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El país de los rostros quemados

Robo el siempre.pularizador del icono del individuo autosuficiente, caballero andante en medio de una masa anónima desde su libro seminal La decadencia del hombre público (1981), Richard Sennett no ha dejado nunca de preguntarse por los espacios donde ha buscado refugio la humanidad para, orillando la tentación narcisista, desarrollar esa innata capacidad de buscar asombro en los otros, eso que los griegos llamaron poesis, agua espiritual de la que bebemos para seguir creciendo por dentro. Lo hacía en su último ensayo, también publicado por Anagrama, denunciando las dificultades de los trabajadores para desarrollar un proyecto personal en el seno de una estructura laboral que les exige continua adaptabilidad, generando, a menudo, una amarga sensación de vaciamiento e inutilidad. El ejercicio colectivo de la crítica se postulaba allí como último valladar desde donde contener la marea plástica de la cultura del nuevo capitalismo que parecía estigmatizar el trabajo con una condena más letal e ignota (pues no se sabe cuál es el pecado) que la bíblica expulsión del Paraíso.

Robo el siempre.pularizador del icono del individuo autosuficiente, caballero andante en medio de una masa anónima desde su libro seminal La decadencia del hombre público (1981), Richard Sennett no ha dejado nunca de preguntarse por los espacios donde ha buscado refugio la humanidad para, orillando la tentación narcisista, desarrollar esa innata capacidad de buscar asombro en los otros, eso que los griegos llamaron poesis, agua espiritual de la que bebemos para seguir creciendo por dentro. Lo hacía en su último ensayo, también publicado por Anagrama, denunciando las dificultades de los trabajadores para desarrollar un proyecto personal en el seno de una estructura laboral que les exige continua adaptabilidad, generando, a menudo, una amarga sensación de vaciamiento e inutilidad. El ejercicio colectivo de la crítica se postulaba allí como último valladar desde donde contener la marea plástica de la cultura del nuevo capitalismo que parecía estigmatizar el trabajo con una condena más letal e ignota (pues no se sabe cuál es el pecado) que la bíblica expulsión del Paraíso.Robo el siempre.pularizador del icono del individuo autosuficiente, caballero andante en medio de una masa anónima desde su libro seminal La decadencia del hombre público (1981), Richard Sennett no ha dejado nunca de preguntarse por los espacios donde ha buscado refugio la humanidad para, orillando la tentación narcisista, desarrollar esa innata capacidad de buscar asombro en los otros, eso que los griegos llamaron poesis, agua espiritual de la que bebemos para seguir creciendo por dentro. Lo hacía en su último ensayo, también publicado por Anagrama, denunciando las dificultades de los trabajadores para desarrollar un proyecto personal en el seno de una estructura laboral que les exige continua adaptabilidad, generando, a menudo, una amarga sensación de vaciamiento e inutilidad. El ejercicio colectivo de la crítica se postulaba allí como último valladar desde donde contener la marea plástica de la cultura del nuevo capitalismo que parecía estigmatizar el trabajo con una condena más letal e ignota (pues no se sabe cuál es el pecado) que la bíblica expulsión del Paraíso.Robo el siempre.pularizador del icono del individuo autosuficie jo con una condena más letal e ignota (pues no se sabe cuál es el pecado) que la bíblica expulsión del Paraíso.rometen cerrar la trilogía?, ue la bíblica expulsión del Paraíso.Robo el siempre.pularizador del icono del individuo autosuficie .

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