Todos los sueños del mundo

Fernando Pessoa. Ed. y trad. Manuel Moya. Berenice. 160 páginas. 15 euros

Amante del país hermano y familiarizado desde antiguo con la literatura portuguesa, Manuel Moya tradujo hace no mucho el Libro del desasosiego (Baile del Sol, 2009), un trabajo monumental que ha retomado parcialmente en esta valiosa antología donde incluye a modo de colofón -y con buenas razones- el maravilloso poema Tabaquería ("Estanco") de Álvaro de Campos. El narrador y poeta de Fuenteheridos -que ha traducido otras obras de Pessoa como la Poesía completa de Alberto Caeiro (2009) o El banquero anarquista (2011)- propone en Vasques & Cía una antología "experimental, quizás herética" de esa obra cimera de la literatura europea del siglo XX, un libro literalmente inagotable que es acaso el tesoro más preciado entre los muchos que dejó Pessoa, obra de un heterónimo, Bernardo Soares, que fue menos una personalidad disociada o fingida que un álter ego con las letras bailadas, fiel imagen de aquel hombre formidable que decía no ser ni querer ser nada pero albergó -como leemos en los versos citados al frente de la presentación- "todos los sueños del mundo".

Sólo en parte puede considerarse una herejía la propuesta de Moya, pues como él mismo señala el Livro do Desassossego tiene una factura boscosa, heterogénea y fragmentaria en la que conviven tonos y etapas muy diversos, siendo así que en su estado actual -el traductor, como Perfecto E. Cuadrado en la versión de Acantilado, sigue la edición de Richard Zenith para Assírio & Alvim- es un libro no cerrado que contiene otros muchos. Uno de ellos, ciertamente, es la novela del modesto empleado de oficina -la de Soares se encontraba en la Rua dos Douradores- contada por él mismo, de un modo que se torna en esos pasajes más cercano, despojado y espontáneo, fruto de la identificación entre Pessoa y su personaje, abocados ambos a una vida tediosa y rutinaria -pero invariablemente lúcida- de la que el primero escapó gracias a los horizontes infinitos de la imaginación creadora. En estas páginas no irreflexivas, porque la cabeza del escritor no descansaba nunca, pero sí más íntimas, sin que esa intimidad traspase el relato de sus fracasos y perplejidades, está el Pessoa más reconocible como ser humano, el que para siempre nos muestra que la barrera entre la realidad y el deseo puede ser superada -aunque sólo en cierto sentido- por medio de la palabra.

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