Una inglesa con carácter

  • Kate Winslet, sin tener un físico espectacular y con apariencia de persona anónima, es capaz de sufrir una milagrosa transformación ante una cámara

Entre otras muchas peculiaridades de las Islas Británicas está la de ser un lugar que proporciona continuamente al cine y al teatro una ingente cantidad de intérpretes excepcionales. Nadie podrá discutir que el mejor cine (aunque realizado por directores de cualquier parte) se produce en Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, nadie puede quitarle a Inglaterra el mérito de disponer de los más grandes actores y actrices del mundo. Quizá la razón esté en que un tal William Shakespeare escribió obras con unos personajes tan grandiosos y complejos que los cómicos no tuvieron más remedio que esforzarse para intentar estar a la altura de la excelencia de los textos que tenían que representar. Si a esto añadimos que, al contrario que sus "primos" americanos, los ingleses no recurren al método (Stanislavski) , esto es, a interiorizar las emociones y sufrimientos de los personajes que encarnan para dotar de autenticidad a sus actuaciones, sino que simplemente apelan a su oficio y profesionalidad para hacer creíbles -y naturales- los papeles que interpretan, comprenderemos el porqué los directores prefieren, frente al arrebato y la sobreactuación tan comunes en los yanquis, la fiabilidad y solvencia de los actores británicos.

Sin ir más lejos y a pesar de haber nacido en la India (cuando esta pertenecía -of course- al Imperio Británico) Vivian Leigh escenificó como nadie el papel de terrateniente sureña que evoca lo que el viento se llevó. Julie Christie con su increíble belleza y magnetismo (que enamoró -por lo menos- a todos los hombres de mi generación) fue tan convincente de amante de Omar Sharif en Doctor Zhivago como de previsora madame del prostíbulo montado por Warren Beatty en "Los Vividores" y ¡qué decir de Emma Thompson! siempre refinada, elegante, ideal para las películas de época (Lo que queda del día) y, al mismo tiempo, brillante, inteligente y verosímil en cualquier otro registro (Al encuentro de Mr. Banks).

A esta casta de admirables actrices inglesas pertenece por derecho propio la temperamental Kate Winslet. Sin tener un físico espectacular (militando, para mayor abundamiento, en las filas de quienes se oponen a la cirugía estética), con apariencia de una persona anónima que podría perfectamente pasear por la calle sin llamar la atención y, sin embargo, capaz de sufrir una milagrosa transformación delante de una cámara para dotar de autenticidad, emoción y credibilidad a todo tipo de personajes. La primera aparición de Kate que recuerdo fue en Sentido y sensibilidad (1995), una hermosa película basada en la novela homónima de Jane Austen en la que -sorpresivamente para muchos- Ang Lee, un director taiwanés que apenas se entendía con sus actores, logró recrear con gran sutileza la sociedad victoriana en la que se movían las tres hermanas Dashwood, siendo a la más impulsiva y enamoradiza de ellas, Marianne, a la que daba vida Kate Winsley. Un par de años después le llegaría la fama e incluso una candidatura al Oscar por el que paradójicamente se puede considerar su papel más "frívolo": la aristócrata chica de la que se enamora del pícaro Leonardo DiCaprio para construir la romántica historia que servirá de contrapunto a la catástrofe del Titanic.

Al poco tiempo, Kate le aguantará el pulso a un peso pesado como Kevin Spacey en la inquietante reflexión sobre la pena de muerte que es La vida de David Gale y acompañará con suficiencia a un magnifico Jim Carrey -demuestra que no solo sabe hacer muecas- en ¡Olvídate de mí!. En la demoledora crítica de la hipocresía social que Todd Field hace en Juegos secretos, Kate aborda el ambiguo papel de una hastiada ama de casa de clase media que ve pasar la vida desde el parque y la piscina a la que acude con su hija y que entablará una relación adúltera con un padre que ejerce su mismo "trabajo".

En 2008 una consolidada Kate Winsley protagonizará dirigida por el que entonces era su marido Sam Mendes y en lo que supone su reencuentro con Leonardo DiCaprio, Revolucionary Road, una puesta en tela de juicio de las bondades del American way of life que se instauró en Estados Unidos tras la II Guerra Mundial. En ese mismo año Kate ganaría un Oscar por su interpretación de Hanna una mujer analfabeta, antigua guardia de las SS que por vergüenza a reconocer en el juicio su condición de iletrada, rehúsa a realizar una prueba caligráfica que la exculparía de ser la autora del documento en que reconoce la muerte de 300 presas judías en el incendio de la cárcel donde las retenían. El papel estaba destinado para Nicole Kidman pero el oportuno embarazo de esta, hizo que fuese Kate Winsley la que encarnase magistralmente a esa pobre mujer apasionada por los libros... sin saber leer.

En 2011 Kate cambia de registro y realiza para la televisión una esplendorosa miniserie de cinco episodios: Mildred Place, la historia, ambientada en la Gran Depresión, de una madre soltera dispuesta a todo para ganarse el amor de su hija. En 10 días una hiperactiva Kate rodó su parte en la película de Steven Soderbergh, Contagio donde se narran las consecuencias de la difusión mundial de un virus letal. Una inteligente y escalofriante película que, como valor adicional, anima a los espectadores a ser más rigurosos a la hora de lavarse las manos. Sin solución de continuidad se traslada a Paris para rodar a las órdenes de Roman Polanski la excepcional adaptación de un obra de teatro: Un dios salvaje. Una comedia que con dos parejas en el reducido espacio de un salón comedor alcanza la categoría de thriller.

La más reciente película de Kate Winslet que vi fue Una vida en tres días, un drama con demasiadas pretensiones que se mantiene a flote gracias a su pareja protagonista: el nunca suficientemente valorado Josh Brolin (No es país para viejos) en el papel del preso fugado y Kate Winslet como la madre con un hijo adolescente que ha perdido toda autoestima tras su divorcio.

En definitiva, Kate posee ese don intangible de seducir a la cámara y de saber expresar sus sentimientos y emociones apenas con una mirada. Siempre intensa, su figura desprende sensualidad y fuerza expresiva. Su nombre es una garantía a la hora de escoger una película que ver.

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