La trinidad de la monarquía

  • José Antonio Escudero al frente de un amplio equipo de juristas e historiadores acomete la primera síntesis sobre la institución más antigua de nuestra historia

Conviene advertir, ante la proliferación de secretos de alcoba y otras leyendas cortesanas, que este obra sobre la Monarquía española, distribuida en tres tomos, es un estudio serio, el primero que propone una síntesis global de la vieja institución hispana desde una perspectiva independiente e interdisciplinar. Su compilador, el académico de Jurisprudencia e Historia, José Antonio Escudero, lleva años dejándonos muestras de su concienzuda investigación sobre la monarquía filipina y, esta vez, coordina a un elenco de juristas, historiadores y especialistas en ciencia política que coadyuvan sus esfuerzos en una obra pensada en equipo.

El estudio se abre con el problema de la regulación del acceso al trono que fue el talón de Aquiles de los primeros tiempos de la Monarquía hispánica. Los reyes godos sólo pudieron contrarrestar la debilidad de su tradición electiva con la unción sagrada que se alcanzó, a duras penas, a finales del siglo VII. No por eso se erradicó del todo la lucha entre linajes en los primitivos reinos cristianos encastillados entre las montañas del norte peninsular, pero la necesidad de un liderazgo militar contribuyó, probablemente, al afianzamiento de la monarquía hereditaria cuando terminaba el primer milenio.

El prestigio dinástico va a ser, desde entonces, el principal elemento de legitimación de la monarquía y motor de integración de sus territorios, contemporizando con el servicio de prelados y magnates, de cuya fidelidad y cohesión dependía la de la propia realeza. Para profundizar en la fuerza de este vínculo dinástico, columna vertebral de la institución monárquica, la materia de soberanía se desglosa en tres capítulos dedicados al príncipe, el rey y la reina; trinidad de carismas para un solo cuerpo. Un acierto, habida cuenta de que la división y el posterior desarrollo de cada una de estas funciones, que encarnaban el monarca, su heredero legítimo y su esposa, fue paralela al fortalecimiento de la propia institución monárquica en la coyuntura decisiva de los tiempos modernos. La educación del príncipe en armas y letras resultó determinante como depósito de los principios éticos del reino. El papel de la reina fue fundamental en la consolidación de las relaciones diplomáticas y sus cualidades personales configuraron un modelo de feminidad que encarnó los elementos de caridad, piedad y devoción que completaban las virtudes viriles de su esposo. Mientras la soberanía del rey, en tercer lugar, empezaba a proclamarse en sus títulos aunque sólo adquirió capacidad de gobierno cuando contó con una maquinaria institucional que así lo permitía. A esta última dimensión, la faceta pública del rey, se dedica la parte final de este primer tomo cuyo desarrollo hacia el modelo constitucional se abordará en los sucesivos volúmenes de la obra.

Aunque las referencias al corpus legislativo español son constantes a lo largo del libro como es propio de la tradición de la historia del derecho, los estudios sobre la ceremonia regia y la sociabilidad de la corte, ofrecen un contrapunto imprescindible para obtener una visión poliédrica de la institución que ha tenido mayor peso en nuestra historia.

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