La herida y sus formas

Más que de su escritura, Borges se preciaba de su oficio de lector. Y la altiva soledad, la áspera grandeza de Quevedo, declaraba su condición lectora en estos versos: "vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos". El propio Montaigne, después de dar un paseo vespertino por sus dominios, se vestía de gala para entrar en el ceñido silencio de su biblioteca. Todos ellos, junto al oficio de creador, tuvieron éste de lector y amigo de viejas luminarias, ahora devoradas por los siglos. Algo de esto hay en esta Desarticulación de Montesinos. La necesidad, unida al placer inmenso, de ir acompañando a un centón de grandes escritores por ese extraño sendero (los borgianos jardines que se bifurcan) que llamamos vida.

Así, Montesinos recoge en este volumen no una gavilla de textos críticos, no un análisis articulado de hombres y de obras, sino el azaroso registro de peculiaridades que conforman la escritura de cualquier hombre, y que al cabo se trasparece en sus escritos. ¿Es el Sur una categoría determinante en William Faulkner? ¿Fue la homosexualidad el amargo acicate de la profunda, de la delicada poesía de Luis Cernunda? Boswell y Eckermann, persiguiendo este rastro físico, acomodaticio, perecedero, del escritor, desplegaron hasta la minucia la obra de dos genios de antaño: Samuel Johnson y Goethe, construyendo a su vez dos libros tan vertiginosos como perdurables, glosados aquí por Montesinos: Vida del Doctor Johnson y Conversaciones con Goethe. Esta urgencia perentoria de entrometerse en la existencia del hombre admirado, de especular y compartir su incertidumbre, su dicha, su caída, es aquélla misma que distingue a la gran literatura del éxito volandero y el acaso deleznable. En la obra de Shakespeare, como en la de Chateaubriand, Zweig, Verne o Salgari, es lo humano al completo, en su inmediata incandescencia, lo que se muestra a nuestros ojos. Compartir la soledad de Potocki, la alegría de Saroyan, el asombroso optimismo de Charles Dickens, es otro modo de honrar y penetrar su escritura. Para Pascal, la forma de la nariz de Cleopatra configuró la Historia del mundo antiguo. ¿Hay algo en las mariposas que coleccionó Nabokov que nos hable, que nos diga algo de aquella frágil nínfula, criatura alada, trágica y desbordante, que fue Lolita? ¿Hubo en la ceguera de Borges un eco sonriente, un repetirse irónico, de la vasta oscuridad en la que nace Homero? ¿Hay, por último, en Kafka, una cifra del amor y su infortunio? Acudamos, una vez más, a la alta magistratura de Cunqueiro: "misterio, misterio y todo misterio". Nada sabemos del corazón de los hombres, escribió Cervantes. Pero qué humano es acercarse a él, víscera inexcrutable, como quien en la noche boreal atisba un fuego.

Toni Montesinos. Metropolisiana ediciones. Sevilla, 2010. 206 páginas.

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