El señor de la estepa

Lejos de las estampas antropológicas y minimalistas de cierto cine reciente de paisaje estepeño euroasiático (El camello que llora, El perro amarillo, Ping pong mongol, La boda de Tuya, Tulpan), Mongol, décimo largometraje del ruso Sergei Bodrov, otrora valor festivalero (El prisionero de las montañas), hoy producto oscarizable, busca travestirse con las formas del gran espectáculo histórico, formas que tienen hoy tanto que ver con el cine popular chino y el último Zhang Yimou que con la épica renacida a lo Braveheart, para contar (suponemos que a niños y a niños grandes) la historia de Genghis Khan, gran líder del Imperio Mongol, conocido por sus dotes para la estrategia y la barbarie, que extendió sus dominios, allá por los siglos XII y XIII, hasta los bosques de Siberia y el desierto del Gobi.

Bodrov y su guionista Aliyev simplifican el asunto como sólo Hollywood sabe hacerlo y así, entre oportunas elipsis (que evitan mostrar los momentos más comprometidos de su trayecto, a saber, el tiempo entre peripecia y peripecia), la historia de Telmudgin (el japonés Tadanobu Asano) avanza imparable desde una infancia mancillada a la gran batalla final contra su antagonista (y sin embargo amigo) Jamukha a golpe de medida venganza y largas travesías por la planicie.

Saturada de estímulos visuales que tienen más de postal que de lo que entendemos por buena fotografía, Bodrov no renuncia a los toques de modernidad comercial dentro de su clasicismo y nos regala abundante sangre digital salpicada en dolby stereo y preciosas cámaras lentas que hagan pensar en un realizador virtuoso a los miembros de la Academia.

Por otro lado, y con el personaje idealizado de pies a cabeza (fiel, leal, justo, amoroso y estratega, qué más quieren), podríamos pensar tal vez si esta aventura épica no es el fondo un canto nacionalista a la unificación (¿de la gran Rusia?), un hipertrofiado delirio guerrero en pro de la patria y los líderes de una pieza.

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