Sin perdón

El libro de Candace Bushnell Sexo en Nueva York dio lugar a una serie de televisión de la cadena HBO que obtuvo un inmenso éxito entre 1998 y 2004. Al éxito sumó las buenas críticas, los premios (siete Emmy y ocho Globos de Oro) y hasta el prestigio entre cierto entorno de progres reconvertidos en neoliberales que buscan (hasta desesperadamente) diferenciarse de los neocons -a los que tanto se parecen- reduciendo a las sexuales las libertades que antes habían defendido.

Consumen como neoconservadores, luchan en el mundo profesional como neoliberales, hablan, visten y viven como pijas… Pero cultivan una obsesión sexual y la expresan con una grosería que, junto a algunos tics exprogres, parece redimir su vacío ideológico, su escuálido bagaje cultural y su veneración por las marcas caras.

Ahora la serie se ha convertido en una película que en realidad no lo es, porque parece una condensación de episodios televisivos estirados; pero que conserva, eso sí, el aroma a vacío de diseño del original. Gracias a este vacío bien vestido, a esta grosería que se hace pasar por ingenio, a este pensar con lo que una señora llamaba los países bajos en vez de con el cerebro, a este vivir para consumir y copular, a este confundir la frivolidad con la estupidez, a esta identificación de fines que iguala la escalada profesional y la orgásmica, la película está conociendo un enorme éxito de taquilla. Que sus intérpretes sean las mismas -encabezadas por esa negación de la sensualidad llamada Sarah Jessica Parke- ha sido, lógicamente, imprescindible.

Algo pavoroso hay en estos cuatro insectos con apariencia humana, o en estas cuatro humanas que se comportan como insectos; algo pos-humano, como de ciencia-ficción pesimista que creara más desasosiego que irritación, hay en esta fusión de ambición, superficialidad, grosería, diseño y estupidez.

Por momentos pueden parecer cortesanas memas del entorno de María Antonieta, que pagarán con sus cabezas la irritante forma en que ignoran la realidad. La comedia, ya se sabe, idealiza la vida. Y la frivolidad la embellece. Pero ambas necesidades -la de idealizar y embellecer- no exigen el sacrificio de la inteligencia. Desde Lubitsch a Edwards el cine ha demostrado que una película puede ser elegante e inteligente (hasta el extremo de la crítica), además de divertida y frívola. No es este el caso.

Escribe y dirige la cosa Michael Patrick King, uno de los guionistas de la serie. Que Colette, Paulette Goddard, Coco Chanel, Carole Lombard y cuantas mujeres han representado la unión de sofisticación, frivolidad e inteligencia le perdonen.

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