No se puede hacer filosofía con orejitas de murciélago

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A estas alturas es ya evidente (al menos para quien reconozca lo evidente) que Christopher Nolan es uno de esos hábiles realizadores que logran hacer pasar su ingenio por inteligencia, su amaneramiento por estilo, su habilidad por creatividad y su pedante fatuidad por profundidad. Una rara, pero para él muy afortunada, combinación de crítica posmoderna y friquis con pretensiones lo ha encumbrado como autor, cuando en realidad es un realizador de cine de género, elegante pero incapaz de superar sus límites para trascenderlo en arte mayor. Memento e Insomnia labraron su prestigio y Batman Begins su fortuna. Ésta y la siguiente El truco final son para mí sus dos mejores películas, por ser aquéllas en las que sus habilidades como brillante artesano del cine de género se adecuaban mejor -y con menos pretensiones- a sus limitaciones como autor. No es el caso de El caballero oscuro, patético intento por convertir el tebeo en filosofía, al héroe vestido con un traje de murciélago (que lógicamente da para lo que da) en un héroe trágico atrapado tras una máscara que no quiere (o no puede) seguir llevando y al antihéroe esperpéntico en una encarnación del mal puro, autodestructivo a la vez que destructivo. El bastidor de un tebeo de aventuras fantásticas puede soportar lo que puede soportar, pero no una épica trágica.

Para llevar a cabo esta fallida vuelta de tuerca, Nolan desbatmaniza a Batman, funde al Joker con Satanás y toda su corte diabólica y desgotiza la decó y gótica Gotham, a la que reduce a la fisonomía -diurna, no ya nocturna- de cualquier ciudad norteamericana. El sacrificio de la peculiar atmósfera gótico-decó que daba tanto encanto a los tebeos de Batman y a los dos títulos rodados por Tim Burton en 1989 y 1992 se debe al acentuado aire de cine negro realista y extremadamente violento que Nolan pretende imprimir a la película, que a veces parece una parodia de los más bárbaros hallazgos del ciclo gangsteril Warner de los 30, del thriller de los 60, del De Palma de los 80 o del Scorsese de los 90.

Todo naufraga en una ridícula inflamación teñida de sadismo y rebosante de pretensiones. Se puede desmitificar el mito, desmontar la épica como engaño o fundar una épica-antiépica, darle la vuelta al héroe para mostrar sus sombras o al villano para exhibir su tragedia. Pero no a costa de disfrazar al mono de un tebeo y a los efectos especiales meramente espectaculares con las sedas de la autoría y la trascendencia. Película disfrazada, hinchada o maquillada es este Batman que Nolan parece querer rescribir como si fuera, no un cómic, sino El corazón de las tinieblas de Conrad presidido por un Kurtz que en este caso es el Joker desquiciadamente interpretado por un desquiciado Heath Ledger, cuya prematura y trágica muerte da al personaje su último toque de granguiloñesco maquillaje (y hasta le podrá valer un Oscar póstumo). Ha roto taquilla, ha tenido buenas críticas, no carece de algunos hallazgos de imagen, tiene excelentes interpretaciones secundarias de Gary Oldman y Michael Caine... Pero a mí, por empequeñecer lo grande y magnificar lo pequeño, por su sádica exaltación de la violencia extrema y por su banal juego con el mal y la perversión, me ha parecido el síntoma de una enfermedad.

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