El arte raro y difícil de saber escuchar (y escucharse)

El público, que abarrota el teatro, está en pie. No se limita a aplaudir. Jalea, patalea. Es imposible negarse al bis, que es una forma de agradecimiento recíproco. La pieza elegida es Playa del Carmen, del disco Zyriab, una melodía con arreglo sobre la que los cuatro músicos ensartan sus variaciones llenas de luz y color. Ha sido el esquema de la noche en los temas (con variaciones) en los que han intervenido los cuatro. El resultado es pura alegría, pura energía, que provoca en el público la reacción simpática que describo. El recital demuestra algo que sabíamos de sobra: lo bien articulada que está la música de Paco de Lucía. La arquitectura exacta de cada una de sus piezas. La constatación, obvia por demás, de que además de un intérprete sideral es un enorme compositor.

Casi todas estas piezas están íntimamente ligadas a la biografía de sus intérpretes. Sobre todo para los dos integrantes de aquel mítico Sexteto de los ochenta y noventa, Pardo y Benavent. Cuando se sube el telón y comienza el preludio en la flauta de Sólo quiero caminar... me pregunto cuantas noches, cuantas madrugadas pasarán por la mente de los inventores del bajo y la flauta y el saxo flamencos. Esta música genial fue su rutina durante años y me pregunto hasta qué punto el sol que nos da la vida también puede llegar a quemarnos. Y me queda la duda de a qué se referiría aquel título mítico de Jorge Pardo con aquello de que Las cigarras son quizá sordas. Digo yo que la sordera será su grandeza y su maldición ya que si no escuchan a los demás, tampoco podrán escucharse a sí mismas. Y quizá a través de su voz sea alguna divinidad la que nos habla. El arte de saber escuchar.

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