"Me interesa la extranjería como una forma de estar en el mundo"

  • El autor, último Premio Alfaguara, realiza un "zapping de los géneros del XIX" en 'El viajero del siglo', un libro sobre el pasado que indaga en "los comienzos del presente"

Debido a la profesión de sus padres, intérpretes de música clásica, Andrés Neuman creció entre los acordes de Winterreise (Viaje de invierno), los lieder compuestos por Schubert basándose en poemas de Wilhelm Müller. Cuando, ya adulto, el escritor descifró las letras se dio cuenta de que contenían "una novela por entregas", el trayecto de un viajero que, tras diversos capítulos, acaba encontrándose con un organillero que le da a la manivela con una convicción que envidia el caminante. En El viajero del siglo, último Premio Alfaguara, Neuman arranca con ese contraste entre el nómada que desconoce su destino y ese músico sedentario que se entrega feliz a la ejecución de su melodía. Así comienza un libro, ambientado en una ciudad imaginaria entre Sajonia y Prusia, en el que el autor se traslada al siglo XIX para reflexionar sobre la Europa del presente.

-Hans, su viajero, es un personaje muy misterioso. El lector nunca sabe de dónde viene.

-Con él quería hablar de la extranjería, pero no como en otras novelas del latinoamericano que llega a España o del argentino hijo de inmigrantes europeos. Hablo de la extranjería entendida como una forma de estar en el mundo. Elegí Alemania porque es el eje, el estómago, el hígado y las pelotas de Europa, y me parecía un buen lugar al que llegar, pero la finalidad no era reflexionar sobre Alemania, sino sobre Europa en general.

-La novela es un diálogo con la Europa del XIX desde el siglo XXI, pero también es un encuentro de la literatura decimonónica desde la mirada de un autor actual.

-El experimento consistía en mantener ese diálogo desde todos los puntos de vista. En lo político teníamos los paralelismos entre la Unión Europea y la Europa de la Restauración, la Europa posterior a la caída de Napoleón. Y en lo literario, quería escribir una novela con estructura clásica, pero que los recursos que utilizara no fueran en absoluto decimonónicos, que tuviesen que ver con las vanguardias de la novela del siglo XX: que hubiese monólogos tipo Joyce, situaciones absurdas como se dan en Kafka... Quería hacer un zapping de géneros novelescos escritos en el siglo XIX. La novela tiene la pausa, el ritmo y la observación de personajes de un libro del XIX, pero es un carrusel mucho más dinámico, con la capacidad ecléctica que tienen las obras de nuestro tiempo.

-Hay, también, una visión muy actual en el tratamiento de las escenas de sexo.

-Sí. En la relación entre Hans y Sophie planteo una mitad decimonónica, en la que se cortejan y el deseo va fraguando con la amable lentitud de las clases altas. Pero en cuanto tienen su primer encuentro sexual hay un giro hacia lo escatológico, lo pornográfico, y empieza a verse todo lo que no se ve en las novelas clásicas. Ella descubre, por ejemplo, que a él se le acumulan pelusas en el ombligo. Y Sophie tiene la menstruación, algo que en las novelas nunca ocurre cuando la chica va a acostarse con el héroe...

-En un momento de las tertulias a las que asiste Hans, se habla de cómo la desilusión de las revoluciones provoca que la gente se aferre al conservadurismo. Algo que se ha repetido después...

-Porque la idea no era escribir sobre el pasado, sino sobre los comienzos del presente. No me interesa nada la literatura que te habla de cómo se extraía el agua en el antiguo Egipto o de caballeros que persiguen el Grial. Me interesa la parte de la Historia que explica en qué líos nos hemos metido: en la Europa del siglo XIX se empezaron debates que se dan ahora. La relación entre la Iglesia y los Estados, la contradicción entre las alianzas europeístas y los nacionalismos locales, el comienzo del feminismo...

-En este último aspecto, es una etapa que permite crear personajes femeninos muy potentes.

-Por supuesto. Yo tenía todo el tiempo en mente que Sophie fuese un compendio entre los grandes personajes femeninos de las novelas y las escritoras que había en esa época, que estaban en la vanguardia de unos conflictos que hoy son los de la mujer de clase media y que ellas reflejaban en sus epistolarios.

-Álvaro Urquijo, el amigo español de Hans, asegura hablando de Jovellanos que "en España es casi imposible ser liberal y no morirse de pulmonía". ¿La cosa sigue igual?

-Sigue siendo así, y además esto lo explicó muy bien Larra en sus artículos. Él decía que España era un carrusel, que la mitad estaba a la sombra y la otra mitad estaba al sol, y que el carrusel no avanzaba ni retrocedía, sino que únicamente daba vueltas.

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