david peña dorantes. compositor y pianista

"Es un regalo que uno de mis temas ya no sea mío sino de todos"

  • El músico celebra sus 20 años de trayectoria con 'El tiempo por testigo', un álbum de reediciones y tres temas nuevos que sale a la venta este miércoles

David Peña Dorantes (Lebrija 1969), fotografiado momentos antes de la entrevista. David Peña Dorantes (Lebrija 1969), fotografiado momentos antes de la entrevista.

David Peña Dorantes (Lebrija 1969), fotografiado momentos antes de la entrevista. / juan carlos muñoz

-¿Qué diría el tiempo como testigo de sus 20 años de trayectoria?

-Vaya preguntita... Diría que la carrera de un músico está en la búsqueda constante, que no se conforma con lo heredado. También diría que soy un músico feliz con su carrera y que ha aprendido mucho.

-¿Dista mucho del Dorantes de los comienzos?

-Mucho. Cuando se produjo mi pistoletazo de salida partía de un cuarto de dos por dos, ahí metido estudiando y trabajando sin parar al terminar el conservatorio. Nunca quería salir porque no me veía preparado. Fueron mis padres los que me obligaron y me dijeron ¡sal de ahí ya y presenta algo! Me prepararon su casa en Sanlúcar, donde pasé un año y medio, cuando no había móviles ni nada y tenía que recorrer un kilómetro y medio andando para ir hasta una cabina. En esa época me dejé las barbas y creo que hasta perdí el habla porque no mantenía contacto con nadie. Allí compuse el disco Orobroy entero. Luego me dieron la oportunidad por primera vez en el Festival de Arte Flamenco de Mont de Marsan para presentar mi música y montar mi espectáculo, Ventanales (1996). Ahí empezó todo: de un cuarto de dos por dos a una casa absolutamente solo sin hablar con nadie para ordenar mis composiciones y empezar a rodar.

-¿Aún compone así?

-Tengo un estudio debajo de casa y ahí sí que estoy solo. Pero ya no me hace falta dejarme crecer la barba como con Orobroy ni irme a un sitio totalmente aislado para componer. Todo lo contrario, ahora incluso me dejo absorber por las cosas que me van pasando en la vida diaria y voy automáticamente al piano a crear. Es todo muy diferente, la madurez y la experiencia van modificando la forma que uno tiene de componer.

-¿Se habría dedicado a la música de no haber contado con los antecedentes familiares de los Peña-Perrate?

-Me gusta pensar que sí, aunque yo he querido ser muchas cosas. Ser arquitecto es una de las cosas que siempre me ha vuelto loco, aún leo libros sobre el tema. Fíjate, la arquitectura y la música tienen mucho que ver, pero pienso que sí, que habría sido músico de todas formas. Además, fui yo quien le dijo a mi padre que quería ser músico, prepararme para ello. Cuando tenía 4 o 5 años ya jugaba con un acordeón pequeñito que tenía mi padre [el guitarrista flamenco Pedro Peña]. También tocaba el piano de mi abuela [la cantaora María La Perrata], iba directamente a él sin que nadie me alentara a ello. Me gustaban el sonido, los instrumentos, las percusiones y todo desde siempre.

-Pero llegó antes a la guitarra que el piano, ¿no es así?

-Llegó antes, pero casi en paralelo, porque yo iba a jugar con el piano y ya iba estudiando la guitarra. En la casa de mi padre no había piano, por lo que tenía que ir a casa de mi abuela a tocarlo.

-Más de 20 años después, en el imaginario colectivo sigue sonando la melodía de Orobroy cuando se oye su nombre.

-No creo que todos los artistas hayan tenido la suerte de que una obra suya cale a nivel público y que la gente lo haga suyo. Es una de las cosas que todos los compositores quisieran: que su música cale, aunque sea una sola obra. Antes lo veía de otra forma, pero es muy bonito que tu trabajo pase al gran público y que éste lo use y sienta con él. Es un regalo que uno de mis temas ya no sea mío sino de todos.

-En El tiempo por testigo aparece de nuevo, ahora grabado con los niños del Polígono Sur...

-Contacté con el Coro Meridianos porque me apetecía reeditarlo con ellos. En el disco uso composiciones que han tenido mucho que ver conmigo, cada tema que regrabo es un puntal dentro de mi vida y está claro que Orobroy lo es. Lo iba a meter de otra forma diferente, pero cuando me encontré con el coro cambié de idea. Además, hacen una labor muy bonita, son unos niños muy interesantes. Me enamoré de ellos, de cómo cantan y del proyecto en sí.

-¿Alguna vez le ha preocupado encasillarse en el flamenco?

-Bueno, más que una preocupación es un ejercicio que hago. No me preocupa: si me encasillo, me encasillo y si estoy, pues igual soy feliz y no pasa nada. Pero, por mi forma de ser, no me considero de esas personas que se quedan en un camino durante toda la vida. Necesito coger senderos, horizontes diferentes desde los que ver el mundo antes que quedarme sólo en una parcela.

-En el nuevo disco vuelve también a mezclar flamenco y jazz...

-Sí, pero no es una mezcla premeditadamente; me sale así. También viene, supongo, de toda la información que tengo de haber tocado con tantos músicos diferentes de tantas disciplinas... Al final, a la hora de componer, salen todas esas experiencias.

-¿Qué valor aporta una grabación más artesana, realizada en el estudio de su casa?

-Para la grabación del disco [hecha en formación de trío con el percusionista Javier Ruibal y el contrabajista Francis Pose] estuvimos una semana juntos en la casa viviendo los tres, trabajando desde la mañana hasta la noche. Fue una gran experiencia, teníamos el estudio abierto con todo preparado para grabar cuando quisiéramos. El hecho de haberlo grabado en un directo de estudio siempre gusta. Me interesan las dimensiones de la música, el volumen en sí y el estiramiento, que es necesario para la expresión. Las claquetas quitan esa expresión de ir más lento, más rápido... Los compresores del estudio también te quitan dinámica. Yo intentaba evitar eso y usaba temas anteriores para darles un tono, un olor nuevo con una filosofía de libertad total y de improvisación.

-¿Ha queda el piano relegado ante el protagonismo de la voz?

-En el flamenco, quizás un poco. No en la música clásica, por ejemplo. No sé por qué existe esa manía: cuando un instrumento es armónico, ya sea la guitarra o el piano, si se pone una voz al lado, la gente automáticamente piensa que la estás acompañando. Pero el piano tiene su propia identidad.

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