Contra la teoría

  • Nuevas interpretaciones de conocidas obras de arquitectos del siglo XX ayudan a aclarar el panorama de la arquitectura actual

El pensamiento actual de la arquitectura viene haciéndose cada vez más transversal, reconociendo así que este hacer se encuentra cada vez más injertado de saberes externos a eso que durante un tiempo se llamó disciplina. Contra esta tendencia hay otras arquitecturas que reclaman, en lo más profundo de un conocimiento y una práctica que dura cinco mil años, un glosario de términos y manualidades extraído de una genealogía extensa que hoy puede ser recorrida desde sus comienzos hasta su final sin forzar mucho una pretendida continuidad. Así lo hace Rafael Moneo, en ese discurso ejemplar para una buena parte de la cultura arquitectónica española, que se encuentra aposentado ya en la Real Academia.

Desaparecido de la escena mediática aquel pensamiento que hizo la transición de una arquitectura autárquica a la escena internacional, en clave local y sofisticada, su lugar es ocupado por pequeños manifiestos de afirmación de identidades débiles, por grupos de arquitectos de uno u otro signo, manuales de visita a lugares de la arquitectura lo suficientemente hollados, chácharas divulgativas para explicar -saltando por encima del foso existente entre sociedad y arquitectura- qué es ésta; todo ello acompañado de mucho olvido y de una cada vez más extensa imaginería que ejemplifica casos de estudio u oportunidad sin más trascendencia.

Por eso sorprende tanto esta iniciativa de gentes ocupadas, más bien diríamos amantes, en la arquitectura como son Ricardo Sánchez Lampreave y Carles Muro. Ambos, con iniciativas ejemplares en la divulgación de la arquitectura, frecuentadores de ella con sus opiniones y propuestas y a menudo pensadores con algo más que la oportunidad del momento y de la temática de moda.

Con este libro se inaugura una colección que ni más ni menos se titula Escritos de arquitectura, declarando con ello que éste es un territorio de encuentro, afín e íntimo como opinó el maestro Siza, entre dos caligrafías que han venido enunciando los sucesivos entornos culturales de la civilización occidental. Se trata de poner en confrontación ambas manualidades disolviendo la temporalidad o la espacialidad de una y otra en un soporte de sugerencias y matices, capaz de figurarnos el encuentro entre edificio y habitante tanto como de recorrer los argumentos que cualifican esa experiencia. De esta puesta en carga sólo podían, entonces, deducirse estas arquitecturas fugaces que constituyen el argumento del libro con el que, yendo de un lado a otro de la contemporaneidad moderna, Carles Muro enuncia un principio de una visión comprensiva de la arquitectura, esto es, de una teoría: ver con ojos nuevos lo sucedido, experimentar con goce lo que se nos está desvelando, registrar con rapidez e inteligencia lo que rápidamente -como un ángel- se manifiesta para luego desvanecerse, son procederes presentes en este libro de recopilación y demora.

Entre tantas arquitecturas -Melnikov, Lubetkin, Corrales, Molezún, Scheerbart, Sota, Peña o Moneo- no podía faltar aquella que, en buena medida, ha sido la que ha formado esta mirada y esta sensibilidad: la de Álvaro Siza. A ella se dedica con resultados brillantes varios de los capítulos que componen el libro y, del que si tuviéramos que aconsejar algunos, nos detendríamos en esa duplicación extensiva e incisiva del discurso del maestro sobre el Jardín desvelado de Bonaval.

Por sendas como ésta o por otras que avanzan en paralelo -como es la de la colección dirigida por el propio Carles Muro para el Colegio de Arquitectos de Gerona- bien puede transcurrir inteligentemente una parte de un pensamiento arquitectónico, cuya cualidad más destacada en la contemporaneidad es la de su inevitable y desbordante diseminación. El jardín de los pasos perdidos ha encontrado en ellas una guía que, aunque nos mienta como nuestros propios sentidos, es sincera y certera en su propuesta.

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