ISIDORO VALCÁRCEL MEDINA. ARTISTA

"El franquismo no tenía pudor, ahora al menos puedes decir la culpa es mía"

  • Premio Velázquez, Nacional de Artes Plásticas y Medalla al Mérito en las Bellas Artes, esta figura legendaria del arte español abrió una de las mejores ediciones del festival Contenedores

Es uno de los artistas más prestigiosos, apasionantes y radicales del panorama español. Acompañado por Miguel Álvarez-Fernández, autor junto a Luis Deltell de un documental sobre su trayectoria, No escribiré arte con mayúscula, abrió en Sevilla una edición memorable del festival Contenedores que dirige desde sus inicios el creador Rubén Barroso.

-¿En qué momento decide Isidoro Valcárcel (Murcia, 1937) el lenguaje artístico que le interesa y al que ha sido fiel a lo largo de todos estos años?

-La actitud es la definición del compromiso. ¿Por qué insisto en el arte conceptual, por ejemplo? Pues porque me gusta, porque tengo la sensación de que debo insistir en ello. Y no hace falta nada más. En plan chisme podría contar que comencé pintando pero vivía en un piso muy pequeño donde el estudio y el dormitorio ocupaban el mismo espacio. Cuando me iba a dormir olía mucho aguarrás y un día me planteé que tenía que dejar de ser pintor. Quizá el desencadenante fuera ese olor pero no hace falta más. Uno sigue su propio camino.

-Tras abandonar los pinceles comenzó a realizar en los años 60 las acciones y proyectos que han permitido a los teóricos etiquetarle como un pionero del arte conceptual español. Debieron ser unos inicios muy solitarios.

-Siempre digo lo mismo pero... ¿qué arte no es conceptual? Ni lo he inventado yo ni lo ha inventado esta época: si no hay concepto, no hay arte. Por eso Las Meninas es la más conceptual de todas las obras. Lo que pasa es que, por conveniencia, se decide nombrar algo así donde quizá hay mayor descaro en la presentación pero es más o menos lo de siempre. El arte conceptual siempre ha estado ahí.

-Hasta su primer viaje a Estados Unidos su trabajo se vinculaba sobre todo a prácticas constructivistas pero en Nueva York, en 1968, descubrió el minimalismo. ¿Qué impacto tuvo en su carrera?

-Tanto impacto como antes lo tuvo mi viaje a París, fue un punto de inflexión. En Estados Unidos vi que lo que yo estaba haciendo aquí contra viento y marea allí era algo llevadero y me di cuenta de que no hacía nada prohibido ni enigmático, sino algo que se podía realizar tranquilamente. Esa es una de las taras con las que hemos cargado en España los que vivimos una cierta época, el vivir desinformados, pensando si vendrá o no a cuento hacer algo. La sorpresa era ver que no pasaba nada. Sin duda, gracias a la estancia en Estados Unidos me sentí autorizado a ser yo mismo. Por otro lado, el minimalismo tampoco necesitaba aguarrás, así que podía practicarlo... Con una regla, en lugar de con un pincel suelto, puedes crear infinitas cosas. Y eso fue lo que encontré al llegar a Estados Unidos: que había cientos de personas trabajando con la regla.

-Otro capítulo inevitable al hablar de su trayectoria es su participación en los Encuentros de Pamplona del verano de 1972, donde realizó sus Estructuras tubulares, una intervención de grandes dimensiones en el espacio urbano. ¿Qué recuerda de aquella iniciativa privada que, concebida para apoyar la creación musical contemporánea, cambió el panorama artístico español de finales del franquismo?

