que era el color de Castilla. Los varios amagos de golpes de Estado, el más importante de ellos protagonizado por el dirigente socialista Largo Caballero, que con mayor o menor virulencia caracterizaron el desgobierno republicano, la violencia callejera y el terror socializado, dispusieron el mejor escenario para el levantamiento militar de 1936 que sembró de odios y de cadáveres el suelo de nuestra geografía. Dios nos libre de algo semejante en el futuro.

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