Juan Soto Ivars. escritor

"Cuando una sociedad piensa que la cultura no es útil está firmando su fin"

  • El narrador describe en la novela 'Crímenes del futuro' un mundo aterrador (por posible) en el que la economía ha tomado definitivamente el poder y las humanidades han caído en el abandono

Juan Soto Ivars (Águilas, Murcia, 1985), en su visita a la Feria del Libro de Sevilla. Juan Soto Ivars (Águilas, Murcia, 1985), en su visita a la Feria del Libro de Sevilla.

Juan Soto Ivars (Águilas, Murcia, 1985), en su visita a la Feria del Libro de Sevilla. / nerea martínez

"Las empresas multinacionales se sintieron amenazadas por la fuerza de la democracia y corrompieron a los partidos desde dentro. Sobornaron a los líderes y los convencieron para suicidarse. Destruyeron el prestigio de los órganos del Estado filtrando veneno en todas las instituciones...". Tras el gran éxito de su ensayo Arden las redes, Juan Soto Ivars regresa a la ficción con Crímenes del futuro (Candaya), una novela sobre un mundo donde las reglas del juego han cambiado pero todo resulta dolorosamente cercano para el lector. Una joven que acude a la ciudad para formarse como abogada y que se verá envuelta en los preparativos de una rebelión, una modelo que queda atrapada en una isla y librará una particular guerra con el fotógrafo con el que se ha desplazado allí, y una mujer ciega que es sometida a un experimento para recobrar la vista protagonizan este soberbio tríptico.

-Habla de un mundo en el que el poder se muda a los centros financieros y desaparece el Estado. Tal como está el panorama, no parece una idea tan imposible...

Hoy se dan las humanidades en pildoritas inspiradoras. Uno debe ser útil al tinglado empresarial"Que un político se defina como gestor es algo sencillamente escandaloso. Un político debe tener unos ideales"

-Es el proceso que empezó en los 80 y que sigue ahora, que la crisis ha agudizado. Lo que cuenta la novela puede pasar y, de hecho, algunas de las cosas que se narran están ocurriendo ya. Igual que nuestros abuelos tienen nostalgia cuando van por la ciudad y dicen "aquí había un huerto, esto era campo", yo tengo la impresión de que cuando yo sea abuelo diré con nostalgia, si esto sigue así, "aquí había un colegio, aquí había un hospital, aquí había jubilaciones..."

-Hay situaciones que se están dando ahora mismo. En una escena, un personaje defiende que "una persona con los papeles en regla no tiene motivo de preocupación".

-El personaje que dice eso, si no recuerdo mal, es una especie de tendero mediocre que está encantado de tener su papelito en la mano. Gracias a gente como ésa vamos para atrás. Es el síndrome del emigrante que consigue una posición de clase media, que vota a Donald Trump porque no quiere que le quiten lo que ha conquistado. La sociedad neoliberal está muy bien diseñada porque genera muchas personas así, porque la inseguridad que tenemos es tan grande que queremos salvarnos. Si a ti no te despiden en un ERE, no vas a hacer huelga por tus compañeros.

-A los personajes se les adoctrina en la creencia de que la corrupción de los partidos políticos acabó con el Estado de Bienestar.

-Es otra historia que está ocurriendo ahora. Queremos tecnócratas, gestores. Que un político se defina a sí mismo como gestor resulta sencillamente escandaloso. Nos hemos acostumbrado, y hay muchos votantes a los que les gusta eso, pero yo creo que un político tiene que ser algo distinto, debe tener unos ideales. Yo no soy comunista pero soy socialdemócrata, y un político que se define como gestor y que está dando todas las libertades a las empresas a costa de la ciudadanía, o que dice que hay que hacerse planes de pensiones privados mientras el sistema de pensiones se derrumba por su culpa, esa figura me parece un monstruo. Y repito: no soy comunista, yo quiero una socialdemocracia.

-Uno de los debates que se abordan en el libro es el uso de la violencia por una causa justa, que algún personaje defiende.

-Yo lo pasaría muy mal en una revolución, aunque estuviera de acuerdo con los ideales. La utilización de la violencia nunca lleva a nada bueno: en una rebelión violenta, y esto se ha visto a lo largo de la Historia, quienes ganan en el propio bando siempre son los más fanáticos. El ejemplo son los bolcheviques, en la Revolución Rusa había fuerzas mucho más moderadas y menos sangrientas, pero en un estado de desorden quien vence es el que menos duda, y el que menos duda es el fanático. En esta revolución de la novela se plantea ese dilema. Hay personajes que no quieren ir por ahí, pero se ven arrastrados o aplastados. Eso ocurre en todas partes: yo vivo en Cataluña, y allí hay mucha gente independentista que es sensata, pero no tiene espacio.

-En el libro hace un guiño un tanto malévolo al tema independentista: en la ficción Euskal Herria y Catalunya son "naciones federadas", pero el líder de los nacionalistas señala la conveniencia de anexionarse de nuevo.

-La novela es posnacional. Pienso que el de nación es un término que no va a durar mucho tiempo. Tal vez por eso están saliendo nacionalismos tan salvajes como los de Puigdemont o Le Pen o Trump, o si me apura hasta el de Ciudadanos, que está exacerbando un nacionalismo español. Creo que son una respuesta a esta deriva que lleva el mundo globalizado en el que importa tres cojones la bandera que tú tengas en la mano. Aquí son entes transnacionales los que están marcando el destino del mundo, las empresas que produjeron la crisis eran bancos internacionales. Eso que ha sido tan determinante para las sociedades de los Estados, de las naciones, les vino por encima.

-La segunda parte trata otra guerra: ésta se da entre un hombre y una mujer.

-Sí, y es la guerra entre el statu quo y la revolución, porque los dos personajes, perdidos en una isla desierta, se convierten en arquetipos de lo que está pasando en el continente. Él quiere sostener la casa, inventa leyes, es la civilización, pero ella es la naturaleza, lo que está destruyendo la casa, la intemperie, la revolución. Una fuerza verde y vigorosa que se carga todas las estructuras asentadas.

-En el último fragmento del libro se dice que los poetas se extinguieron porque no hacían falta. Con el descrédito que sufren las humanidades tampoco es descabellado pensar que sucederá algo así.

-Hay otro fragmento de la novela en que los libros se usan como combustible, porque queda mucho papel para encender las estufas y las cocinas. Bruno y Julia, dos de los personajes, son esa gente rara que se lee la leña. Yo me siento así cuando leo libros. Mi mujer es profesora de Filosofía, y le están quitando horas. Se ha instalado la convicción de que las humanidades hay que enseñarlas con pildoritas inspiradoras mientras que debemos estudiar cómo ser de provecho en este tinglado empresarial. Ojo, esto no pasa por primera vez. El mundo islámico tuvo una época dorada, la época de las humanidades, y empezó a irse a la mierda cuando los humanistas se convirtieron en militares, en hombres de acción. Y en el mundo griego, y en el romano, sucedió exactamente lo mismo. Cuando una sociedad empieza a pensar que la cultura no es útil, está firmando su sentencia de muerte.

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