El regreso de John Blacksad

  • El tándem formado por el granadino Juanjo Guarnido y el madrileño Juan Díaz Canales acaba de entregar el cuarto álbum de una serie llamada a ser un clásico del cómic

Un lugar entre las sombras, la puesta de largo del detective gatuno John Blacksad, apareció en el año 2001; el éxito, por una vez, estuvo a la altura de la excelencia del producto y el álbum recibió aplausos y parabienes generales, incluidos los del mismísimo Will Eisner, que es como si los recibiera de don Miguel de Cervantes el novelista que quiere serlo. El segundo volumen, Arctic-Nation, vio la luz dos años después y puso el listón tan alto que, a partir de entonces, a sus autores les iba resultar complicado superarse. Alerta roja, la tercera entrega, necesitó tres años para hacerse realidad y obrar, de nuevo, el milagro. El infierno, el silencio, la cuarta, se ha publicado a finales de 2010, cuatro años más tarde. Si las cosas no cambian y las cuentas no fallan tendremos que esperar cinco años para el quinto volumen. ¿Será así?

Juanjo Guarnido y Juan Díaz Canales llevan adelante otros proyectos paralelos, no se dedican exclusivamente a Blacksad, pero estoy seguro de que han rechazado más de una invitación -y más de dos y de tres- para intensificar el ritmo de producción. Hacen bien. Esa perfección demoníaca que Guarnido pone en el dibujo sería ardua de mantener si, por ejemplo, estuviera obligado a sacar un álbum al año. Los libretos de Díaz Canales, que han ido aquilatándose desde Un lugar en las sombras, también sufrirían las consecuencias. Los autores quizás sospechen la verdad. Tienen un futuro clásico del Noveno Arte entre las manos y no deben ceder a las presiones del mercado, sino aceptar su destino: medir bien el paso siguiente, tomarse el tiempo necesario y realizar, cada vez, una obra a la altura de la anterior. John Blacksad no les perdonaría el menor desliz.

El infierno, el silencio -un título realmente sugerente- ha respondido con creces a las expectativas generadas en el lapso de espera. Hay un beneficioso cambio de aires: Blacksad deja la monumental Nueva York por el clima apelmazado de Nueva Orleans, que Guarnido visitó personalmente a fin de "ambientarse". Mientras Weekly está haciendo un reportaje sobre el mundo del blues en Nueva Orleans, el viejo chivo Fausto La Chapelle, dueño de una importante firma discográfica, le pregunta al reportero si conoce a alguien capaz de hallar el paradero de una estrella de la casa, el pianista Sebastian Fletcher, más conocido como Little Hand, atrapado en el torbellino de las drogas. Weekly piensa en Blacksad, ¡en quién si no!, y éste se traslada dispuesto a hacer su trabajo. Los viajes nunca deben hacerse en balde.

Según avanza la trama, y avanzan las pesquisas, diversos personajes salen al encuentro de Blacksad para convencerlo de que abandone el caso, por las buenas o por las malas. Realmente son más quienes quieren que Sebastian Fletcher desaparezca de una vez por todas que quienes esperan su regreso. En paralelo a la investigación, se cuenta la ascensión y caída de este pianista, un buen exponente de esos músicos sinnúmero entre cuyos dones nunca estuvo el de saber gestionar la fama. En un momento dado, Blacksad debe buscarlo para salvarle el pellejo y para librarlo de sí... Como siempre, hay pasajes de un virtuosismo que deja sin aliento. Guarnido pertenece a la estirpe de quienes se crecen ante dificultades y desafíos. En un capítulo anterior hablamos de su capacidad de crear personajes inolvidables, pero no de la sugestión de sus ambientes. Lo hacemos ahora. El infierno, el silencio ofrece páginas apenas iluminadas por la cochambrosa media luz de un garito de mala muerte y otras inundadas por una luz y un color cegadores. Ahí afuera no hay nada que Guarnido no sea capaz de atrapar en la hornacina de una viñeta.

En El infierno, el silencio, Nueva Orleans no es una simple escenografía, más o menos exótica, sino una protagonista en toda regla. Tampoco el mundillo musical de la ciudad es un mero telón de fondo. Juan Díaz Canales hace de todo ello un espacio significante. El relato tiene esa cadencia de lento desgarro, de resignada pesadumbre, característica del blues. La narración no es lineal, sino entrecortada, como afligida por un hondo pesar. El ritmo es lánguido, resignado, triste. Les invito a leer el libro con la canción Summertime de George Gershwin de fondo, debidamente homenajeada en el mismo álbum. De ser posible, sírvanse de la versión susurrada por Ella Fitzgerald y con la trompeta de Louis Armstrong hendiendo el aire. Llegará el momento en que, cuando el disco haya terminado, la música brotará de las páginas del libro.

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