Casi todo es lo que parece

Llevados por la inercia de la nostalgia cinéfila, por una curiosa regla de tres sobre la herencia genética o por simplificar las cosas, algunos han querido ver en Jean Becker la prolongación del talento de su padre Jacques Becker, director de memorables títulos del cine francés de los cuarenta y cincuenta (París, bajos fondos, Touchez pas au Grisbi, Los amantes de Montparnasse o La evasión) y auteur rescatado de la quema de la qualité francesa por los jóvenes críticos de Cahiers de cinéma de la época.

Sea como fuere, la trayectoria de Becker hijo se inicia bajo la sombra paterna, con la realización de una serie de polars (A escape libre, Verano asesino, Elisa) en los que se aprecia más un cierto artesanado popular bien manufacturado que la búsqueda de un sello propio. Así, casi siempre asegurado por guiones de probada eficacia dramática y al ritmo que marca la producción comercial de temporada, Jean Becker se ha labrado poco a poco un prestigio como director solvente capaz de domesticar materiales dramáticos de alta intensidad emocional para servirlos con prestancia y sencillez listos para el consumo concienciado.

Tras la campestre y entrañable Conversaciones con mi jardinero, todo un pequeño éxito en nuestra cartelera de versión original, y en la estela humanista y con el formato de cámara de otros títulos recientes como La fortuna de vivir, Los jardines de la memoria o Un crimen en el paraíso, Dejad de quererme se juega todas sus cartas emocionales y melodramáticas a la traducción literal y aplicada de un guión con sorpresa (aunque no tanta) en el que se pone encima de la mesa la (supuesta) crisis de un hombre de mediana edad que, de un día para otro, decide dar carpetazo a su acomodada vida burguesa para lanzarse al vacío de un nuevo comienzo. O eso es lo que parece, ya que la película juega con bastante obviedad al misterio y la ambigüedad que en todo momento hacen pensar que en realidad estamos ante una situación y unas motivaciones bien distintas.

Apretada desde la escritura, o lo que es lo mismo, haciendo equilibrios melodramáticos sobre una tupida y calculada red de protección, Dejad de queredme exprime su recorrido, siempre hacia delante, tal vez resida en este truco narrativo su mejor virtud, entre didácticas escenas subidas de tono (véase la gran secuencia de la cena entre amigos), remansos con mensaje un tanto ingenuo (la escena con el autostopista) y un tramo final necesariamente catártico (y no por ello menos previsible) en el que Becker pareciera querer ajustar cuentas precisamente con su propia relación paterno-filial.

Albert Dupontel (Las confesiones del doctor Sachs) sale airoso de su particular tour de force entre lo obvio y lo obtuso y a su intensa, bipolar y matizada interpretación le debemos buena parte de los méritos de la cinta, empaquetada para tocar corazones sensibles en plena canícula y hacer pensar sobre-las-cosas-que-verdaderamente-merecen-la-pena-en-la-vida. No podía ser más oportuna en estos tiempos de crisis (económica).

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