por montera

Mariló Montero

Carlos

PUEDES escribir una historia cuando te ha dejado una huella. A veces, si ponemos pasión en el relato, podemos amplificar emociones en quienes la leen. Ojalá supiera transmitirles los sentimientos que percibí al encontrar a Carlos. De mis hallazgos de verano me quedo con uno cuyo nombre resulta ser Carlos, sencillamente. Ahora me arrepiento de no haberle preguntado su apellido, para que nuestro recuerdo, y aquel encuentro, pudiesen ser más ciertos.

Ocurrió cuando salí a fumar un pitillo a las afueras de la T-1 del aeropuerto de Barajas, en Madrid. El humo del cigarrillo separó nuestra conversación, pero hizo brotar una relación a la vez pasajera y permanente. Aspiraba una segunda calada cuando una voz varonil me abordó para pedirme fuego. Era un hombre joven, de unos veintiocho años, moreno, atractivo, alto y muy sonriente. Su voz sonaba grave, como si un frenazo hubiese dejado un carril de acero grabado en sus cuerdas vocales. Fumábamos los dos tan paralelos como las vías de un tren de aterrizaje.

Tengo dos personalidades contrapuestas para relacionarme con la gente: o no pregunto nunca, o lo averiguo todo. Depende de la tontería social. Pero en las puertas de la T-1, en Madrid, me dio por querer a un desconocido. Quise saber de él y fue tan emotiva la historia que me gustaría ser amiga de Carlos.

Carlos aspiró su primera calada y, al preguntarle su nombre, no tuve que cambiar de marcha en el discurso, puesto que del tirón me lo contó todo. Había sido el Iniesta del San Sebastián de Los Reyes, pero su pasión por las motos le viró bruscamente el destino. Un accidente le cambió la vida. Cuando su colega, que fue despegado de la brea del asfalto por los bomberos y la Policía, despertó varias horas después en el hospital, lo primero que hizo fue preguntar por Carlos. Él siguió tirado durante horas en la cuneta, pues la retama alta impidió que la policía lo viera.

Pasó meses en coma y un año en una silla de ruedas, a la que propinó una patada tras un año de rehabilitación. Hemiplejia, traqueotomía y adiós al fútbol. Y también a la novia, que le abandonó, según me contaba en otra de sus bocanadas, porque no quería un hombre roto. Diez años después, Carlos ayuda a la gente a orientarse para coger los autobuses, los taxis o la línea aérea en la que embarcar. A Carlos le aburre este trabajo. Querría jugar a fútbol, donde tuvo tiempo de obtener lo suficiente para regalarle un coche a su padre y comprarse un piso, al que no tiene prisa en mudarse.

La traquetomía dio piel a su historia como un vestido de alma. Gentes que van de aquí para allá y que cuando detectan su leve discapacidad rehúyen la mirada. Carlos es mi hallazgo del verano, del año y de toda la vida. Una de mis huellas. Porque la vida está llena de gente que brilla y se rompe y ella misma se remonta. Escúchenles con los ojos a los discapacitados y mírenles con el alma.

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