Con látex y a lo loco

La corrección política, como el goyesco sueño de la razón, produce monstruos. Y esta película es uno de ellos. Trata de un tipo que, además de comprarse una muñeca hinchable, se enamora de ella. Hasta ahí estaríamos en el ámbito patológico descrito con tintes kutre-destape con coartada psicologista por Pedro Olea (No es bueno que el hombre esté solo) o con tintes erotómanos por Berlanga (Tamaño natural) en dos películas que es preferible olvidar.

Pero Lars y una chica de verdad va más lejos en su corrección política o en su sueño de la razón, y de lo que en realidad trata es de cómo el comprensivo entorno del protagonista va aceptando la relación como normal hasta que la muñeca se convierte en una vecina más de la pequeña comunidad. ¿Que no respira, piensa ni habla? ¡Y qué más da! ¿Qué es de látex en vez de carne? ¡Y a quien le importa! ¿Qué no es un ser humano, sino una muñeca? ¡Nadie es perfecto!

El brillante y famoso cierre de Con faldas y a lo loco (cuya subversiva fuerza cómica reside precisamente en ser un cierre) que saltaba a piola por encima de la coincidencia de sexos de la extraña e improbable pareja formada por Lemmon/Daphne y Joe E. Brown/Osgood Fielding III, se convierte aquí en un apiolarse la diferencia entre lo humano y lo no humano o entre el ser y las cosas. Si el tratamiento hubiera sido de comedia negra la película sería lo contrario de lo que es: una sátira de los excesos de la corrección política y del caos (ya no relativismo) ético; pero como se lo toma en serio, y además pretende derivar al melodrama haciéndonos copartícipes del romance entre el memo y la cosa, todo deriva -hasta culminar en el servicio fúnebre por la muñeca y su entierro- en lo grotesco, estúpido y tristemente risible.

El realizador australiano Craig Gillespie ha añadido, tras su Cuestión de pelotas, otra perla a su afortunadamente corta filmografía. Debía pensar en su reingreso en el gremio publicitario.

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