-En aquellos Encuentros de Pamplona se dio un conglomerado de artistas e individuos, no sólo españoles, que compusieron el fotograma de la vanguardia, del adelanto de la expresión artística. Y creo que los que tuvimos la suerte de pasar por allí salimos informados seguramente para el resto de la vida. Aprendimos que aquello que soñábamos se podía hacer, no que lo fuéramos a hacer con garantías sino que no era algo disparatado, y eso lo vimos desde infinitas procedencias. Se nos abrió un campo enorme. Yo en ese momento estaba con la tontería del arte público, que es una tontería descomunal si no lo haces con el suficiente ojo y el suficiente respeto al público, al que no debes interferir, debes dejarle moverse por su paso sin tocarle las narices. Y allí, en los Encuentros de Pamplona, lo experimenté y me ha servido infinitamente porque desde entonces no le he tocado voluntariamente las narices a nadie.

-¿Abrazó también en esos años su credo sobre la separación entre el arte y el mercado al que ha sido fiel hasta hoy?

-En ese momento percibí una conciencia. Nos planteábamos por qué esto vale tanto y esto cuánto, por qué esto sí y esto no, por qué con una mirada exclusivamente profesional esto vale menos que aquello. Y claro, te influye. Si haces un cuadro y lo vendes, puedes reparar en cuál es el motivo de la venta, puede que se haya vendido porque está pintado en azul, un color que, pongamos, cae en gracia. Y entonces decides pintar el siguiente cuadro en un color incómodo, el rojo por ejemplo, porque te vas percatando de por dónde hay que ir si no quieres ser esclavo de esa cuestión del mercado, algo que por otra parte resuelve muchos problemas para los que optan por esa vía del dinero.

-En sus apariciones públicas es frecuente encontrar a numerosos artistas de generaciones posteriores para los cuales usted es un claro referente. Pienso, por ejemplo, en Dora García.

-No me siento maestro en absoluto pero ellos han nacido cuando han nacido. Aunque evidentemente me alegra que haya gente joven que comulga con mis ideas, mucho más que la llegada de un coetáneo mío que decide montarse en el mismo carro sólo por conveniencia.

-En diciembre pasado debía recoger en Sevilla la Medalla al Mérito en las Bellas Artes de manos del rey pero no acudió al acto. Teniendo en cuenta que posee además el Premio Velázquez (2015) y el Nacional de Artes Plásticas (2007), es decir, las mayores distinciones oficiales que se entregan en este país, ¿cómo calificaría su relación con los reconocimientos? ¿Le hacen ilusión?

-No pude venir a Sevilla así que acudió mi hija a recoger la Medalla de Bellas Artes pero sí quiero subrayar que acepté esa distinción. Si me han dado algo sin yo pedirlo, tengo que agradecerlo. Incluso si un premio fuera ofensivo por su naturaleza o procedencia, iría a recogerlo y manifestaría mi opinión: diría que, aun aceptándolo, el galardón me resulta ofensivo. Cuando te dan un premio institucional en este país todo el mundo te pregunta si lo vas a aceptar, creyendo que no, que estás por encima. Y a mí no sólo me gusta aceptarlos sino que, además, la parte económica me viene muy bien. El Premio Velázquez incluye entre sus condiciones la celebración de una exposición de la obra del artista. El año que viene se montará la de Esther Ferrer, mi antecesora. Por suerte, creo que está aún reciente la que en 2009 me dedicó el Reina Sofía.

-En esa muestra ya dirigía el museo su actual responsable Borja- Villel. Con el anterior, José Guirao, tuvo un desencuentro valleinclanesco que dice mucho de su forma de abordar el arte.

-Son cosas divertidas. Anécdotas y chascarrillos, como decía antes. En 1996 el Reina Sofía me invitó a realizar una intervención para una muestra. Y la obligación primaria es, para mí, tratar de hacer algo que nunca se hubiera hecho antes. Así que, pensando en esto de la economía, decidí trabajar sobre cuánto costaban las exposiciones en el Reina Sofía y cuáles eran los presupuestos reales de montaje, catálogo, transporte, seguros... Pero el museo no me lo quería decir. La cosa se enredó tanto que, tras reclamar en vano al Ministerio de Cultura, acabé dirigiéndome al Defensor del Pueblo, que me dio la razón al responderme que sólo quedaban exentas las cuestiones de la honra y la seguridad nacional pero no el presupuesto que un museo público tiene para una acción artística. Cuando presenté el resultado del proceso en el Reina, había tantísima gente en la sala que tuve que repetir tres veces seguidas el mismo acto. Como verá es todo muy chismoso. Al pintor que pinta cuadros y cuya obra gestiona y vende una galería no le afectan estas cuestiones.

