Una vindicación de los olvidados

  • Alonso Gil reflexiona en su nuevo trabajo sobre las nociones de 'destino' y 'enajenación', y sobre cómo la fuerza y la ciega dinámica del mercado antepone constantemente su lógica al ritmo del quehacer del artista

Cantando mi mal espanto. Alonso Gil. Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (Avda. de Américo Vespucio, 2), Sevilla. Hasta el 6 de noviembre.

Camarón de la Isla y Kurt Cobain, dos agitadores de la música, se antojan otros tantos hitos en la exposición de Alonso Gil (Badajoz, 1966). Un grafiti de Camarón, de buen tamaño, abre la muestra y, casi al final, Kurt Cobain, un cuidado dibujo, aparece en el interior de una chaqueta tejana. Puede que sean sendos homenajes hechos con medios complementarios: si la figura expandida en el muro sugiere el amplio reconocimiento del cantaor, el espacio casi reservado otorgado a Cobain habla de la fuerza de la memoria que conserva la vibración de la música a flor de piel. Pero quizá haya algo más: estas imágenes ¿apuntan a mitos de la época o son más bien índices de lo que llamaríamos destino de nuestro tiempo? El Romanticismo celebró al artista muerto joven: Novalis, Wackenröder o Schubert, por citar tres casos. Pero ¿se puede mantener hoy semejante mitología? ¿No es más exacto decir que este tiempo nuestro necesita símbolos para destruirlos de inmediato? Habrá quien hable de un nuevo Saturno devorador de sus hijos pero es más exacto hablar de la ciega dinámica del mercado que antepone su lógica al ritmo del quehacer del artista. Una fuerza, la del mercado, que, trabajando bajo la conciencia, obliga e impulsa sin cesar. Por eso la podemos llamar destino, aunque sería más exacto hablar de enajenación.

Esta preocupación crítica recorre la obra de Alonso Gil. Por eso se esfuerza en llevar al espacio del arte a los olvidados. Es significativo que se haya reservado la sacristía de la antigua Capilla de Afuera de la Cartuja para mostrar tres de sus vídeos, el dedicado al Polígono Sur y otros dos protagonizados por quienes en Sevilla intentan sacar unas monedas cantando en la calle al ritmo de un cartón rizado o un bombo de detergente. Otro vídeo, Flasheados, ya en el espacio general de la muestra, ofrece una clave de estas obras: señala el repliegue de una ciudad como Sevilla que, encerrada en lo que cree ser su memoria, apenas logra ver no ya a los inmigrantes que se asientan en ella, sino a quienes nacieron y viven en sus propios barrios. Asustada por las tensiones y exigencias de la época, la ciudad parece refugiarse en una identidad imaginada aun a costa de cerrar los ojos al presente.

Pero Alonso Gil, antes que criticar el olvido, reivindica a los olvidados. Recoge actitudes de los jóvenes de los barrios y muestra en su Tunning Cofrade los mestizajes que logran hacer. Va más allá de la ciudad: subraya la tenacidad de los saharauis, con los que trabaja asiduamente, y no olvida otros silencios, como el que la comunidad internacional guarda respecto a Guantánamo, centro de la geografía de las cárceles secretas donde no existen derechos civiles. Gil evoca a esos presos carentes de derechos con un espacio cerrado y vacío, cubierto con una alambrada y una lámpara que parece aludir a un tercer grado. En el recinto suenan sin cesar muchas y muy distintas versiones de Guantanamera. Inacabable, la canción hace pensar en el tiempo cero que sufren los recluidos y en la indiferencia con que los mira la mayoría. Apenas puede escucharse la canción sin sonrojo. De ahí, la inscripción en el muro: "El disco no ha muerto, se ha ido a la guerra".

Las otras dos obras de la muestra tienen como protagonista al flamenco. La felicidad en el trabajo, una videoinstalación, recoge a siete hombres y dos mujeres capaces de cantar mientras trabajan. El cante de trilla de un campesino se une al ritmo de la profesora, a las buenas maneras de un cuidadoso cortador de jamón y a la elegancia doméstica de un ama de casa. La pieza, aunque sigue los cauces del documental, tiene el vigor de la metáfora, porque el legado del cante sugiere que es posible mantener un mundo propio aun en la exigencia del trabajo. Pudimos ver esta pieza en Intervalos, el programa, producido por Cajasol, que une flamenco y arte actual, según una idea de Paco del Río, fallecido recientemente. Tal vez evocando su ausencia, Gil dedica a su memoria el trabajo más reciente: una filmación de un vendedor ambulante de fruta que en algún lugar del Campo de Gibraltar espera pacientemente la llegada de bandadas de turistas. No le falta picardía. Tampoco humor. Resuelto a la hora de colocar productos a la cambiante clientela, ordena su puesto entre expedición y expedición de foráneos mientras dice con acierto algún cante. El vídeo es en cierto sentido prolongación de los anteriores. Les añade un punto de humor en el que no falta amargura (dada la marginalidad del trabajo) ni tampoco admiración: la que despierta alguien dispuesto a ganarse la vida contra viento y marea.

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