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Literatura de combate

Savater ha captado, una vez más, que la situación requiere utilizar la literatura como arma de combate

Cuando el adversario, convertido en enemigo, no respeta las reglas que permiten un intercambio civilizado de opiniones. Cuando dicho enemigo recurre sin pudor al engaño y a la mentira, a los datos equivocados y a las argumentaciones deliberadamente falsas, hay que reaccionar antes de perder los valores morales y la credibilidad intelectual que están en juego. Pero ¿cómo? El terreno de la opinión pública es resbaladizo y expuesto. ¿Cómo debatir cuando el enemigo cree que en su interesada misión redentora todo le está permitido? ¿Qué decir cuando tu contrincante se revuelve como una masa blanda o líquida y sólo repite ideas vaporosas y eslóganes?

En el XVIII, en momentos con una gran carga conflictiva, social y política, los ilustrados recuperaron y adoptaron un género literario que les resultó extraordinariamente eficaz: el panfleto. Era el medio que creyeron más adecuado para una labor polémica, en la que la literatura también tenía que utilizarse como arma figurada de combate. Al panfleto se recurrió cuando la retórica de la persuasión, los razonamientos académicos, o el rigor de los hechos comprobables dejaron de obtener eco en la pared contraria y la discusión entre varios fue sustituida por un monólogo que sólo pretendía reflejarse y oírse a sí mismo. Los panfletos de Voltaire, Diderot, Courier, Swift, entre otros, lograron desenmascarar a los reaccionarios portavoces del antiguo régimen de aquella época. Y cada vez que, en nuevas situaciones conflictivas, surgen los que quieren ganar la partida encerrados como autistas en su monólogo, los panfletos cobran vida. Bloy, Kraus y Bernanos han escrito panfletos memorables, tanto por la tarea corrosiva que, a favor de la verdad, llevaron a cabo, como por la calidad literaria que emplearon para conseguir un convincente efecto persuasorio. En España también fructificaron espléndidos panfletos, de la crisis del 98 al final de la Segunda República. Fueron muchas las "cuestiones palpitantes" que debieron abordarse. Y casi todas las buenas firmas, desde Pardo Bazán hasta Bergamín, cultivaron con acierto el género. En estos días, los independentistas catalanes ofrecen el espectáculo de un triste encierro sordo entre cuatro consignas y dos eslóganes. Y Fernando Savater ha captado, una vez más, que la situación requiere, entre otras cosas, utilizar la literatura como arma de combate. La publicación de su panfleto Contra el separatismo (editorial Ariel) cuenta con todos los ingredientes para comprobar de qué parte está la palabra libre, la marcha de la historia y la razón. ¡Que el libro se lea y su ejemplo se prodigue!

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