Un vasto cementerio

  • Funambulista publica 'Secretas injusticias' de Xavier Hanotte

Alguna vez hemos recordado aquí la creciente presencia de la guerra en el género negro europeo. Sin salir de Italia, Vichi, Camilleri, Sciacia y Lucarelli, han encontrado en la ocupación nazi una ominosa fuerza que todavía modula crímenes actuales, herencia de viejas sangres sin lavar. También ocurre esto en alguna novela de Fred Vargas o el griego Márkaris. Y fue Vázquez Montalbán, que tanto avizoró, quien introdujo en Celtiberia este espesor violento del recuerdo en las sentinas de una España hodierna. En Secretas injusticias, del belga Xavier Hanotte, encontramos esta misma vuelta del oprobio al cauce de los días; pero Hanotte incluye una particularidad: no es sólo el III Reich, también los vastos cementerios de la Gran Guerra, quienes acuden al imaginario de sus protagonistas.

Un cadáver tiroteado en unos servicios, y la subsiguiente investigación del hecho, dan pie al escrutinio de los remotos orígenes del crimen. Crimen cuya víctima es un profesor universitario, que defendía las tesis revisionistas del Holocausto. De este modo, la ingente muchedumbre que yace, a flor de tierra, en las orillas de Somme, en la campiña de Verdun, bajo los prados de la antigua Flandes, reclaman su propina de memoria, su óbolo de justicia, cuando el siglo discurre ya por otras sendas de menor peligro. Dussert, el inspector encargado de la investigación, y traductor ocasional de algún poeta de la anteguerra, es visitante asiduo de los viejos cementerios donde la infantería extranjera (ingleses, australianos, escoceses, hindúes, parsis), encontró su última trinchera en el 14. Esa misma tropa es la que Valle-Inclán recuerda en La media noche: las cargas de la caballería india, y el grito espantado de los boches cuando veían brillar sus sables curvos: "¡No hay cuartel!¡No hay cuartel!".

Ya se ha dicho. En estas Secretas injusticias de Hanotte, libro ampliamente galardonado en Bélgica, Europa es un inmenso camposanto, cuya memoria se ilumina como un fuego fatuo. Bajo el paisaje verde y apacible (apenas median veinte años entre una guerra y otra), un esquelético orfeón aún canta su canción de sangre

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