Daniel Blanco Parra. Escritor

"La de la posguerra fue una generación de incendios invisibles, que ardía por dentro"

  • El autor propone en 'Los pecados de verano' una historia sobre el deseo y la necesidad de libertad con el Congreso de Moralidad en Playas y Piscinas celebrado en 1951 como trasfondo

Daniel Blanco Parra (Moguer, 1978) presentía que en algún momento de su trayectoria literaria abordaría el periodo de la posguerra, intrigado por esos años en los que todo era tan distinto de ahora, cuando, como dice el autor, ganador entre otros galardones del Premio Jaén de Literatura Juvenil o el de Teatro de la Universidad de Sevilla, "se deseaba -o se envidiaba- a Gilda, se pedía consejo a la señorita Francis y se rezaba el rosario en familia". El hallazgo de un singular capítulo de ese tiempo, el primer Congreso de Moralidad en Playas y Piscinas celebrado en Valencia en 1951, da a Blanco la oportunidad de explorar cómo se sobrellevaba esa desestabilización primitiva, íntima, del deseo en una época de decoro y represión. Los pecados de verano (Ediciones B), una novela luminosa y esperanzada, viaja al mar para retratar cómo la vida y la libertad se abren paso en un entorno adverso.

-En Los pecados de verano se revela como un narrador muy interesado en el universo femenino: en el libro tienen mucho peso las mujeres.

-Al principio no era nada pretendido, pero, sí, me ha quedado una novela femenina porque me lo pedía así la historia. Quería hablar de la gestión de las pasiones en un tiempo con una moral muy restrictiva, y ahí eran las mujeres los personajes más complejos, más ricos. Consuelo, La Señora, me fue creciendo entre las manos y no pude controlarla.

-Es un personaje con muchas aristas, muchas contradicciones. Una madre que no se reconoce en sus hijos; una señora altiva que esconde sus orígenes humildes, muy pía en apariencia, pero que peca para sentirse viva...

-Es una mujer que está en guerra con todos, con su matrimonio, con sus hijos, con esa religiosidad impuesta que ella toma para su disfraz de señora... Ella acabará protagonizando una rebelión pequeña, modesta, pero que para ella es importantísima. Con su historia quería hablar de una generación que vivió una especie de incendios invisibles, gente que de puertas para fuera parecía indemne, impertérrita, pero por dentro estaba calcinada, que en su interior tenía unos sentimientos que no podían salir al exterior.

-Es un tiempo en el que la alegría está vetada. Es significativa la escena en que la madre no se atreve a tararear una canción en alto.

-Me ha fascinado siempre la posguerra, pero en lo íntimo, lo doméstico, ese ámbito de lo privado en el que la dictadura consiguió meterse. Ésta gobernaba no sólo un país, también las alcobas, decía cómo había que comportarse y cómo había que amar. Una de las primeras imágenes que yo tengo es la de mi abuela midiendo el tiempo de cocción de los huevos en padrenuestros; también recuerdo haber ido a la playa y que uno de mis abuelos se indignara cuando veía a una mujer en topless. Este libro es un ejercicio para acercarme a esa generación que tenía los mismos sentimientos que nosotros, pero otras costumbres y otras herramientas para gestionarlos.

-Era una sociedad muy religiosa, pero el párroco de su libro se da cuenta de que es difícil que el pueblo mantenga la fe con el estómago vacío.

-Franco se alía con la Iglesia en su afán por tener controlados a los ciudadanos, pero falla lo esencial, falla la comida, el bienestar. Estamos en el 51, que fue un año especialmente difícil después de varios de una sequía severísima, que dejó los campos vacíos, que causó una terrible hambruna. En esta novela es muy importante la comida, los personajes están obsesionados con ella, es un tiempo en el que los pobres hacen tortilla de patatas sin huevo ni patatas, y cuando alguien come un huevo frito se mancha para que se note.

-Y en este panorama se produce un fenómeno en las antípodas, "la invasión paganizante y desnudista de extranjeros" contra la que claman en el Congreso Nacional de Moralidad en Playas.

-En esta España en bancarrota con la que ningún país quiere relaciones, Franco se da cuenta de que los primeros turistas están llegando y dejan dinero. Potencia la visita de extranjeros, pero trabaja también en que la gente de aquí no se contagie de estas costumbres. Por eso se convoca de urgencia este congreso, con casi cien representantes eclesiásticos y civiles que hablan durante tres días de decencia, con el fantasma del sexo que no se nombra pero pulula por ahí.

-Observados desde el presente, algunos temas de análisis en el debate resultan sorprendentes.

-Se cuestiona, por ejemplo, cuál es la distancia que un hombre y una mujer han de mantener para poder bailar juntos, y después de debatir mucho un cura dice que pueden bailar juntos siempre que quepa entre ellos un ángel de la guarda [ríe]. Han pasado 60 años de aquello, nos suena a prehistórico, pero estamos conviviendo con gente que sufrió eso. Si no llevabas el atuendo apropiado te enfrentabas a una multa que podía alcanzar las 40.000 pesetas y aparecías al día siguiente en el periódico. En una época en la que la reputación era lo más importante, todas estas medidas iban dirigidas al escarnio público. Unas medidas ante las que, por cierto, la mujer era mucho más vulnerable.

-Había una permisividad muy distinta con los turistas.

-En Valencia le ponen una multa de más de 30.000 pesetas a una mujer inglesa, que cuando vuelve a su país sale en todos los periódicos. Y Franco tiene claro que el turismo es su mejor arma propagandística, piensa que lo mejor es dejar tranquilos a los que vengan para que cuenten maravillas del país. De modo que manda un bando a todas las zonas costeras y prohíbe que se moleste a los turistas. En el congreso tenían miedo de que ese desembarco de viajeros fuera un caballo de Troya, que dejaran entrar a esos viajeros y eso les venciera. Llevó su tiempo, pero fue así: en las zonas costeras hubo una moral más relajada.

-El biquini, por ejemplo, fue dejando de ser una prenda demoníaca.

-Hay una anécdota muy graciosa relacionada con eso. A una de estas playas vino una actriz de Hollywood con biquini, y uno de los policías de las costumbres le reprocha que sólo están permitidos trajes de baño de una pieza. Y ella le responde: "Pues usted decide qué pieza me quito, la de arriba o la de abajo...".

-En la novela se vislumbra el comienzo de la construcción en el litoral. Es entonces cuando los empresarios intuyen ese filón.

-Se pretendió llevar a los turistas al Camino de Santiago, a un turismo apostólico, pero no cuajó ese intento. Cuando se vio que lo que querían era playa, sol, sangría, supieron que ahí había un negocio. Hay que pensar que era una época en la que no existía el veraneo, en que la gente no sabía nadar, que posiblemente quien nacía en un pueblo del interior se moría sin ver la costa. Es un tiempo de cambios, de asombro. El libro habla de cómo el mar provoca en los personajes una transformación tan feroz que casi no se reconocen. Hoy eso no podría ocurrir, estamos saturados de información. Quería reivindicar esa inocencia.

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