El maestro de sueños vuelve a encantarnos

Cuando rodó Tiburón en 1975 Spielberg tenía 24 años; cuando rodó la primera entrega de Indiana Jones en 1980, 29; hoy, cuando estrena la cuarta parte, tiene 62 y un largo historial profesional que abarca la creación de dos productoras y 24 largometrajes. Y sin embargo rueda como si el tiempo no hubiera pasado y la vida no le hubiera traspasado. Por eso esta nueva y esperada aventura de Indy parece rodada a continuación de las tres primeras. Se ha contado que Harrison Ford se sintió orgulloso al poder meterse con 65 años en los mismos pantalones que vistió con 47, la última vez que interpretó el personaje. Lo mismo le sucede a Spielberg en lo que a sus hechuras de realizador se refiere: calza el mismo estilo hoy que cuando rodó En busca del Arca perdida.

Este admirador de Peter Pan -a quien dedicó su hermosa y fallida Hook- parece cinematográficamente afectado por el síndrome al que da nombre el personaje: se niega a crecer. De ello se deriva lo peor (cuando intenta hacer películas adultas) y lo mejor (cuando cultiva la aventura) de su obra. Con las excepciones de La lista de Schindler, Salvar al soldado Ryan y Atrápame si puedes, sus películas adultas son fallidas; es el caso de El color púrpura, El imperio del sol, Inteligencia artificial, Minority Report o Munich. En cambio sus películas de aventuras y efectos especiales suelen ser espléndidas y, a veces, magistrales; casos de Tiburón, ET, Parque Jurásico, La guerra de los mundos o la tetralogía de Indiana Jones.

Por eso esta película encanta desde su arranque, que recrea con maestría el clima del diseño publicitario, las series televisivas y el cine de serie B de los años 50, y sigue encantando hasta que termina dejándonos agotados y felices tras llevarnos a la carrera por desiertos y selvas, ciudades perdidas y trampas diabólicas, luchando en el contexto histórico de la Guerra Fría por míticos objetos milenarios que tienen poderes sobrehumanos. Ahora los científicos esotéricos trabajan para Stalin, no para Hitler, y la meta no es una reliquia bíblica, sino precolombina. Detalles sin importancia. El fin es el mismo -impedir que los malos dominen el mundo- y el tono idéntico.

Lo que en su obra "adulta" es un handicap, en la "infantil" es una virtud. Por no haber crecido Spielberg mantiene intacta las virtudes que dan tanto encanto a sus películas: domina la técnica de los efectos especiales en vez de sucumbir a ella y mantiene la ligazón visual con los universos cinematográficos y televisivos de Raoul Walsh, Michael Curtiz, Walt Disney, Irwin Allen, Byron Haskin o Rod Serling que le sirven de inspiración. Por eso conecta con tanta facilidad con varias generaciones de espectadores haciendo un guiño a sus placeres infantiles: quien fue niño en los 50 y los 60, y amó las mismas películas y series de televisión que amó Spielberg y le inspiran, las reconoce con agradecida felicidad; quienes han sido niños desde la segunda mitad de los 70 hasta hoy sienten esa misma gratitud hacia el propio Spielberg, su maestro de sueños.

Por eso, también, la nueva aventura de Indiana Jones hipnotiza, entretiene y divierte como si nadie, igual que Spielberg, hubiera envejecido. Es tan buena como la primera y la segunda entrega, y mejor que la tercera (excepción hecha de la presencia siempre benéfica de Connery). Se le agradece especialmente que lo logre con un guión bien escrito, una perfecta escritura cinematográfica que tiene el perfume -entre el homenaje y la parodia- del cine/cine y unas buenas interpretaciones: Harrison Ford derrota al tiempo, su nuevo compañero (Shia LaBoeuf) es una inteligente evocación de los rebeldes sin causa de los 50 y la mala (Cate Blanchett) parece sacada de uno de aquellos seriales anticomunistas rodados a mayor gloria del FBI.

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