"Uno piensa que la edad te da certezas, pero lo que te trae es la incertidumbre"

  • l Pérez-Reverte considera como "la consecuencia de unos ojos cansados" su nuevo libro, 'El tango de la Guardia Vieja', una historia de amor con "la melancolía de la vejez" como trasfondo

El compositor Armando de Troeye estaba en casa de Maurice Ravel cuando éste le puso lo que el primero apreciaba como "un disparate que ha compuesto para el ballet de Ida Rubinstein: un bolero insistente, sin desarrollo, basado sólo en diferentes graduaciones de orquesta". La extravagancia de aquella composición que no obstante acabaría formando parte de la historia sonora del siglo XX animó al invitado a apostarse una cena con el anfitrión: si el otro era capaz de hacer un bolero, se envalentonó, él también, ¿por qué no?, podía atreverse con un tango. Ese momento de arrojo propiciaría un viaje: el que el músico emprende, en busca de inspiración para su obra, a Buenos Aires, embarcado en el transatlántico Cap Polonio junto a su mujer, Mecha. Lo que no sospecha Troeye es que ése será el inicio de una intensa historia de amor que durará cuatro décadas: la que unirá a la esposa del músico con Max, un bailarín profesional (y ladrón de guante blanco) empleado en el barco y con quien el matrimonio conocerá los bajos fondos bonaerenses. Este idilio, desarrollado a lo largo de tres escenarios y tres periodos distintos -el Buenos Aires de finales de los 20, la Riviera francesa durante la Guerra Civil española, el Sorrento de los años 60- es el tema central de El tango de la Guardia Vieja (Alfaguara), la última ficción de Arturo Pérez-Reverte que su creador presentó ayer en Sevilla dentro del ciclo Letras capitales del Centro Andaluz de las Letras.

El escritor sostiene que "siempre" propone de manera impremeditada variantes de "la misma novela, que sería la historia de un soldado perdido en un territorio hostil", y es consciente de que quizás esa fidelidad a sus planteamientos sea una de las razones por las que el público no le ha dado la espalda. "El lector sabe que soy un escritor coherente en ese sentido", opina. Pero con esta narración Pérez-Reverte sintió que estaba aventurándose en un territorio algo novedoso: frente a la prioridad que otorgaba en otras ocasiones a las peripecias y la acción, esta vez "la historia de amor era más importante" y los cuarenta años que abarcaba esta pasión le permitían hablar desde "la melancolía de la vejez. Es un libro más complejo en cuanto a sentimientos".

El narrador había abordado la misma trama en un antiguo borrador, pero advirtió entonces que "no podía terminarlo, porque no tenía suficiente desesperanza. El tango de la Guardia Vieja es el resultado de unos ojos cansados". Pero el padre de Las aventuras del capitán Alatriste no muestra interés aquí por retratar la cara más devastadora de la edad: su protagonista, Max, se dedica a sí mismo en el espejo "un guiño de absolución" como si, pese a "las cicatrices de amores y batallas", todavía quedara la dignidad de la derrota, no hubiese motivos para hacerse mala sangre con los errores del pasado. Pérez-Reverte, que ya ha cumplido los sesenta, sabe que la vejez puede conllevar un estado mental cercano a la plenitud. "Hay una cosa que descubres con la edad: que no sabes nada. De joven piensas que la edad te da certezas, pero es al contrario, lo que te da es incertidumbre. Mi protagonista es una persona inteligente que se explora a sí mismo sin lamentos, porque envejecer es, puede ser, un ejercicio de lucidez. Cuando se produce sin que haya problemas psicológicos, de salud, económicos o familiares, envejecer es un tiempo de serenidad, en el que ordenar los cajones de tu vida". Una lección en la que la sociedad actual no quiere detenerse. "Uno de los grandes pecados de ahora es que hemos arrinconado a los viejos, antes los jóvenes los escuchábamos. Hoy lo que importa es ser joven, bello, cosas como las tetas de plástico. No se habla de la muerte, de la vejez, de la enfermedad o del dolor".

En el libro, el académico expresa su admiración por "un tipo de mujer inteligente, superior al hombre", pero también manifiesta su intriga por los enigmas inescrutables que rodean al sexo femenino. "Y al mirar de nuevo a la mujer, encontró reflejos dorados que parecían multiplicarse en silencios de mujer eterna, sin edad. En claves de todo cuanto el hombre ignora", se dice en un pasaje del libro. Un misterio que también envuelve el mundo del tango, al que Pérez-Reverte se aproximó por "todo lo que simboliza, es como un acto sexual vertical, con el hombre y la mujer vestidos". Parece que los lectores argentinos le han dado la aprobación a su relato. "Me hace feliz, porque estaba ante el juez más terrible. Pero si eres un novelista profesional aprendes a ser humilde, sabes que puedes equivocarte. Puedes documentarte muchísimo que siempre habrá alguien que te corrija".

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