Campo chico

Flores en el bajorrelieve

PARECE que -¡Por fin!, diríamos algunos- Flores, que es como conocemos todos a Florencio Ruiz Lara, va a tener alguna cosilla en algún sitio aludiendo a su nascencia y a su estancia en este pueblo que Dios guarde de sus muchos depredadores y triperos. Las ciudades deben reservar un espacio en su memoria urbana para sus hijos relevantes y, más ampliamente, para aquellos que hicieron algo notable, con más o menos generosidad y derrama, por sus adentros o por su proyección hacia sus afueras. Pertenezco a la ciudadanía que se decanta no hacer aspavientos ni para bien ni para mal cuando se señala a un paisano. Y eso que yo soy de Algeciras de nativitate, lo que limita bastante a la paciencia por bien domada que uno la tenga. Mi ascendencia es a partes iguales, cordobesa y serrana, de la serranía que como una columna vertebral definitiva serpentea burlando las provincias de Cádiz y de Málaga. Mis lejanos ancestros, como los de la práctica totalidad de los andaluces, son de los dos tercios septentrionales de esta bella y variadísima nación española, pero los próximos de varias generaciones pertenecen, para mi satisfacción, a esos dos referentes del alma andaluza. No obstante, yo nací en Algeciras, crecí en Algeciras, desperté a la vida y a muchas emociones en Algeciras, y mis rincones entrañables son algecireños, de su maltratado centro, de esa cuesta queridísima de la calle Real que remansa su pendiente poco antes de llegar a la plaza. Soy tan de ahí, tan de este sitio, que celebro que al amigo Flores se le recuerde en el paisaje urbano.

Flores no es solo una figura relevante del folclore sino un asentamiento caracterológico del modo de ser de la gente de por aquí que con su ingenio colma de ocurrencias el anecdotario y la conversación festiva. Flores es, además, un creador de letras y de prosa, un personaje que se ha hecho a sí mismo y con el que resulta placentero encontrarse. Es una leyenda viva que ha debido recordar, él mismo, que lo es ante la dejación de su pueblo. El bajorrelieve es del celebrado escultor linense Nacho Falgueras; una figura extraordinaria de las artes plásticas tan nuestra como la bahía; que por lo que sé, ha elevado el volumen de su obra desde una piedra de metro y medio y por encargo del propio Flores que no dispone, como ocurre en otros casos, de promotores articulados para animar el dispendio desde las arcas públicas y tiene que arreglárselas él solo. Gracias a La Trocha; que si no existiera, habría que inventarla; esa piedra de arte estará en un sitio que esperemos que sea digno y adecuado, sin que se imponga al paseo ni se encare al viandante sino todo lo contrario: le invite a pararse y a preguntarse por el personaje cuando ya pasado el tiempo la plástica mantenga para siempre una materialización de su recuerdo.

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