-También ha tenido algún desacuerdo con el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba) por poner un precio demasiado barato a su obra.

-Me invitaron en 2006 a participar en una colectiva y decidí intervenir pintando un muro blanco con un pincel de acuarela. Tardé varios días y pedí lo que hubiera cobrado un pintor de brocha gorda por pintar el muro: 900 euros. Sin embargo, recientemente me telefonearon a Madrid para que actualizara el precio de mi obra y les mostré mi sorpresa y decepción porque había hecho aquella intervención justamente para que no se pudiera vender ni coleccionar. Qué difícil resulta escapar de la lógica del mercado, hasta el color blanco que empleé está catalogado como "blanco Macba".

-Durante años vivió de lo que ganaba rehabilitando edificios y ha trabajado siempre sin galeristas. ¿Sigue siendo así?

-Sí pero no tenía mérito. Yo no producía cosas golosas y no necesitaba galería alguna. Tengo muy buena relación con galeristas con los que he preparado exposiciones pero no me he afincado en ninguna.

-¿Qué recuerda de su paso por otra institución totémica, la Tate Modern de Londres, donde en 2013 disertó sobre su obra junto a Dora García y Esther Ferrer?

-La Tate Modern estaba entonces en obras y lo que nunca imaginé es que, en un sitio tan especialísimo, no iban a tener traducción simultánea. Me pidieron el texto por adelantado para traducirlo y repartirlo entre el público, y me volvieron a escribir para decirme que escribía muy barroco y que si podía simplificar mi discurso para hacerlo más traducible. Y pensé en la paradoja de que, con todo aquel tinglado montado, con tantos millones gastados, no tenían dinero para un traductor simultáneo. Fue un acto precioso, fotográfico, toda una imagen de lo que es el arte institucionalizado, no la expresión artística. Que los representantes de uno de los centros más poderosos en el ámbito del arte contemporáneo estuvieran desorientados e incluso incómodos porque un chiquilicuatre como yo se negara a escribir de un modo menos barroco... Finalmente pusieron a un técnico, a un traductor ajeno al lenguaje artístico, y yo le decía "usted diga tal cosa", palabras del lenguaje general y no artístico, para que pudiera entenderlas, así que fue todo muy singular e irregular. Arte sonoro sobre la marcha.

-¿En qué proyecto trabaja en este momento?

-Quiero montar una exposición en la Fundación Culturgest de Lisboa sobre esa cosa tan enigmática e indescriptible que es una frontera. Hay una canción popular de los mexicanos que esperan frente al muro para pasar al otro lado de los Estados Unidos, que dice algo precioso: "Mi bandera es la frontera". Yo estoy sin duda del lado de los que combaten la frontera.

-¿Espera algo de estas nuevas elecciones generales?

-Espero que se resuelva algo, que no haya que volver otra vez a las urnas. Pero no espero nada. Somos unos cretinos los ciudadanos pues está todo tan claro... Lo bonito del proceso electoral es que luego no te puedes quejar porque realmente lo has hecho tú, lo hemos hecho nosotros. Porque había una época en la cual sí nos podíamos quejar. Recuerdo aquel referéndum franquista cuyo recuento Fraga Iribarne anunció diciendo: "El resultado es el siguiente: votos emitidos, 17.143.000; votos afirmativos, 18.135.000". Y además lo repitió dos veces, que lo tengo grabado... El franquismo no tenía pudor.

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