De reírse con Almodóvar a reírse de Almodóvar

Terror/drama, España, 2011, 117 min. Dirección y guión: Pedro Almodóvar (guión basado libremente en la novela 'Tarántula', de Thierry Jonquet). Fotografía: José Luis Alcaine. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Antonio Banderas, Elena Anaya, Marisa Paredes, Blanca Suárez, Eduard Fernández, José Luis Gómez, Bárbara Lennie, Roberto Álamo.

A veces pasa: conforme crece su filmografía, Almodóvar mengua. Y últimamente lo hace aceleradamente, como el amante de la peliculita que incluye en Hable con ella. Sus dos últimas películas interesantes (Hable con ella y Volver) son de 2002 y 2006. Su último gran melodrama es de 1999 (Todo sobre mi madre). Y su última gran comedia -que a la vez es su mejor película- se remonta a 1988 (Mujeres al borde de un ataque de nervios). La piel que habito, tal vez por intentar explorar territorios nuevos, supone una mengua brutal incluso con relación a sus en parte fallidas predecesoras inmediatas. Chiquitito se está quedando quien reunió méritos para formar junto a Buñuel, Berlanga y Erice el cuarteto de oro del cine español. De momento -y el momento dura ya más de una década- se ha caído del cartel.

La cinefilia que mezcla géneros no le funciona en este gazpacho que tritura -entre otras- Los ojos sin rostro de Franju, El coleccionista de Wyler, Frankenstein de Whale o su propia Átame; sumando adornos tarantinianos (en la sinuosidad temporal del guión), darioargentianos (en el juego kitsch de personalidades cambiadas) o cronenbergianos (en su crueldad aséptica de quirófano). El recurso al disparate voluntario para disimular los errores involuntarios tampoco le funciona. El tránsito de lo grotesco a lo trágico y de lo ridículo a lo sublime se estanca siempre en lo primero. La complicación de los juegos con el tiempo y las sorpresas del supuestamente hábil guión parecen más bien un recurso Scherezade: liar la historia para que el espectador-sultán no le corte la cabeza al cineasta-cuentista, aburrido por la solemnidad con que le está contando una tontería sin pies ni cabeza. Porque Almodóvar, para su desgracia, se pone muy solemne en esta película; aunque procure guardarse las espaldas con una desmesura melodramática, toques granguiñolescos y hasta algún apunte de comedia: como si pretendiera que, en el caso de que el público se ría, lo haga con él y no de él.

Tampoco le funciona la que, tras la espontaneidad y gracia de su versión posmoderna del sainete castizo, es su arma más fuerte: la potencia de la imagen. Aquí -tal vez por su pretensión minimalista y aséptica- queda reducido a escaparatista de una tienda lujosísima y modernísima. Poblada, lógicamente, por maniquíes. Los personajes están mal definidos y peor interpretados. Algunos -como los de Eduard Fernández o José Luis Gómez- son directamente prescindibles por su gratuita torpeza. Banderas intenta con tantas apreturas estar contenido, que parece estreñido. Elena Anaya roza a veces la interpretación, pero permanece casi siempre en la pose (eso sí: seductora). Marisa Paredes fracasa como pretendiente a la Bette Davis de ¿Qué fue de Baby Jane? o la Judith Anderson de Rebeca.

Excelente director de actores, en esta ocasión, tal vez llevado por su obsesión cool, Almodóvar les hace estar por debajo de sus demostradas aptitudes.

El único momento de brillo en toda la película es el brevísimo sainete de la clienta pejiguera y el marido abandonado que vende la ropa de su mujer en la tienda vintage. Está claro que el sainete neocastizo es el terreno que hará que Almodóvar pase a la historia del cine. Los únicos momentos de fuerza están en algunos hallazgos visuales -Banderas ante la pantalla gigante a través de la que espía a Elena Anaya, el intento de fuga de la mujer con aire de maniquí de Giorgio de Chirico- y tal vez en el disparatado último cuarto de hora en el que se lanza de cabeza al melodrama extremo (momento en el que se juega el todo por el todo forzando a la emoción o la carcajada: en mi caso a lo segundo). Está claro también que el del melodrama extremo es el otro terreno que pisa con fuerza. No, desde luego, el del horror cool o el terror quirúrgico.

José Luis Alcaine y Alberto Iglesias, dos cómplices de lujo, hacen lo que pueden, que es mucho, con la fotografía y la música. Antxón Gómez en el diseño de producción y Paco Delgado en el vestuario también hacen grandes aportaciones (el traje-piel y la máscara de la Anaya tal vez sean los mayores aciertos de la película). Pero pese a ser tanto lo que los cuatro aportan, no logran que esta película tan ambiciosa como fallida levante el vuelo.

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