¡No siento el cerebro!

Abotargado por el exceso de pastillas, bótox y testosterona, a Sylvester Stallone aún se le detecta una pequeña actividad cerebral en la neurona encargada de gestionar la caradura y también en aquella otra que, perdida entre córtex achicharrado, aún mira por su cuenta corriente en tiempos de crisis. Con ambas, no crean, ha conseguido resucitar a Rocky y Rambo, los dos héroes de acción y mueca torcida con los que labró, allá por los reaganianos ochenta, su imagen de tipo fino, justo y sensible.

Si lo de Rocky tiene una cierta coartada épica que lo exime de responsabilidad penal, lo de recuperar al héroe fascista John Rambo parece más bien una broma pesada e incorrecta en pleno apogeo del Hollywood concienciado, arrepentido o liberal de Leones por corderos o En el valle de Elah.

Resucitar a Rambo, ahora enfangado en las selvas de Birmania y Tailandia con una misión humanitaria (sic) por delante, supone revivir y justificar de nuevo, explosiones y mucha casquería de por medio, un espíritu salvapatrias que no sostienen ya ni en el ala más radical del Partido Republicano.

Más chulo que ninguno, héroe resentido y autonombrado, el desencantado Rambo sigue haciendo su guerra de guerrillas sin mirar atrás ni enterrar a los muertos, es más, los remata en el suelo, tal es su condición; una guerra física, muscular, pesada y extremadamente sangrienta para salvar al mundo (a los birmanos, lo mismo da) de malvados de tebeo con un machete entre los dientes y un gesto desencajado por las hormonas caducadas.

¿Y quién nos salva a nosotros de él?

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