El siglo de la curiosidad

Joseph Boruwlaski. Lengua de trapo. Madrid, 2010. 16,50 euros.

Si en el siglo XVI triunfaron los gabinetes de curiosidades o gabinetes de maravillas, el XVIII quiso darle un orden a aquellas viejas colecciones regias mediante el estudio y la publicidad; esto es, mediante la ciencia y los museos. Así, del XVI al XVIII toma cuerpo un gusto por lo insólito y extraordinario, que en el siglo romántico girará hacia lo monstruoso y lo deforme. Ése es el trayecto que media entre las sorprendentes memorias de Joseph Boruwlaski que hoy presentamos, y la desgraciada existencia, convertido en vertiginosa atracción de feria, de uno de los seres más desdichados del siglo XIX: Joseph Merrick, El Hombre Elefante.

Antes de ser motivo de debate científico (y entretenimiento de la reina Victoria), Merrick sobrevivió en sórdidas barracas, como una bestia trémula expuesta a la curiosidad de las masas londinenses. Sin embargo, Joseph Boruwlaski, minúsculo caballero inferior a un metro de estatura, fue simplemente un prestigioso adorno, entre divertido y frágil, en las grandes cortes dieciochescas. No se trataba ya del bufón de los salones góticos, cuya cómica desvergüenza era el divertimento, pero también la "boca de la verdad", de sus señores. Y tampoco el bufón de compañía de los Habsburgo, como aquél Nicolaso Pertusato, hostigador de perros, que Velázquez perpetuó en Las Meninas (antes, Felipe II había sido muy aficionado a visitar dichos gabinetes, donde se exhibían, por ejemplo, cuerpos de sirena). En cierto modo, Joseph Boruwlaski es un hombre libre, que vive de la frívola curiosidad y el gesto magnánimo del Antiguo Régimen. Cuando las cortes caigan a finales del XVIII, este viejo juguete, amable conversador, ingenio vivo, habrá caído en desgracia. Y sólo las grandes casas del Reino Unido querrán sufragar la fértil y agitada vida de un hombre singular, de una existencia decorativa, de un lujo extravagante de la Naturaleza. Entonces, comenzado el XIX, su público será ya la masa suburbana, que buscará atemorizarse, consolarse quizá, con la desgracia y la deformidad de la mujer barbuda.

Boruwlaski, por fortuna, consiguió recibir una pension antes de que triunfara el espectáculo circense, anunciado con una caravana de elefantes y enanos por Hyde Park. No ocurrió así con Joseph Merrick, cuya fama coincidió con los abominables días de Jack el Destripador. Lo extraordinario, sin embargo, es la viva confesión, la ingenua ufanidad con la que quiso dar noticia de sus días este leal súbdito de Polonia. Unos días que, de algún modo, recogen el último esplendor de un mundo muerto: aquél que vio la sonrisa adolescente de María Antonieta (Boruwlaski la contempló en Versalles), antes de que su cabeza rodara sobre el suelo adoquinado de París.

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