La oscuridad dormida

En la página 75 de este libro conmovedor y extraño puede leerse: "En 1978, Darquier de Pellepox dijo: En Auschwitz sólo se gasearon piojos. La perversión de tales palabras me sublevó e hizo que se alzara en mí el recuerdo del gesto de aquella mujer. Volví a ver su rostro. Ya no podía callarme". La mujer a la que se refiere Hollander-Lafon es la desconocida que le ofreció unos trozos de pan en Auschwitz, cuando a ella ya no podían servirle de nada, dado su grado extremo de consunción. Como resulta obvio, este es un libro tardío; y no sólo tardío, sino reactivo, puesto que se escribe a instancias de un malestar, de una humillación, que se enciende tres décadas después de que ocurrieran los hechos. Antes que nada, sin embargo, Cuatro mendrugosde pan es la expresión de una herida y su curación, de un abismo y el modo en que una niña lo sortea.

Antes he dicho que este es un libro conmovedor y extraño, y ello porque junto a páginas de una belleza pura -y atroz-, nos hallamos con párrafos y versos de una intensa y disculpable puerilidad. Esto se explica porque Hollander-Lafon no es una escritora, ni alguien vinculado estrechamente a la cultura. Es sólo una mujer -la niña húngara que aquí revive- cuya pretensión es testimoniar una ofensa, un horror, que quizá cae fuera de las capacidades del lenguaje. De los numerosos testimonios de que disponemos, es esta incapacidad de nombrar, de asir lo inabordable, la que distingue a la mayoría de ellos. En el caso particular de Hollander-Lafon se trata, además, de una introspección sobrevenida, de un acto involuntario, de un recuerdo que vuelve a la superficie de lo consciente, cuando aquel dolor era sólo una oscuridad dormida en su memoria. Por encima de todo eso, sin embargo, Cuatro mendrugos de pan es un obligado acto de gratitud: hacia aquella mujer desconocida que le ofreció -¿por qué a ella?- cuatro trozos de vida; y hacia la vida en general, que brilla con su ridícula hermosura sobre los vivos y sobre los muertos.

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