La soledad de un corredor de fondo

Fiel espectador de la gala de los Goya, lo que más me sorprendió el pasado domingo fue el inquieto silencio que precedió a la entrega de los dos premios más codiciados esa noche. El Goya a la mejor dirección y a la mejor película, que escapaba a todas las quinielas. Como bien sabemos se lo llevó La soledad, una película a cuyo director nadie reconocía en los primeros momentos de la ceremonia y al que miraban como un Robinson perdido todos los espectadores, que se quedaron tan mudos, como las vacas que miran a un tren surgido de la nada.

Jaime Rosales apareció tímidamente en el mundo del celuloide con su primera película, Las horas del día, un relato contundente, de una sobriedad extrema, con una puesta en escena distanciada, recuerdos cinéfilos de Fassbinder y Tarkovski, que ponía contra las cuerdas a un espectador mientras un asesino que abrazaba a sus víctimas hasta ahogarlas se paseaba sin pudor delante de sus ojos. Esa primera película sorprendió por muchas cosas. A mí me dejó sin habla la manera en la que se veía cómo un tipo corriente que regentaba una tienda de ropa para niños enfocaba los asesinatos. A machetazos de plano fijo, la muerte se alargaba casi hasta la realidad porque se explicitaba de manera tan cruel como inusitada, el tiempo que cuesta matar a un hombre con las propias manos. Pero no había palancas morales. Era el propio espectador el que tenía que activar sobre lo que veía su juicio más personal. Algo que siempre hacen los demás por nosotros y a lo que no estamos acostumbrados, quizá por la excesiva influencia de la dormidera televisiva.

Las horas del día pasó por el Festival de Cannes y allí se llevó el premio Fipresci, que la crítica internacional otorga cada año a la mejor película del evento.

Jaime Rosales, egresado de la Escuela Internacional de Televisión de San Antonio de los Baños, en Cuba, es un cineasta-cirujano. Es un médico de provincias al estilo de Baroja que con un pequeño maletín de recursos, cuidada y fabricada puesta en escena, planos largos y medidos, personajes sutiles y esqueléticos que están trabados en la trama como un hombre o una mujer lo están en la vida real, recupera e incorpora un cine que habíamos olvidado. Hijo de películas como Ladrón de bicicletas, citada por el propio Jaime en la Gala, y del neorrealismo italiano y también del free cinema inglés, y del Cassavettes de Una mujer bajo la influencia, y también, si me lo permiten, de Tomás Gutiérrez Alea, y un poco de Herzog y de Ozu y de Víctor Erice, Rosales consigue con su manera de narrar, rehacer el puente de comunicación con el cine planteado como lenguaje de mirada única que nos hace preguntas y nos abre lagunas ciegas en una sociedad caótica.

Y por eso lo que más me sorprende de todo es el hecho mismo de que a todos haya sorprendido que La soledad haya ganado esta edición de los premios Goya. Me sorprende que sorprenda, porque eso demuestra un hecho terrible para el cine y para nuestra sociedad. Que hemos olvidado lo que en un tiempo se avanzó. Que hemos olvidado que el cine, como la literatura, nos puede dejar también frente a la intimidad más enriquecedora que existe, algo que el arte en general hace. Y quizá sea así porque de alguna forma hemos entendido erróneamente que el cine no puede ser otra cosa que el hermano gemelo de la televisión, y las películas que no tengan mucho plano corto, y mucho primer plano, que no estén hechas en base a un montaje de pura escucha, casi automático, que no avancen con rapidez, y que eviten cosas como el silencio, o los espacios vacíos, somos incapaces de valorarlas. Es verdad que existen muchos vasos comunicantes entre la televisión y el cine, pero no podemos permitir que una anule la capacidad brutal que tiene el otro para dejarnos abatidos tras noventa minutos de sueño visionado. Y sobre todo lo que no podemos permitir es perder el camino que el cine ya trazó y que parece ser, hemos olvidado.

El pasado martes, en este mismo periódico, Manuel J. Lombardo escribió que "hace falta algo más que un par de premios importantes en una gala televisada para conseguir educar al público español en las rugosidades y la resistencia del verdadero arte". Y es verdad, hace falta algo más, hace falta que el cine entre en las aulas y en la educación, el cine diverso y que contempla las variadas formas de narrar que llenan su historia. Y que Ladrón de bicicletas o El espíritu de la colmena, o Los siete samuráis se estudien como se estudian El Quijote o Las meninas. De esta forma, pocos o casi nadie, se llevarían sorpresas cuando películas como La soledad, algún año, no digo todos, ganen los premios más importantes del cine español.

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