"Ya nadie cree en nada que no lleve implícita su propia refutación"

  • El autor regresa a las librerías el próximo día 23 con 'El hacedor (de Borges). Remake'

En los últimos años, pocos escritores han ganado tanta atención de críticos y teóricos literarios como Agustín Fernández Mallo. No es para menos: su Nocilla Project (que integra Nocilla Dream, Nocilla Experience y Nocilla Lab) dio nombre a toda una generación, y su ensayo Postpoesía levantó una importante marea de opiniones, contrarias y favorables. El autor coruñés, cuyo último libro, El hacedor (de Borges). Remake, pondrá a la venta la editorial Alfaguara el próximo día 23, está ahora de gira por el país con Afterpop, un espectáculo que hoy presenta en Málaga junto a Eloy Fernández Porta y que parte de las mismas premisas estéticas en que se apoya su producción estrictamente literaria.

-¿Es el escenario un medio natural para un poeta?

-Bueno, mi primer libro de poesía incluía ya diapositivas y música. En las presentaciones ponía la música y también las diapositivas, ya sabes, con el método tradicional del carro. Pero a partir de 2001 dejé de trabajar ese tipo de cosas. Lo que más me gusta de Afterpop, de todas formas, es que la gente suele salir con la sensación de que no sabe lo que ha visto. Cuando se pretende hacer algo nuevo, imagino que tiene que ser así.

-¿No le genera entonces cierta inquietud lo que el espectador pueda llegar a interpretar?

-No. No tengo claro lo que la gente pueda asumir, porque tampoco emitimos un mensaje claro, sólo sensaciones a través de textos, imágenes y música. Lo que más nos interesa es la poesía en el sentido de un ejercicio metafórico, algo no perfectamente codificado pero que te va dando ideas. Y también es importante el humor. No somos los Morancos, claro, pero el humor, a nuestra manera, es un elemento bastante definitivo.

-Precisamente, el humor es una tónica habitual en su obra pero la crítica parece no tenerlo muy en cuenta. ¿Quizá sus libros se toman demasiado en serio?

-A ver, es cierto que lo que hago parte de una absoluta seriedad. Pero no concibo ninguna de mis obras sin humor. El humor te permite darle la vuelta a un objeto y a la vez preguntarte qué es eso desde ese nuevo ángulo. Es un recurso muy importante. El texto que se cree a sí mismo muy serio me parece más bien ridículo, risible. Ya nadie cree en nada que no lleve implícita su propia refutación.

-¿Se considera usted un escritor realista?

-En cierto modo, sí. Lo que vierto al papel es lo que mi cerebro conserva en su cotidianidad, y eso es real. Cuando trabajo a través de personajes, ese mundo, por increíble que pueda parecer, es absolutamente real. Creo, además, que es una cuestión inevitable. Lo más experimental hoy sería hacer una novela en un estilo decimonónico.

-Quería preguntarle sobre sus héroes literarios, y teniendo en cuenta su próximo lanzamiento, imagino que será inevitable que salga a relucir Borges.

-Sí, el 23 de febrero sale El hacedor (de Borges). Remake. Se trata de una reescritura del libro de Borges en la que he invertido seis años, con una investigación estética bastante exhaustiva. La edición especial llevará vídeos y otros materiales.

-¿En esa reescritura ha seguido el modelo que propuso el propio Borges con Pierre Menard?

-En uno de los cuentos, casi. Pero hacerlo en todos habría resultado excesivo. Conservo todos los títulos del original y, a partir de ahí, desarrollo la idea de cada texto de manera absolutamente personal.

-El proyecto evoca al Renacimiento, cuando Garcilaso y Juan Boscán prácticamente plagiaban a Petrarca y Bocaccio. ¿Es necesario volver a las raíces?

-No creo que sea necesario porque las raíces están ahí siempre, no se pueden evitar. Recrearse en ellas es una forma de impostura. Pero desde luego me interesa mucho la mezcla de fuentes y lenguajes, y es verdad lo que dices del Renacimiento, reescribir lo que ya estaba bajo una nueva óptica siempre resulta apasionante.

-¿Está ya todo inventado?

-Depende de qué punto de vista se adopte. En el origen, sí. Pero vuelvo al ejemplo que proponías de Pierre Menard: rehacer una obra es crear un objeto nuevo, y por tanto propiciar una nueva lectura. Podemos incluso repintar la Gioconda, pero no todo estará inventado. Si lo estuviera, al ser humano no le quedaría una sola coartada.

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