Literatura

El navegante a oscuras

  • La Fundación José Manuel Lara edita 'Pregúntale a la noche', inquietante obra de Eduardo Jordá que ha sido galardonada con el III Premio Málaga de Novela

Por un trágico azar, coinciden en el tiempo las matanzas de Kenia y la publicación de esta novela, Pregúntale a la noche, cuya trama principal son las escaramuzas sangrientas entre hutus y tutsis en la Burundi de los 90. Su autor, Eduardo Jordá, ha obtenido el III Premio Málaga de Novela con dicha obra, si bien los lectores ya lo conocerán por su dilatado articulismo en estas mismas páginas. Por otra parte, Jordá es un contenido poeta y un excelente escritor de literatura de viajes; y es esta pasión itinerante la que se revela, la que subyace en Pregúntale a la noche: la pasión de conocer, bajo cielos diferentes, el idéntico horror, la esperanza gemela, que habita y se cruza en el pecho de los hombres.

No es casualidad, pues, que las preferencias de Eduardo Jordá se decanten por el orbe anglosajón y la literatura viajera del XIX colonial y el XX anticolonialista: Conrad, Melville, Kipling, Bruce Chatwin... De ahí toma Jordá, no sólo su narratividad limpia, escueta, meticulosa, pero también la concepción del hombre como animal en marcha y perfil caminero que se hace y se interroga mientras viaja. Nadie ignora que esta es una cuestión milenaria que viene de Homero y sus astutos héroes mediterráneos. En este siglo, sin embargo, como en el anterior, los países lejanos no han sido una ocasión para la épica. Muy al contrario, han sido el infortunado telón de una nueva pesadumbre; aquélla del que se topa con su propia ferocidad, y se abisma en un silencio mucho más estremecedor que el mutismo inhumano de las selvas. Éste es el descubrimiento de Conrad en El corazón de las tinieblas (no en vano, Jordá lo ha traducido al español), y el drama que moviliza al estoico Maqroll de Álvaro Mutis. Así pues, quienes esperen una obra de buena fe, tipo cooperación, ONG y turismo solidario, ha errado su pesquisa con Pregúntale a la noche. Lo que aquí se elucida, lo que aquí se plantea, es un viejo dilema, tan viejo e irresuelto como el hombre: la posibilidad de la esperanza, la sospecha del vacío, el ronco esplendor de la existencia. También la atávica propensión de nuestra especie hacia la crueldad y la grandeza.

El misionero que protagoniza Pregúntale a la noche (un misionero belga, como el Congo que visitó Joseph Conrad), es un hombre escindido entre la necesidad de creer y el violento rumor pagano, erótico, animista, que medra en el continente africano. San Patricio, tan piadoso y benevolente con los pecados de la carne, hubiera comprendido con facilidad a este siervo de Dios, trémulo y asustado. Sin embargo, en el padre Gevaert se contraponen, como contrarios insolubles, el deseo de la mujer, los antiguos amores, y la voluntad de servicio a los desposeídos y los débiles. A lo cual se añadirá la guerra, la vocación tribal y el vínculo homicida que une a hutus contra tutsis. En el fondo, el asunto planteado en Pregúntale a la noche, al margen de lo dicho anteriormente, es aquél que se enunciaba en el principio de incertidumbre: ¿Hasta qué punto el observador interfiere en lo observado? ¿Cuánto de lo ocurrido es atribuible a la presencia del misionero, de Europa, del orbe civilizado? ¿Cuánto, en fin, se debe a la voluntad humana, al puro albur, a la casualidad aciaga y deleznable? Lo que hace de esta novela un libro inquietante es la profundidad humana y la veracidad, la radical veracidad de algunos de sus personajes. En el Burundi de Jordá, todos tienen razones para matarse, para morir, para contemplar, entre la maravilla y el espanto, el rojo abrumador de los ocasos. ¿Es Dios una hipótesis prescindible, como quería Laplace? El padre Gevaert ya sabe que es el libre albedrío, la alegre predisposición al crimen, lo que mueve el frío de los machetes.

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